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martes, 23 de diciembre de 2008

Canción de navidad: a la madre.



Del vientre marino de tu seno

nace con fuerza la alborada

mano blanca que acaricia las cuerdas

camino del tiempo, tiempo que se congela

cuando escondes ese suspiro maquillado

tras sonrisas y palabras, tras el cristal

fundido y moldeado de experiencia

gafas que sostienes llena de fuerza,

como si realmente nada importara

más que tu virtud en el silencio

tus manos suaves y cálidas,

tu corazón que aletea jugando

un, dos, tres, al escondite inglés, con

la sombra que esparces en soledades

por desgracia, a veces acompañadas.

Tormenta de amores gratuitos

brisa que funde el hielo de mi alma

estrella en el firmamento de mi conciencia

a veces inconsciente, que busca refugio

tras la seguridad de tu nobleza.

Que gran regalo poder cantarle

al café caliente de cada mañana

cariñoso diálogo libre de calorías y azúcar

donde la dulzura esta impresa en cada gesto

sin necesidad de fuegos de artificio

color para el arco iris que brilla tras las lágrimas, que

no derramaremos sino es por el peso de

nuestros párpados cerrados a cal y canto

contra los muros de una realidad que se escapa,

vuelo de gaviota suicida en viaje hacia la nada.

Que mejor nacimiento que el de la risa

inocente mensajera de buenas nuevas

no hay en el mundo nadie más bella que

esa boca que canta desenfadada

las aventuras en las profundidades de la mina,

galería oculta tras la incertidumbre

desasosiego que respiro a tu lado

abierto a tu interior siempre que me busques.

Que mejor manjar que el que se comparte como

alegres y mansas fieras, subidos al árbol de la tradición,

compartiendo sueños e ilusiones, junto a una plato que

nunca ha sido, ni será reflejo de almas,

embrión de canciones, pero... las esporas que se desprenden de

la atmósfera intemporal de viejos libros,

anidan en el vientre marino de tu seno

haciendo de esta fiesta siempre un reencuentro.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Piedras, reloges, o la incerteza de mis mañanas.



Penetran los fantasmas con el frío,

gusanos que devoran mi vientre,

cristales que se clavan en mis ojos

nubes de sangre y cenizas enturbian

despojos en los arrabales de mi soledad.

Material de sueños derribados

solares vacíos por los años perdidos

telas de araña de vidrio entre los girasoles

lánguidos y polvorientos, manchas amarillas,

losas que cuelgan de mis genitales moribundos.

Necedad del ser, ausencia de esencias,

sentido vacuo que atesora los túneles

que atravieso en esta mañana de sombras.

Si pudiera sentir la certeza, más allá de lo relativo,

existencia vital elevada por el vuelo de mis sentidos,

si pudiera olvidar lo incierto, la megalómana manía

descuartizada en mis pensamientos,

y ser, simplemente ser humano, y vivir

valioso por el simple acto de resolver vectores

que aguanten el puente que construyo con cada acierto

cada palabra con la que impregno el camino,

leves piedras, rayuela en el pavimento,

inconstante sendero sobre mares revueltos.

Nunca olvidaré el hueco en mi memoria

la pusilánime y fatua creencia de pan y hierro,

paraguas calado con perspectiva de colador,

los relojes que detienen su paso en mi mente

fundidas las manijas en abrazos suicidas,

proyección del arte efímero, medalla oxidada

al mérito en el combate, batalla perdida contra mi mismo

que aún revivo al amanecer,

cuando mis pupilas se aceleran a ritmo de huracán

y pierdo la noción de quien soy,

entre las marismas desérticas de lo inacabado.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

invierno en mi sangre



Invierno que agrieta las manos

enmudece el corazón y hunde

mi oxidado interior en la negrura espesa

sangre que cuagula la anatomía traslucida

con las cenizas enraizadas en el follaje

humus cancerígeno que enturbia el reflejo

de lo posible y lo imposible

desdibujando los límites de la razón

de-construyendo la frágil cordura

ciudadana de mi mente, alimentando borrascas,

tsunamis que arrasan la dialéctica de mi sombra,

el sentido intrínseco de mis parpados cerrados.

Un optimismo fugaz, estela de lágrimas enjuagadas,

no dura el viento que remonta las lonas de mi existencia,

tan triste, tan triste, que la muerte me espera

tras cada esquina, por cada calle, en cada casa

oculta en el hormiguero de mi conciencia

obtusa traición al tiempo y al destino

si es que existe algo más allá

si es que existe...

La nieve se agrupa en formación estratégica

batallones de asalto dispuestos a liberar

la locura con su manto blanco.

Amaneceres imaginados con drogas y rabia

ocasos que desparraman su vómito

horcajadas de desolación y mirada cristalina

quebradizo resuello que suspiro cansado.

Qué me queda? Quizás llorar, gritar, maldecirme,

morir o tal vez matar que es otra forma de morir.

Abro la puerta de las esencias malditas una vez más

desprendiendo sudores febriles, ocres y pestilentes orines,

flatulencias sonoras que genera mi vientre

a falta de ese embrión que devuelva la vida

a mi espíritu, tras el punto, por fin inerte.

martes, 9 de diciembre de 2008

Duermes



Duermes...

Papel en blanco que reposa

en los estantes nubosos de tu sueño

lánguida rama que desprende:

sus frutos secretos en silencio, tu voluntad

en calma, navegando, indiferente,

por el mar de la tranquilidad

mientras te retrato

escribiendo, solitario, en mi ordenador

pensando que sueñas conmigo,

que mi imagen esboza una sonrisa

entre las sabanas que te envuelven

de serena paz nocturna.

Abro la ventana

encontrándote en la habitación dormida,

reposada flor que acaricio con susurros

lirio amarillo que deshojas en tu vigilia,

lunática sombra de raíces profundas,

como la hiedra que se extiende por las paredes,

amarrándose voraz y desesperada

a las estrellas que contemplan tu lozanía.

Duermes... Sigues durmiendo.

Y es como un punto y aparte,

un renglón seguido a lo desconocido,

cúpula que encierra en su vientre,

lo que no veré nunca desde mi perspectiva de abismo.

Nunca saldrá en el noticiario

ningún libro abrirá los cerrojos que ocultan

quién sabe qué misterios,

y no importa

ni el laberinto que cabalgas al paso de tu almohada

ni mi curiosidad por descubrir lo que no emerge

quizás porque no existe más allá de la superficie,

sino es como nieve, diente de león,

o cometa sin otra estela que tu respiración.

Duermes... Hoy, para mí.

Espectador fiel del límite del horizonte

que ve como los serenos vapores del sueño

te trasladan a ese rincón de la cama que compartes

con mis versos de arrullo y la pena

por no poder disfrutar contigo de estos momentos

que deseo atrapar con mis manos

pero que se escurren resbaladizos entre mis dedos.

Así que espero la hora

que despiertes la ciudad con tu voz en sol mayor

cerrando las heridas que se abren en la más profunda soledad

del que está hambriento de pan y juicio,

a aquel que le sostienen las lágrimas con química

que desnuda, lentamente,

la locura de esta sociedad sin diagnosticar.

Ni el teléfono, ni el televisor, ni los graznidos de enanos rabiosos,

nada enturbia en este mundo tu reposo.

Yo no quiero ser menos, porque duermes

como eres, inocente vuelo de paloma,

mañana te despertare con un beso en los labios,

hasta entonces... descansa, reposa, y sobre todo

no tengas miedo de ninguna cosa.  

domingo, 30 de noviembre de 2008

ismaelito

Ya queda menos...el mierc. 3 de diciembre volvemos a ver a Ismaelito en concierto...la tercera vez en esta gira.Placer asegurado!!

viernes, 28 de noviembre de 2008

El último vaso





En el último vaso.

Cabalgo las nubes de dudas y tiempo

decidido a llegar al límite de tu esfera

con la melodía que silban los vientos

me sumerjo en el mar de las estrellas.

Arden en mi interior tantos colores

que la luz esconde su sombra difusa

sueño vago, soledad de amores,

silueta del pasado que mis palabras dibujan.

Es tu recuerdo en mi memoria gastada

la corriente maldita de mi perdición

con la que me despierto borracho cada mañana

cruel melancolía que inunda mi corazón.


En mi mirada perdida está el reflejo

de los vasos vacíos que dejé a mis espaldas

en este último busco los versos

que te saquen por fin de mi almohada,

mientras el vuelo eléctrico de las cuerdas

que vacían tu presencia con cada nota

siento que me devuelven la fuerza

y que cosen los jirones de mi alma rota.


Despertares cansados de nostalgia

que la música esfuma de mi mente

ritmo cristalino de hielo y fuego

pureza eléctrica que puebla el ambiente,

las fotografías de niebla en el estante

caminan en fila a la papelera

luego acompaño el café con un cigarro

llama que consume toda mi pena.

Casi desnudo me sonrío ante la ventana

que deja entrar el frío del invierno

las farolas aún emiten su luz naranja, el sol

despierta las calles de su profundo sueño.




Te amo.





Te amo.

Simple como soy,

desde mi cordura del abismo

recorro la distancia que separa

con silencios de soledad,

tu alma insegura, copo de nieve,

de mi mirada hambrienta de ti.

Abro puertas, atravieso pasillos,

calculo los vectores dialécticos de puentes

que me acerquen a la nítida figura

la que emborracha mis sentidos

con sonrisas que acogen esperanza

y desechan lo maldito.

Te amo.

Con la escueta variedad de mi arco iris

firmo colores en mi paleta de aprendiz,

pintando palabras en el lienzo de tu cuerpo,

cantando al sol y a la lluvia: que soy feliz,

sí, soy feliz cuando estoy contigo,

desafiando al tiempo y la locura,

reconstruyendo el futuro con la humilde constancia

del que es reconocido tras las cortinas de humo,

lluvia, oscuridad plomiza que aturde los párpados

con la luz y el calor de tu presencia

ahuyentando los fantasmas del pasado.  

domingo, 23 de noviembre de 2008

Nubes de drogas y versos




Dormido en la estación, ajado de ausencia,

náufrago de desiertos y vapores eléctricos,

desarmado y desnudo como tu nombre,

taciturno, desorientado;

mendigo la semántica de tus caricias,

abro las puertas del recuerdo

una vez más,

sí, una vez más...

Colchón calado de tiempo perdido,

humo que se expande entre tu cabello,

arremolinado,

nubes cansadas de drogas y versos

que lanzo al aire

sediento de azucenas y lluvias,

donde brille el reflejo

frío y acerado, requiebro y pirueta

del trasfondo infértil de mis pasos.

Piélago de soledad amordazada,

sutil desmembramiento que consume

en hogueras de silencio nocturno

lo que quiero decirte con palabras,

difunta luz por la que guardo luto

pintando de negro las piedras del camino

llorando a gritos de dolor y rabia.

sábado, 22 de noviembre de 2008

emociones

Hace unos dias escribía sobre la triste-
za que sentía. La sigo sintiendo pero quizás con menos intensidad. Pensaba en las emociones, en lo complicado que es gestionarlas: a mi me sobrepasan.

De todas formas he pensado en escribir sobre la alegría en esta ocasión, en contraste con lo anterior.

Alegria de vivir...me siento alegre cuando mi entorno lo está, cuando mis seres queridos estan bien, dentro de lo que cabe, cuando un proyecto tira para delante y se va haciendo realidad, cuando se hace justicia y no pagan justos por pecadores, cuando me coge el teléfono alguien con el que no hablaba hace 6 años, cuando mi pareja me pide un abrazo porque necesita energía y mimitos...si me paro a pensarlo tengo motivos para estar alegre. Aunque, como la tristeza, todo son momentos.

viernes, 14 de noviembre de 2008

canciones para Jota

Por ti.

Por mirarte me encuentro perdido

en el mar de asfalto de esta ciudad

un perro sin dueño y sin amigos

el vuelo de otra estrella fugaz.

Busco tu rastro en las calles grises

el recuerdo de tantos momentos

que compartíamos desnudos y eternos

noches pasadas a corazón abierto.



Quizás no encontré las palabras

que te hicieran volar conmigo

en este sueño que construyo con canciones

esta vida que sin ti pierde sentido.


Por amarte choco contra las esquinas

como una peonza voy dando tumbos

enfermo de tristeza y melancolía

que me hacen perder el rumbo.

Sigo queriendo hacerte mía

vaga ilusión que me carcome

me gustaría recobrar la alegría

que tu mirada me curara los dolores.


Quizás no encontré las palabras

que te hicieran volar conmigo

en este sueño que construyo con canciones

esta vida que sin ti pierde sentido.



La burbuja del ocaso

Nubes ardiendo en el cielo de fuego

reloges que detienen su camino cansados

de la senda inestable del tiempo

mientras me miras con cara de angel

calida y sencilla como este atardecer

siento en mi pecho el impulso de besarte

tomar tu mano y decirte susurrando

que por nada del mundo te quiero perder.

El mar acaricia la arena con dulzura

señalas el horizonte azul y naranja

una meta un objetivo que se desgrana

construyendo en esta playa una burbuja

que nos proteja de la ciudad caotica y descarada

de sus gentes tan normales y estiradas

en sus lechos alzados sobre la mentira

la hipocresia de esta sociedad que crece

sobre cimientos de codicia,

la hipocresia de esta sociedad que crece

sobre cimientos de codicia.

Aquí seguimos eternos y abrazados

escuchando impermeables las olas del mar

notando que el amor incendia nuestros labios

que mudos y apasionados se besan sin parar.

Mientras tanto la ciudad reposa bajo la luna

que contemplamos desde nuestra burbuja

la que nos protege de la ciudad caotica y descarada

de sus gentes tan normales y estiradas

en sus lechos alzados sobre la mentira

la hipocresia de esta sociedad que crece

sobre los muertos de la codicia

la hipocresia de esta sociedad que crece

sobre los muertos de la codicia.


miércoles, 12 de noviembre de 2008

Tormenta tras el telón de cristal

Llueve lánguida y pesadamente
con monotonía de segundero
lágrimas de cristal licuado
que quiebran las calles con su melodía,
silenciosa, como la soledad que me cala
viendo llover tras la ventana
gris y taciturno, melancólico,
oscuro como el cielo que descarga
su lamento sin pañuelo que consuele
la sonata de otoño
ante el abrigo sutil de mi mirada.
Llovizna de constancia testaruda,
ordago a mares celestes,
invita a recordar esta mañana
la infancia perdida
tras la esquina doblada,
fundida, en el capricho de mi memoria,
naturaleza muerta, absurda,
como todo bodegón,
hiperbólica suspensión de lo efímero,
ilusoria perspectiva que tiñe de oro
la canción repetida en mis sueños rotos.
Pobreza mojada por agujas azules
que repiquetean mordaces
puñales de hielo clavados en el corazón
que llora de pena y de rabia
congelados sus gritos en la garganta
atisbo de nieve en el espíritu
mientras pasan las horas y aquí sigo
viendo llover
en mi interior que flota a la deriva
por las aguas suicidas que caen,
desesperadas, en mi alma.

martes, 11 de noviembre de 2008

Sueños...

Son las once de la noche...
...se esconde el pensamiento
tímido y sin mas forma
que su etérea desenvoltura,
su paso silencioso,
junto a la cara oculta de la luna.
Decidido: en llegar hasta el extremo oscuro,
donde todo es posible
y las escaleras y los laberintos,
las puertas y las ventanas,
las estrellas y el azul del cielo,
los pozos y las torres,
los picos de mi alma inestable
ante la mirada indecente
de conocidos y desconocidos,
de amigos y familiares,
de gente que camina, vivamente,
pero indiferentes por las calles;
todo y nada y, de nuevo todo,
todo lo que sé y lo que ignoro,
todo lo irreal e imaginario,
las fantasmogorías que produzco
como sombras que se escapan
del control caótico de mis manos. En definitiva,
la vida y la muerte
cobran forma desde la extensión infinita
del universo tangencial de mi espíritu:
cansado, dormido, borracho de ronquidos,
y benzodiacepinas que ingiero
taciturno y perdido.
Con la cabeza abierta,
botella hecha pedazos contra el pavimento,
río que arrastra la marabunta social
que me rodea y me acosa con sus consejos,
protectores y voraces como lobas,
elevados por el cáliz del prejuicio,
sangre anónima que mancha flemática
el blanco de las paredes,
el amarillo del vuelo de mi estrella fugaz,
el verde, antes limpio, de la hierba que
piso descalzo de nombres y pasado,
de trajes, reseñas, retratos en color
que se mofan ridículos de su propia existencia
tan estática como efímera.
Y así se hacen las doce y me pierdo
en los arrabales insólitos del sueño
con petróleo en mis venas y la mirada obtusa.
Mientras sueño que estas a mi lado
únicamente porque te he llamado con
el grito de mi necesidad de ti.
Bésame esta noche aunque no me percate.
Así mañana te despertaré
con la lengua cortada a navaja
y la mirada vidriosa,
delicado cristal que busca,impaciente,
la figura que esbozas con tus silencios.

lunes, 10 de noviembre de 2008

lagrima


Estoy triste, sí, triste. Desde hace un tiempecito si me preguntan como estoy esta seria la verdadera respuesta.Mis recuerdos nostálgicos dan vueltas por el pasado, mi imaginación libre pasea por un futuro incierto y mi corazón se debilita a cada paso que doy.La lucha no debe abandonarse, intento repetírmelo y creérmelo, pero la acción es lo que cuesta.En pocos lugares me siento querida últimamente, y no culpo a nadie, ya que, afortunadamente, hay mucha gente a mi alrededor dispuesta a mostrarme y darme su afecto... así que acabo pensando que soy yo la pieza que no encaja en el puzzle.Pero se que no debo desesperarme, an algun rinconcito estará mi lugar.

martes, 28 de octubre de 2008

La puerta cerrada

La puerta estaba cerrada con llave. En la habitación en penumbras, pobremente iluminada por la luminaria que titilaba delante de una imagen beatífica, Jesús se precipitaba, hundido por la culpa, en los infiernos que el destino tiene reservados para aquellos que creen en su existencia. No había muerto. De momento respiraba con agitación, perdida la mirada en las sombras que se proyectaban en la pared. Demonios oscuros que creaba su imaginación, aturdida, ofuscada, perdida ante la atracción suicida y vampírica el remordimiento que le atenazaba.
-Perdóname, santa madre de dios, perdona a este pecador que suplica penitente. Santa María desde tu infinita sabiduría y clemencia sabes que tuve que hacerlo, que no tuve elección. Clemencia para esta alma que sucumbe ante tu mirada, que lo ve todo desde su torre de marfil.
Jesús repetía esta oración una y otra vez, en bucle, un circulo que giraba en su mente encerrándolo tras los gruesos muros que había construido a su alrededor. Muros que conservaban su secreto, asegurando que perdurara la asceta imagen que había delineado con años y años de devota creencia y fidelidad al Santo Padre.
Pero no sería cierto decir que le fue siempre fiel. Durante años se había justificado con expresiones como ojo por ojo y diente por diente o el fin justifica los medios. Rancios pretextos, fútiles excusas, que cuando llegaba la noche y quedaba en la más absoluta soledad, no le servían para espantar ese sentimiento que le incendiaba. Era un odio absoluto hacia si mismo y todo lo que le rodeaba, una misantropía camuflada en la rectitud de los dogmas y teñida del negro mas sombrío, una frialdad que el calor de los cirios no conseguía apartar de su corazón helado por la culpa. Y no era para menos.
A los veintitrés años, recién acabada la carrera de derecho canónico en una prestigiosa universidad episcopal, el joven Jesús aspiraba a lo más alto. Pero algo le retuvo, al menos durante un breve periodo de tiempo en su ascenso a la cúpula diocesana. Ella se llamaba Pilar y rondaba en aquel entonces la veintena.
La primera vez que Jesús la vio, con aquel vestido blanco, adornado con pequeñas lilas, que hacía resaltar la belleza joven y elegante de la muchacha, fue la única vez en su vida que sintió esa punzada en el corazón que sentimos los humanos al ser victimas del amor a primera vista. Tardó meses en dirigirle la palabra, tiempo en que alimentó ese sentimiento, que tan gratas le hacía las noches motivando su imaginación. Un día mientras él ofrecía el perdón por tres padres nuestros y diez ave marías mediante el sagrado sacramento de la confesión, reconoció su voz tras la cortina. Fue entonces cuando Jesús empezó a trazar su maquiavelico plan. Al escuchar la narración de Pilar y el amor que profería por un joven bailarín, que pese a la negativa de los padres de ella , se correspondían apasionadamente, sintió tal oleada de celos que decidió que esto no quedaría así. Si ella no era para él, no lo sería para nadie.
Llegó la semana santa, concretamente el viernes de calvario. Ese día no se celebraba la eucaristía pero los fieles en masa acudieron a la catedral a honrar el santo sepulcro con el via crucis. Al acabar Jesús se acercó al padre de Pilar, militar retirado que había guiado tropas del frente nacional en la batalla del Ebro, y le contó todo lo que sabía de Pilar y su relación con Antonio, que así se llamaba el bailarín. El padre, colérico, al llegar a casa con su familia llamó al jefe de policía, antiguo amigo suyo, y le pidió que detuviera a Antonio. Él por su parte dio tal paliza a su hija que cuando ella se despertó del estado de inconsciencia en el que le había sumido los golpes de su padre y se enteró de lo ocurrido, se lanzó por la ventana ahíta de desesperación.
Nada ni nadie enturbió nunca mas el meteórico ascenso de Jesús al cabildo.
Hasta esa noche, preludio de no importa que día, muchos años después. Una voz a su espalda interrumpió la oración cíclica de Jesús.
-Jesús, acompañame.
-Quien eres? Eres dios? -preguntó Jesús.
-Soy la muerte.
-Entonces... Ahora conoceré a dios? -Insistió Jesús. Pero la muerte fue como siempre precisa.
-No, la puerta esta cerrada.

viernes, 17 de octubre de 2008

puentes...

Puentes construidos sobre el aire
aire corrompido por el humo
humo que no cesa en su empeño
empeño por destruir nuestro mundo.
Mundo obstruido por el ruido
ruido que nutre la duda
duda que silencia la esperanza
esperanza que sobrevive a la amargura.
Amargura que propaga la sed
sed que consume la consciencia
consciencia que abre el camino
camino que acaba en las estrellas.
Estrellas fugaces como los deseos
deseos mas vivos que la propia vida
vida que muere sin ilusiones
ilusiones que nos acercan la utopia.
Utopia que alimenta la imaginación
imaginación que abre puertas y cierra heridas
heridas en la piel de todo río
río del que fluye también la alegría.
Alegría para aquel que está perdido
perdido y amordazado en un rincón
rincón olvidado en aquella sala
sala blanca, azul el corazón.
Corazón que trota como caballos
caballos que nadan sobre la tierra
tierra que gime en su inmensa soledad
soledad atropellada por las ruedas.
Ruedas de la corrompida sociedad
sociedad que supura asco y bebe envidia
envidia que pudre el futuro
futuro incierto para la poesía.

miércoles, 1 de octubre de 2008

bronquitis al amanecer

Bronquios sangrantes
tos de escarcha y humo
frio en la mirada azul
si, azul como el cielo cuando anochece
azul como el mar
antes de que que nazca la espuma
de la cresta ondulante, caballos
encabritados y veloces
que nadan como las nubes
blancos y vaporosos
en el horizonte perdido.
Reloges que se paran
cuando abro los ojos y veo
la habitación amarilla
nicotina incrustada
substancia ansiosa que revolotea como
arasbescos que inundan mis pulmones
laberinticos de vertigo y duda;
esa eterna duda que nos conmueve
a todos por igual
nos encierra entre mordazas
neuroticas y holgazanas
nervios a flor de piel que supuran
el impulso que nace de mi interior de corcho.
Paladin sin espada y sin princesa
bella durmiente que reposa
entre las ranas y los nenufares
violeta cansada de la vida
flor marchita antes de tiempo
como el brote recien nacido
del que se alimentan los caracoles.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Al final del verano


Cero horas de un 9 de septiembre. LA puerta de aquella casa grande y blanca, una vieja masía en medio de un pueblo de Barcelona está abierta. Por ella van entrando jóvenes, chicos y chicas, cada uno con una botella de variable graduación. Sebas, ya lleva rato bebiendo. Los recibe con una sonrisa, abrazos, besos. Son sus amigos. Y él, ese ser que se tambalea como una peonza a la que le falta fuerza de rotación, el teórico homenajeado.
La fiesta comienza y se van abriendo las botellas. Los asistentes no tardan en hacer pasar a Sebas por una prueba llamada el metro. Consiste en hacer beber a éste un metro de chupitos de diferentes sabores. Pero no acaba la prueba, algo sucede, un exceso de alcohol es lo mas probable. Sebas cae desplomado, de espaldas, como un boxeador noqueado. Sus amigos, o los que el creía como tales, se ríen de la caída. Lo dejan en el suelo. Ellos continúan la fiesta en el jardín, aprovechando los últimos calores de aquel verano para disfrutar de substancias ilícitas. Mientras tanto Sebas sigue en el suelo, inconsciente.

A la mañana siguiente, Sebas tiene un año más. Es su cumpleaños. Al amanecer los lamidos de su perrita le sorprenden dormido, tirado en el suelo de aquella casa, entre vomito y sudor. La puerta sigue abierta pero no entra mas que el ruido de los coches que atraviesan la calle. El jardín esta deshecho. Las flores rotas, el césped pisoteado, un hedor a orina flota en el ambiente; colillas, cristales de vasos caídos, pájaros picoteando la comida basura que se esparce como semillas de lo infértil. Pero esto no es lo peor.

Algo ha cambiado en Sebas. No es el mareo, ni la soledad, ni la sensación de haberse perdido la fiesta que había organizado, ni la sequedad en la boca, efectos de una resaca, estúpida, como todas las resacas. El cambio que sentía era interior. Unas voces, que no había escuchado hasta ese momento, como si el sueño, que había vivido en su estado de inconsciencia continuara ahora que estaba despierto, le acosan. Voces que le dicen “estás solo”, “eres un perdedor”, “mírate, das asco”, “bonito regalo te han hecho”, “no vales nada”, “ ni siquiera vales para beber”, “conóceme”, “soy tu amigo”, “el único en quien puedes realmente confiar”... Este discurso, disparado a ráfagas, como si él fuera el reo, víctima de un pelotón de fusilamiento que descargaba su munición dentro de su cabeza, no le abandona en muchos días. Tiempo que pasa en soledad, aislado, sin ducharse, ni comer, hasta que llegan sus padres de pasar unos días de vacaciones y contemplan asustados el despojo en que se ha convertido su hijo.
Sin dudar llaman a una ambulancia que les lleva al hospital. Allí diagnostican a Sebas de brote psicótico. Solamente la familia va a visitar a Sebas durante su estancia en la planta de psiquiatría. Ninguno de los que asistieron a la fiesta llama para preocuparse por su estado de salud.
En el hospital conoce a Carmen, una chica que también tiene problemas pero de otra índole. Ésta le explica que no puede beber, porque literalmente se le va la olla. No son del mismo pueblo pero la amistad que surge entre ellos se fortalece con la complicidad de las conversaciones con las que se exploran, valientes, en aquel encierro. Deciden que cuando salgan quedarán para verse. El día que a Carmen le dan el alta médica, se despiden con un fuerte abrazo, del que sin estar premeditado, al menos por él, surge un besico mínimo pero suficiente en los labios. Sebas se encierra en su habitación y llora mirando por la ventana como Carmen monta en el coche, que la llevará a su casa.
Al cabo de dos años todo ha cambiado mucho. Durante ese tiempo solo ha recibido unas pocas llamadas en su móvil de aquellos que lo dejaron tirado. En cambio ha iniciado una relación con Carmen, una verdadera relación, no el típico rollito de verano. Se aman y se respetan. La noche del 23 de junio, verbena de san Juan, unas pocas personas cenan tranquilamente en aquella casa grande y blanca en medio de un pueblo de Barcelona. Son Carmen, dos amigas suyas y Sebas. Después de cenar vendrán dos vecinos a comer un trozo de coca. Cuando están todos reunidos, copa de cava en mano, brindan por la salud de los presentes y por el futuro. Al acabar Carmen y Sebas se miran, tienen una noticia que quieren compartir. Al final del verano se irán a vivir juntos.

lunes, 15 de septiembre de 2008

La ilusion prohibida.

Guiado por la imagen inexistente
del recuerdo fatuo de mi infancia
pasado que encabrita el caballo inyectado
en la carrera de mi vida
en la que siempre pierdo la apuesta segura
confundido por las trampas que provoca
mi cerebro trastornado.
Corro veloz para atravesar
el sol por su diámetro
vestido de amianto y aliento de dragón
con las alas de mercurio en los zapatos
sudando ríos de tinta e insomnio
blancas letras que cristalizan de puro calor
en humeantes estalactitas de diamantes
tallados por la erosión del contacto
de la arena solitaria del desierto.
Pozo excavado en el eje
pozo de hidrógeno y helio
pozo que supura explosiones
sobre mi nevado cabello.
Mar de fuego infierno de nadie
mas que de mi dolor que me acompaña
fiel compañero de viaje.
La verdad esta ahí fuera dicen algunos
pero nunca la encontraras sino te alcanza
aquí dentro en tu cerebro que carbura
humo, desidia, sueños que se escapan
como ese globo de la mano del niño.
Ahora lo se
nunca llegare al otro lado
me quedare aquí consumiéndome
sin urna para las cenizas
sin viento que las esparza
lleno de pastillas
que alargan la agonía
y que mi voz no alcanza
a desembrollar la flamígera madeja
que me atrapa y despedaza.

Rios de hojas secas o la semantica de lo inabarcable.

Hojas secas
arremolinadas sobre la fuente
hojas de limonero
sin sal y sin tequila
volando sobre el arrecife
en el que encalló mi barca
aquella mañana infame
en que la tormenta iracunda
me arrastro como una botella
sobre su oleaje.
Hojas secas
llenan el jardín manchado
oxidan el aire
mecen los cuentos
se pierden con las arañas ocultas
entre el follaje.
Columnas caídas en mi interior
me indican el paso del tiempo
desmiembran las estatuas
camuflan las creencias
vapores de hielo.
La nieve arrecia
sobre mi cabeza cana
dentro de mi alma desnuda
al amparo de los muros
que me protegen de la locura.
Muros invisibles
palabras mudas
ojos que no ven pese a su esfuerzo
el horizonte cambiante
veleta que chilla
tras los edificios azules.
Orina para desayunar
en copas de plata
faro dormido al alba
en el arrabal de la inconsistencia
lodo sucio de los cerdos
blues que ronca la diva
mirada perdida y
rebozada de harina.
Hojas secas
renuncian cansadas
se filtran en el café de cada mañana
me desvelan esta noche
de luna llena
y alma vacía
de premoniciones inconclusas
y manos que mendigan
pidiendo una escoba que barra
con música huracanada
el silencio que me aturde
mientras escribo estas lineas
sellos de fuego que se precipitan
en el abismo de la semántica.

El ser, mi ser, el que pudo ser y no fue.

Soy, solo a veces,
siendo ese ser que sin ser
es lo que es o intenta ser
lo que nunca ha sido
o pudo ser.
Soy, entonces,
un reflejo inexistente,
una sombra que pasea
espectral
sin dejar huella.
Preocupado solo por los pasos
que conducen mi cansina presencia
por los caminos que transitan
los seres de rostro oscuro
los fantasmas de un pasado que no fue
y asi sin pasado
soy ahora el que puedo
el que me imagino
siempre con la duda acechando
mi puerta abierta a las mareas.
Soy
sin ser
un ser que es su avance
que le conduce al futuro
a la inexorable muerte
al vacio negro y succionador
que se arrastra y perece
lentamente
incompleto
para siempre
silueta quebrada
mueca de caricatura
mirada grotesca de alma inquieta
que existe unicamente
porque queda grabado en el disco duro
de su memoria aerea
las llagas de cada palabra
que pronuncia borracho de arcadas.
Ve la luz pero no le convence
ve el mar ese gran desconocido
ve la luna su cara triste
ve entre lagrimas su figura deformada
negro retorno duna volatil
frutas de plastico que duermen inertes
entre los escombros de tantos sueños rotos.
Soy, a veces,
o intento ser con esfuerzo
esa persona que escribe
sobrevive
escala la montaña cargando
las penas de ese corazon despedazado
que es sin ser lo que es
desde la nada que todo lo ocupa
desde el todo que ocupa la nada
sin mas identidad que la de un cadáver
azul y acuático
rémora que pervive
en las costas de lo absurdo
y que se alimenta de cada aliento disparado
desde la paradojica existencia inexistente
de este ser que es sin ser
lo que nunca fue o quiso ser.

martes, 9 de septiembre de 2008

FELIZ CUMPLEAÑOS RAULITO (PARA 10/09/08)


Felicidades mi niño, vos ya cumplís 30 añitos!! En nada estare con un canoso irresistible. Simpleente queria celebrar en nuestro rincon de las palabras este dia y decirte que te amo y que lo seguire haciendo. A disfrutar la treintena!

viernes, 22 de agosto de 2008

Anatomía de un espejo roto

Frente febril y marchita
cubista deformación de la mirada
si, de la mirada perdida en el vacío
fragmentada, a base de tantos golpes
tristes dentelladas de hielo
capas de cebolla que se pudren
en el interior del huracán.
Cicatrices abiertas en sangre
eléctricas ciudades de acero
energía que se pierde
en el hueco de las manos
caídas y cansadas de tanto esfuerzo.
Reflejo marmóreo de lo que no existe
en noches de azul cobalto
de sudor y frío en el torso
desnudo, volátil,
pájaro sin alas que camina
con el cuello partido
por la geografía de lo ignoto
inmenso desierto de arena
olvidado en el interior del reloj.
Superficie hermética
suspiro último al nacer
mesa volcada sobre la fuente
de la que brota la paranoia
gusano en la epidermis quemada
de las estrellas efímeras.
Pene flácido, como mis creencias,
huesos mojados por la lluvia
llanto del niño tras el ocaso
que no comprende, no,
porque le han medicado.
Anatomía de un espejo roto
sentimiento de culpa de un inválido
desestructuración involuntaria del puzzle
que esboza la silueta estrambótica
que lentamente se consume.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Sonetos para Almu

Cálidas olas que acarician mi playa
con un agua trasparente y lúcida
que emergen con absoluta blancura
del abismo que esconde tu mirada.

Montes poblados de verde esperanza
habitan en cada imagen futura
reluciente cristal es la figura
que forjamos cada nueva mañana.

Ven mi pequeña niña
arrimate a mi que te quiero cerca
brindando conmigo por tu alegría

Que es tu sonrisa la mas fértil tierra
donde cultivo mis sueños los días
y noches abrazado a tu silueta







De la pureza antigua del diamante
cristalizados los pasos del tiempo
virtudes encerradas en silencio
liberadas por la llama que te arde

inflamando el deseo por instantes
acaricio sin demora tu cuerpo
intentando hacer volar como el viento
nuestras mentes que fluyen a raudales

Roca blanda de la que emana la luz
faro para mi pérdida segura
en este amargo laberinto azul

por la que te busco con diablura
gota de agua que llena mi vaso, tu,
mi linda niña, eres toda dulzura.





Tras la humilde tristeza matinal
surge de las tinieblas la palabra
disparo certero, flecha dorada,
paso seguro que me hace avanzar


a tu ladito que quiero cantar
la canción devota de tu piel blanca
pico de sueños, mi montaña mágica,
pájaro de fuego que resurge del mar


camina conmigo amada Almudena
baila conmigo descalza en el río
desnuda tu cuerpo de toda pena

vístete con agua y con flores de estío
verde el horizonte, fresca hierbabuena,
y la luna guiará nuestro camino

sábado, 16 de agosto de 2008

Quizás Lennon tuviera razón

He salido a la calle blanda,
sonido de violonchelo,
azucar morena teñida
con la sangre del limonero;
te busque tras las esquinas
niña de pelo rojizo
chocando contra las paredes
de papel gris cuadriculado,
te busque en los laberintos de hojas secas,
en los bares de penumbras,
en las estaciones vacías,
tras el humo de mi cigarro que se consume,
aburrido, garabateando dudas en el aire.
Te busqué y finalmente te encontré
a mi espalda, sombra risueña,
curva redentora que me sostiene la cabeza
en esos días en que todo es posible
sobre todo lo malo
y me siento inválido en el atasco de mi desventura
como si nada tuviera sentido
mas que tu mirada que respira y alimenta
las cálidas noches de verano.
Ley amarga del pan negro
con la brisa naranja de este ocaso
me reflejo en tus ojos
espejo marrón de claridad infinita
en él se ven las estrellas
en él se ve la caricatura hiperbólica
de mi corazón latiendo, alas de colibrí,
pistón de locomotora
cruzando el desierto que distancia nuestros labios
carne roja y hambrienta de sal
devoradoras fuentes de lo que hemos sido
escribiendo con cada beso
las palabras que decimos con cada gemido
y también con cada silencio.
Por ti camino sin tregua hasta el horizonte indefinido
intentado alcanzar esa luna grande y redonda
blanco rostro, presente de susurros,
símbolo del destino que nos une
verde y hierba, agua y río,
escultura marmórea del pasado,
ventana que abre de par en par
nuestro tiempo futuro.
Hoy brilla la luna en el mar
como estela de los pasos perdidos,
pero tu yo somos uno,
un engranaje de esta locura civilizada,
de este genocidio impune, de toda el hambre
toda la pobreza. Nada podemos hacer...
cuando quisimos cambiar el mundo
nos anularon con pastillas.
Reza conmigo la oración de la esperanza,
reza aunque no creas,
reza aunque nadie nos escuche,
seguramente no sirva para nada
pero quizás, sólo quizás, de este modo
quede algo en pie
de esta civilización que por su propio peso sucumbe.
No es que me ponga místico
no he visto ni la luz de las candilejas
mas tengo la certeza de que todo
incluso el anonimato en el que nos conocimos
oculta un miedo neurótico al porvenir
hundido
en esa piscina descuidada,
en las cuencas del cadáver de ese héroe inexistente,
energía atrapada en el congelador
que espera fluir de nuestras manos
perseguida por las manijas del reloj.
En espuma de nata nos bañamos,
dulces e inocentes, en las aguas que conducen
nuestros sueños y esperanzas,
la ilusión fugaz del momento,
el instante detenido antes de llegar a la meta.
Estas palabras seguramente no significarán nada más
que un vaso vacío, una bala disparada a ciegas,
un eco devuelto del grito último, una pataleta,
antes de precipitarnos juntos en las corrientes de lo efímero.
Pero dejame decirte mi amor
que puede que me equivoque
que tal vez Lennon tuviera razón
y aún todo sea posible,
que tras las esquinas grises del tiempo huracanado
se despierte un día el mundo
sin hambre, sin pobreza, sin humo, sin disparos.

lunes, 4 de agosto de 2008

sin titulo

Comienzo este nuevo camino
abro la puerta de los sueños impredecibles
curioso y funambulista
me lanzo hacia la sombra que esconde los reflejos
grotescos y animales
deformados por los efluvios vaporosos
que me aturden y me condenan
a vagar extranjero en mi tierra
por la senda del misterio
de la desconfianza, del arrepentimiento
cristal que me degolla y me encierra
en una carcel con barrotes de hielo.
Espejo oculto por el orgullo
cara triste de la luna
bolsillos llenos de arena
que se derrama por el agujero
dejando pasar el tiempo
esperando la muerte
oscura y traicionera.
Menos mal que te tengo, sin identidad,
llama que me enciende
luz que arropa mis pasos hasta el amanecer
viento que encabrita mi caballo
grito agudo con sabor a chocolate
pan bendito por la sangre del sufrimiento
sudor asfixiado, respiración agitada,
cuerpos enlazados por la esperanza del orgasmo,
rio de tinta en el que navego
hacia ti siempre hacia ti
luz del faro de mis pensamientos
voz serena que agría mis sinsabores
con zumo de limón recien exprimido
llaga cicatrizada y reabierta por la quemadura
del error mas alla del conocimiento,
menos mal que te tengo a ti
azul lilacea mortal efigie levantada en el silencio
manta electrica almohada de carne
reina de la ciudad perdida
figura de mirada cristalina
libro donde se lee en el falsete del esbozo
los simbolos de la estación sin parada
del expresso noctuno en que me llevas hacia el nido
caldo sugerente del cultivo
de la sensualidad apagada
la rutina de flores que cubren la nada
con cada nuevo suspiro
con cada nueva palabra
en la que siento que estas a mi lado
y que da igual el tiempo que pase
juntos
somos como el vapor al agua
la gasolina al motor
las semillas del futuro
juntos
digan lo que digan
luchamos contra la corriente de lo ingravido
el veneno lento de los años
contra nosotros y contra todos
y nuevamente contra nosotros
como guerreros cansados
pero que antes de caer
tiraran la ultima flecha
para descansar unidos
cogidos de la mano
enlazados y cubiertos nuestros deseos.

sábado, 2 de agosto de 2008

El último pitillo





¿Como definir a una mujer? Esta pregunta no la dejaba en paz. Ese día volvía más temprano a su casa, pero ni la alegría lilacea del final de la tarde, ni la oportunidad de descansar una hora más, como tampoco el Bolero de Ravel que escuchaba sola, en medio de una multitud de gente, que parecían marcar el compás con sus pasos la aliviaban. Y eso que era una melodía que justamente había elegido para quitarle al menos por un rato sus inquietudes, pero nada le permitía olvidar.
En medio de una discusión sobre violencia de género con un colega de trabajo, que con arrogancia planteaba toda una suerte de tonterías sobre el papel femenino en la sociedad, que no vale la pena repetir aquí, ella, es decir Ana, exaltada, lo desafió con la siguiente frase::
- ¿Qué sabes tu de las mujeres, Pablo? Quizás piensas que son ese par de pobres insatisfechas con quien te acostaste en tu vida... que tristes representantes arrumaste..., o tal vez tu madre que todavía te prepara el desayuno como se lo preparaba a tu padre hace cincuenta años... eres un ser patético. ¡Tú no tienes idea de lo que puede ser una mujer! ¿Y aun tienes la pretensión de escribir un artículo conmigo sobre este tema? Tú no sabes como definir a una mujer...
- Bueno, dímelo tu entonces -contestó el sin disfrazar una cínica sonrisa.
La cosa iba mal y sólo no terminó en confrontación corporal por cuenta de la intervención del jefe de redacción que, calmando los dos lados, les envió a cada cual a casa para enfriar la cabeza y escribir cada uno su texto sobre el eterno femenino.
Llegó a casa cargada de un odio mortal hacia Pablo y Ravel después de media hora de caminata rabiosa.
Fue a mirar el ordenador y la pregunta zumbando. Mientras preparaba una tila la pregunta continuaba zumbando. Miró un poco la tele, el peor programa que encontró para no tener que pensar, un culebrón venezolano y, parecía que le estuvieran leyendo el pensamiento cuando escuchó las frases de los actores:
- José Felipe (lágrimas), ¿como puedes... (más lágrimas) definir así a una mujer?
- No lo sé Marta Cristina... dímelo tu...
Esto ya pasaba de los límites. Estaba a punto de enloquecer, cuando fue sorprendida por el sonido del timbre. Se levantó de sofá como una fiera para abrir la puerta y ya iba a continuar la discusión con Pablo cuando se dio cuenta que era su vecina de rellano, Elisenda; venía probablemente a invitarla, como de costumbre, a un poco de café y charla. Casi siempre un monólogo acompañado atentamente por Ana. Aunque que a veces dudase de las aventuras que escuchaba de esta señora de sus setenta años bien vividos, -la verdad es que nadie sabía su edad con exactitud y ni bajo amenaza de muerte Doña Elisenda la decía y que ella no la escuchara llamarle doña- no podía negar que tenía cierto talento variable para llamar la atención del oyente.
Hija de una familia bien, Elisenda se casó a los veinte con un pianista famoso, uno de los mejores interpretes de Chopin de su época, pero que poco tiempo después del matrimonio murió en un accidente en la carretera camino de un concierto en Viena. Él, como solía explicar Elisenda, tenía pánico al avión. Ella, lo primero que hizo después de donar sus prendas de ropa negra, que llevó no más que algunos meses, lo que causó un verdadero escándalo en la familia, fue comprar un billete de vuelo directo a Australia. Quería volar sola hasta lo desconocido. Y así fue. Nunca tuvo hijos, por lo que Ana sabía. Tuvo unos cuantos novios que dejaba sin pena siempre que le daba ganas de otra viaje.
- Hola, cariño. ¡Que temprano que llegaste! -dice la señora mientras me abrazaba y besaba. ¿Pero que tienes tu hoy, reina? -cerrando la puerta, tomándome por el brazo y llevándome hasta la cocina.
- Ay, querida, perdona, hoy no estoy para charla, es que...
- Te engañas, cariño, finalmente estás para charla.
- No, Elisenda, lo siento, pero...
- No, no, no... ¿Qué pasa, guapa? ¿Piensas que te dejaré sola con esta mala cara que llevas? Sin embargo, tu siempre me escuchas con tanto mimo y alegría, ahora es mi turno. No voy a perder la oportunidad de oírte hablar.
- Ay, Elisenda, es que me ha peleado con mi colega de trabajo y...
- No, no, no... Creo que no me has comprendido. No estamos aquí para lamentaciones. En un momento como este, en este estado lastimable en que te encuentras, es tu oportunidad de hablar de ti.
- ¿Cómo? - dice Ana aturdida.
- Si, es sencillo, habla de ti. No necesitas comprender ahora. Esto lo comprenderás con el tiempo. Ahora solo tienes que confiar en mis años de experiencia, tomar un trago de este café, si quieres, para que te de un poco de coraje y, ya que la boca está caliente, empezar a hablar.
Siguió las imperiosas instrucciones de Elisenda. Pero llevaba dos cafés para calentar la boca, bajo la mirada paciente y acogedora de su vecina, y no articulaba palabra.
Entonces Elisenda la sorprendió. Le dijo algo que Ana nunca se hubiera imaginado, le pregunto si podía liarse un cigarro de marihuana. Ana quedó estupefacta. Pero en ese momento le dijo <>.
Ella saco la hierba de un bote y se lió el cigarro con una destreza profesional, lo encendió, dio una larga calada y se lo pasó con la coletilla de -fúmatelo tú, esta poco cargado y es de una hierba especial, no te producirá paranoias.
Ana fumó en silencio, hacía años que no se fumaba un porro, y lo que no se explicaba era de donde habría conseguido la hierba su vecina. Lo que tenía claro es que en esos instantes de tensión contenida fue como una válvula de salida para toda su ansiedad.
-Mira Elisenda,- dijo relajadamente y con una media sonrisa que se empezaba a esbozar en sus labios- lo que me preocupa, lo que me atenaza, es simple. ¿Qué es una mujer? Y supongo que si no se responder es porque o no soy una mujer o no me conozco a mi misma.
-Tu si que tienes la respuesta, te lo aseguro, eres una joven gran mujer. Tienes trabajo, pareja cuando te apetece, y los hijos… Bueno no son necesarios, sólo antiguamente la mujer estaba destinada a engendrar y cuidar de las labores del hogar, pero eso ha cambiado.
-Mira yo de niña soñaba con casarme con un principe, como los de los cuentos, en una gran boda fastuosa y que impresionara a toda la ciudad. Pero mientras iba creciendo me di cuenta que los cuentos de hadas no existían, o que eran metáforas en muchos casos machistas y crueles, que proporcionaban una imagen de la mujer degradada. Hoy en día ser mujer es creer en una misma, hacerte valer por tu inteligencia, sensibilidad y generosidad. Los hombres a diferencia de nosotras son seres primitivos, no se en que artículo de biología leí que el sexo masculino era una deformación parasitaria del ADN. No sé si será eso verdad, pero lo cierto es que en los inicios de la vida los seres se reproducían por sí mismos, todos pertenecían al género femenino. Hoy en día ya no necesitamos a los hombres, y no se puede comparar la capacidad de lucha, de sufrimiento, la entereza de una mujer con la de un hombre. Ellos han gobernado la sociedad porque era necesario que trajeran la comida a la casa. Pero los hombres, y no quiero generalizar, pero la mayoría, son seres soberbios, en el peor sentido de la palabra. ¿Con qué es feliz un hombre? Le das fútbol, comida, y sexo cada semana y ya se siente realizado. Los que necesitan algo más suelen ser gays. Las mujeres somos mas complejas, necesitamos reafirmarnos desde nuestra segunda línea de poder, que nos den cariño, que nos hagan sentir seguras. Necesitamos que nos den confianza como para poder compartir nuestro amor. Los hombres se enamoran igual que las mujeres, pero nosotras tenemos más tendencia a demostrarlo, a entregarnos.
-Todo eso esta muy bien. – ME dijo Elisenda, que me había escuchado con una sonrisa.- Pero si te das cuenta somos nosotras quienes elegimos nuestras parejas, por mi experiencia te digo que no es necesario nada más, que mirarse al espejo, sentirte guapa por dentro y por fuera, echarle ovarios a la vida, y seguir el rumbo que te dicte tu corazón. Nosotras somos más inteligentes que los hombres, no sé el porqué, a parte del ya trillado sexto sentido femenino. No necesitamos gran cosa para sentirnos a gusto siempre que estemos en el lugar que queremos y actuando legítimamente. Por eso se quemaban a tantas brujas, porque eran mujeres que pensaban por sí mismas, porque eran precursoras, pioneras, mártires por la libertad que disfrutamos en este siglo. Mira un hombre lo mas bello que ve en su vida es el cuerpo desnudo de una mujer, una mujer, en cambio, lo mas sublime que ven sus ojos es la sonrisa de su primer hijo.
-Pero tú nunca tuviste hijos o no me has hablado de ello.
Elisenda suspiró, se quedó con la mirada fija en el infinito y sus ojos se irritaron como si estuviera conteniendo una lagrima, que finalmente brotó junto a su relato.
-Mira Ana, cariño, si que alumbré una vez a una preciosa niña. Estaba en la India, junto a Nashid, un hombre del que me enamoré. ME dejó embarazada y pude sentir esa sensación única de ser madre de un ser maravilloso, como son todos los niños cuando nacen. El problema fue que el riesgo de mortalidad en la India era altísimo, y a los seis meses mi pequeña Esmeralda falleció del tifus. Yo no me quedé para llorarla, mientras su cuerpo se quemaba en las piras de Bangladesh, yo volvía a Europa jurándome que nunca más tendría una criatura.
-Joder, lo siento.- dije abrazándola con emoción.- Siento haberte traído ese episodio a la memoria.
-No pasa nada cariño, algún día te lo tenía que explicar, no?
-Tienes razón, no pienso tirar la toalla, las mujeres somos como una buena novela o una sinfonía, que si te fijas ambas son palabras femeninas. Hoy en día, podemos elegir nuestro camino, si la salud no nos falta, ya se acabó la tiranía del cristianismo, la era machista que nos envolvía. Ni te imaginas lo que me has llegado a ayudar. Aun queda mucho por hacer, abrir los ojos a mi compañero de redacción, abrir los ojos a esa minoría que no le da la importancia que tiene el ser mujer. Si quieres quédate pero pienso escribir mi artículo ahora mismo.
-Claro que me quedo, nunca te he visto trabajar y te admiro, sabes que no me pierdo ningún artículo tuyo.
Ana abrió el procesador de textos y comenzó:


Dedicado a Elisenda:

Ella se ha cansado de estar en segundo plano, de ser la caperucita de los cuentos, salvada por un leñador sin licencia. De ser la cenicienta maltratada que tiene que huir antes de las doce para que no se descubra su pobreza. Ella esta agotada de no ser ella misma, bajo el yugo masculino que la maniata y la infravalora, que la encierra en una campana de cristal para que nadie la toque, teniendo el hombre únicamente la llave de su libertad.
Ella por fin da un portazo al pasado, vuela hacia las estrellas en sueños donde nadie la coarta y pisa al aterrizar con los pies seguros, caminando sobre la tormenta, como un verdadero avatar.
La mujer hoy en día tiene la libertad de ser quien quiera ser, de trabajar, de tener hijos, de viajar, de quedarse después del divorcio con el piso. Nadie puede impedirle que viva desde su sensibilidad acogedora, y que en ella, en esa casita de papel con deseos escritos en las paredes, haga realidad su voluntad como ser único, individual y capaz.
La belleza de la mujer esta en su interior, en su capacidad de limpiar el cuarto de atrás, ese que se sitúa en la trastienda de los ojos, de telarañas y adhesiones porque han dejado de interesarle.
La mujer es un ser divino para el hombre, y por tanto desconocido y temido. Por eso un hombre no suele vivir sin una mujer a su lado. Pero en el primer caso desgraciadamente cuando ya la ha conseguido, cual lobo feroz, le devora el ánimo, la desarma, la invalida. Hasta extremos que cuando ella se ha dado cuenta de la situación lamentable en que se han convertido sus sueños de niña, quiere huir, y él actúa de la peor manera, llegando incluso a matar, porque en la mente de muchos hombres enajenados de alcohol y rutina, es mejor ser el verdugo que la víctima.
Muchas mujeres han aprendido a estar solas para saber estar en compañía, son afectivas, atentas, sensitivas, predispuestas a la premonición, al cariño, al apoyo sin excusas, pero no pueden venderse baratas, tienen que hacerse valer por sus características innatas.
Con todo esto no quiero decir que la mujer sea perfecta, puede en su afán individualista dejar perder a hombres que realmente valgan la pena, que no son lobos, ni diablos, ni inquisidores, sino mujeres con pene. De estos hombres se puede esperar comprensión apoyo y cariño recíproco. Son hombres que adoran a la mujer y que de ese modo la imitan y se convierten en adorables. Sin la obsesiva búsqueda del sexo tras cada frase.
No necesitamos ayuda si no la pedimos, y si a veces no la pedimos no es porque no la necesitemos sino porque sabemos que la respuesta esta en nuestro interior, volando en el viento que sopla en el jardín de nuestro corazón.
Una mujer puede perder el sentido por amor, porque se entrega y teme a la soledad, pero estas no es que sean débiles, es que sus sentimientos son más intensos que una hoguera y ocurre a veces que en las llamas de la pira quieren dejar atrás razón y vida.
En definitiva que una mujer puede hacer todo lo que hace un hombre, de forma diferente; lo mas seguro que utilizando su inteligencia, pero hay cosas que no puede hacer un hombre y si una mujer. Por supuesto hablo de engendrar en su seno un bebé. De esa relación entre madre e hijo nace una complicidad, llena de ternura, de mutuo conocimiento. Y esta precisamente es la relación especial que une a una mujer con lo que la rodea y hace que llore de emoción, ría de ansiedad y defienda a los suyos de cualquier mal.
Hoy en día la violencia de género es una lacra, igual de nefasta que la anulación de los derechos de la mujer durante dictaduras de extrema-derecha; la diferencia es que en la teórica democracia en que vivimos, en la red de comunicaciones que nos une a todo el mundo, cuando el ser humano debería sentirse mas libre y más sabio, es también cuando se siente mas solo, desesperado y se agarra al clavo ardiente del sacrificio, por un amor carente de sentido., Porque el verdadero amor no es el que dura para siempre, ni el que vale un diamante, el verdadero amor, es precisamente esa mirada de respeto, esa sensibilidad natural que te hace conseguir que la pareja sea mejor persona, y no destruirla; y si el tiempo separa el camino de los enamorados, no mirar atrás con rencor, sino seguir tu camino hacia la verdadera sabiduría, que no es otra que la certeza de conocerse a sí misma, sin cerrar la puertas de la curiosidad.


-Bueno acabé – exclamó estirando los brazos y haciendo crujir sus dedos. Elisenda no le contestaba, pensé que se había dormido así que accionó el corrector. Al acabar con el ordenador, guardó el archivo y fue a cubrirla con una manta. Fue entonces cuando se percató que no estaba dormida. Había dejado de respirar. Rápidamente, como elevada por un soporte cogió el teléfono y llamó a una ambulancia.
Cuando llegó la dijeron que estaba débil pero que aun había una esperanza, una semana, dos, poco más.
Resultó que tenía un cáncer con metástasis en el páncreas y que por su avanzada edad no era posible darle quimioterapia, de ahí que tuviera marihuana terapéutica. La llevaron a terminales.
Al día siguiente, después de entregar su artículo y convencer al jefe de redacción, para envidia de su añejo compañero, fue a visitarla. No podía abrir los ojos a causa de la morfina, pero reconoció la voz de Ana.
-Ánimo Elisenda saldrás de esta.- Dijo sin demasiada convicción.
-Hija mía, Ana… -Empezó a decir con voz queda pero no terminó la frase.
Fui a decir algo pero ya no me escuchaba, se había parado su corazón, ese músculo, caprichoso, que bombeó seguramente un último deseo en su mente, como ese pitillo del reo al que la vida está a punto de fusilar.

EL caballero de los espejos



El tren arrancó puntual de la estación de Sants de Barcelona. M. buscaba su asiento entre la gente cargadas de maletas. M. solo llevaba una mochila con una muda, un par de libros, un pequeño neceser para su aseo personal y una carta con una dirección en el barrio de Montmartre. No pensaba quedarse mucho tiempo en Paris o eso había planeado. El viaje era tan relámpago como el fogonazo impulsivo que le llevo a comprar el billete. Él no quería ver el Louvre, ni el Arco del Triunfo, ni la torre Eiffel. El motivo de su viaje era más inquietante y más oscuro. Buscaba a su madre natural, la que lo abandonó hacia ya 20 años, cuando aun era un recién nacido.
El hombre que lo adoptó, un ginecólogo casado y divorciado tres veces, fue quien intervino en el parto. Papá, tal y como lo llamaba M. había muerto en un accidente de tráfico mientras viajaban juntos y en el que M. resulto ileso. Las únicas secuelas que le quedaron fueron una melancolía y una tristeza profundas, un vacío que no se llenaba con nada, pese a lo que al consejo del dr. X., no se quiso tratar con antidepresivos.
Lo que si hizo fue abrir la caja fuerte de papá, rebuscar entre títulos de propiedad, papeles del fisco, hasta encontrar, dentro de una cajita de cartón con limones dibujados, un fajo de cartas escritas en francés. Las firmaba una tal Marie. Él no dominaba ese idioma a parte de cuatro palabras sueltas "je sui M." y poca cosa mas .
Una mañana pensó en su madre, no en las mujeres de papá, a las cuales había tratado con cariño y respeto, pues se portaron con él de forma recíproca, sino en su madre natural; pues él, siempre considero que su madre era otra y, de estas mujeres, que habían pasado de forma fugaz en su vida, pese a guardar mas recuerdos de ellas que de aquella desdichada, nunca las trato mas allá de sus nombres de pila. Pensó en su madre y se preguntó dónde estaría. Quizás fuera esa misteriosa Marie tan bien guardada en la distante capital de Francia.
M. había pensado muchas veces en aquella mujer, la había añorado, la había odiado, había soñado con ella; sueños en los que ella le acariciaba el pelo, le llamaba por su nombre, le besaba las mejillas, lo abrazaba y luego de repente desaparecía creando en M. una sensación de vulnerabilidad y nerviosismo, que le hacia despertar sudado y agitado.
Consideró que era el momento de arriesgarse, de iniciar el viaje hacia los posibles orígenes de su identidad.

* * *

A las nueve en punto de la mañana un convoy salía de París camino de Barcelona; S. en su interior ojeaba un libro con manos inseguras. El segundo tomo de “El Quijote “. Nunca había leído las sabias palabras de Cervantes, tampoco ahora lo haría. En este volumen viejo, de hojas amarillentas, algunas incluso sueltas, que eran ordenadas cuidadosamente, en su delicado sitio, respetando la numeración de las páginas; S. guardaba un tesoro: los comentarios de su madre, en los márgenes o a pie de página, escritos a mano, referentes a frases de la obra. De Cervantes sólo conocía estas anotaciones. De su madre solo conservaba esta docena de reflexiones. Letras que desde pequeña antes de empezar a leer, la ayudaron a construir mentalmente un cuerpo, para reconstruir en su imaginación lo que le habían quitado desde siempre, y que la distancia prolongaba, como la carrera hacia una puerta que se aleja en medio de una pesadilla; sucesos de adultos que marcaron para siempre la vida de la ya no tan pequeña S..
Cuerpo de caligrafía primorosa. Cuerpo de graffiti sobre amarillo, cuerpo de “… creo que a mi me paso lo mismo, con una trampa intentaron robarme mis sueños…” escrito cerca de donde se encontraba subrayado el “sr. Bachiller”.
Estas palabras maternas las podía recitar como un misterioso poema, hacia mucho tiempo que las había grabado a fuego en la roca de su memoria. Hacia mucho que eran el fondo de sus recuerdos mas dulces. No necesitaba leerlas en ese momento. Buscaba, más bien, el murmullo de las hojas, una caricia cercana, una música cantada cariñosamente como una nana de lluvia, susurrada a sus oídos, mientras las luces de París a cada página se iban alejando, como el rumor de los recuerdos, sonido de cascabel, mancha de sangre en la sien.
Así trasportada a un estado de calma, como el que precede a la tormenta que la esperaba en la ciudad Condal, se dejó llevar por el leve balanceo del tren, perdida en esa sonoridad, arrullada por las divagaciones que su mente laboriosamente había fabricado desde su niñez.
Cerrados los ojos, concentrada en el suave tacto de esas hojas, en el que desarrollaba todo su imaginario familiar, absorta en su rincón, como acariciada por las olas de letras que susurraba a modo de oración, S. no percibió que el tren había detenido su monótono recorrido. Hacía un buen rato que estaba sola en el vagón, el resto de pasajeros se encontraban fuera, en un diminuto andén, de una pequeña estación desprovista de medios. Algunos viajeros airosos reclamaban sus derechos, otros esperaban sentados con aires de enfado, los últimos se desgañitaban, estérilmente, con afán de controlar a sus hijos, que, jugando, corrían entre las maletas. Este tren, destino Cataluña, había parado sin motivo aparente, como un corazón viejo, como si simplemente no quisiera continuar. Al menos fue la explicación de S., acostumbrada a darle vida a las maquinas, desde que entendió por vez primera lo que significaban las palabras “…armadura de Don Quijote, máquina de soñar, máquina de deseos…”
S. guardó el libro en su mochila y se unió al caótico grupo en la estación, o mejor dicho, en la confusión que este perdido lugar a medio camino entre París y Barcelona se había transformado.

* * *


M. acababa de empezar a leer “El libro del desasosiego” de Fernando Pessoa. Se lo había recomendado la única pareja que tuvo en toda su vida, relación que duró no más que unos meses, los anteriores al accidente, tras el cual M. se encerró en una burbuja de autoflagelación y rompió unilateralmente la relación con P. y con el resto del mundo. La última vez que la vio fue en el velatorio de papá. Allí con una frialdad propia de Kay la desventurada victima de la reina de las nieves, el cual fue encerrado en un castillo de hielo y obligado a montar un puzzle imposible que formara la palabra eternidad, le dijo que era mejor que se dejaran de ver. Todo cariño, amor, complicidad, se habían esfumado ante la perspectiva convexa creada por la distorsión de la realidad de M., producto del dolor que lo atormentaba.
A las pocas páginas un párrafo de Pessoa cerró los ojos de M. pues se precipitó en un torrente de angustia, una espiral de ansiedades que le ofuscaron, y le hicieron levantarse e ir corriendo al lavabo a vomitar. El párrafo era el siguiente: ( De repente, me he dado cuenta, en un relámpago íntimo, de que no soy nadie. Nadie, absolutamente nadie. Cuando brilló el relámpago aquello que había supuesto una ciudad era una llanura desierta; y la luz siniestra que me mostró a mí no reveló un cielo encima de ella. Me han robado el poder de ser antes de que el mundo fuese. Si tuve que reencarnar, he reencarnado sin mí, sin haber reencarnado yo.
Soy los alrededores de una ciudad que no existe, el comentario prolijo a un libro que no se ha escrito. No soy nadie, nadie. No sé sentir, no sé pensar, no sé querer. Soy una figura de novela por escribir, que pasa aérea, y deshecha sin haber sido, entre los sueños de quien no supo completarme.
Pienso siempre, siento siempre; pero mi pensamiento no contiene raciocinios, mi emoción no contiene emociones. Estoy cayendo, desde la trampa de allí arriba, por todo el espacio infinito, en una caída sin dirección, infinítupla y vacía. Mi alma es un maelstrom negro, vasto vértigo alrededor del vacío, movimiento de un océano infinito en torno a un agujero de nada, y en las aguas que son más giro que aguas, boyan todas las imágenes de lo que he visto y oído en el mundo -van casas, caras, libros, cajones, rastros de música y sílabas de voces, en un remolino siniestro y sin fondo.
Y yo, verdaderamente yo, soy el centro que no existe en esto sino mediante la geometría del abismo; soy la nada en torno a la cual gira este movimiento, sin que ese centro exista sino porque todo círculo lo tiene. Yo, verdaderamente yo, soy el pozo sin muros, pero con la viscosidad de los muros, el centro de todo con la nada alrededor.
Y es, en mí, como si el infierno, sin por lo menos la humanidad de los diablos riéndose, la locura graznada del universo muerto, el cadáver rodante del espacio físico, el fin de todos los mundos fluctuando negro al viento, disforme, anacrónico, sin Dios que lo hubiese creado, sin él mismo que está rodando en las tinieblas, imposible, único, todo.
¡Poder saber pensar! ¡Poder saber sentir!
Mi madre murió muy pronto, y yo no llegué a conocerla...)

¿Y si su madre también había muerto? ¿Y si ese viaje sólo era producto de una ilusión, y Marie sólo era una amante más de papá? ¿Y si se estaba precipitando hacia la nada de forma desencajada y suicida? Preguntas sin respuesta posible a estas alturas del viaje. Metas intangibles, desprovistas de bases sólidas. Desde su aislamiento voluntario M. se identificaba con un náufrago agarrado a un inestable tablón de madera, un asidero que pudiera ceder en cualquier momento, hundirse y dejarle a la deriva de sus emociones; turbado y perdido en el mar de sus impulsos empezó a llorar. No había derramado una lágrima ni en el entierro de papá, pero tal había sido la intensidad de las palabras del maestro portugués, que habían derrumbado, como un castillo de naipes, toda su valentía y esperanza. Él, ya lo daba por supuesto, no tenía a nadie, ningún familiar, nadie con quien anudar una relación fortalecida por el poder de la sangre. Estaba solo en este mundo superpoblado, nadie le quería y, lo que era peor, él no quería a nadie. Este viaje emprendido por la chispa de la creencia en el renacer de un posible amor, era en realidad una aventura hacia la expiación de sus sentimientos de culpa. Culpa por no haber muerto con la única persona que había tenido un lazo de unión que parecía indestructible, pero que como todo lazo humano resultó frágil como la vida misma. Culpa por no haber dejado acercarse a P. cuando el dolor lo empujaba hacia la soledad; quizás si ella estuviera allí con él, esta sensación de desazón, estas lágrimas desoladas, tendrían un pañuelo, un pecho, una puerta hacia un futuro mejor.
El tren frenó lentamente, al parecer iba a parar en una estación por averías, quizás unos vándalos habían desmontado y llevado los raíles para venderlos, o quizás era el fruto de una reivindicación de uno de los muchos grupos descontentos con el sistema y que con esas acciones intentaban desestabilizar a los gobiernos, creando el descontento en la opinión pública.
La estación estaba rebosante de gente y en la otra vía un tren dirección Barcelona parecía tener el mismo problema. A M. aquella parada le supuso un hilo de luz en la oscuridad de su presente. Pensaba comprar un billete de vuelta a Barcelona, empujado por un impulso, igual al que le hizo atreverse a comprar el billete hacia París, se echaba atrás. No se planteaba que haría cuando llegara a su casa, de momento sólo quería abandonar la idea de conocer a su posible madre, igual que ella la había abandonado a él.
Salió del tren con dificultad, cruzando la marabunta de viajeros que copaban el andén. Después de varias intentonas se vio obligado a parar, aquella estación era demasiado pequeña para un tren, con dos estacionados los espacios resultaban nanométricos. Pero decidido en su empeño de volver a Barcelona se escurría como una anguila, aunque avanzara a paso de caracol entre la multitud.
Los gritos de impaciencia de los viajeros se centraron en la oficina del jefe de estación, donde se amontonaban pidiendo explicaciones, que el pobre funcionario daba en varias lenguas, sin contentar, ni tranquilizar a los amotinados pasajeros.


* * *

S. se había encaramado hasta arriba de una maquina expendedora de billetes, lo que le permitía una perspectiva amplia de toda la estación y la turbamulta que allí se aglomeraba, lo que la mantenía entretenida pues era interesante distinguir las diversas reacciones de la gente en una situación así. Un suceso que a algunos les estaba llevando al límite de su aguante, su paciencia y sus fuerzas, encabritados como animales, mientras al lado indiferentes a todo, como si aquella parada obligada fuera un regalo para estirar las piernas, socializar o, como en el caso de los niños, disfrutar de los momentos mas divertidos del viaje, que reían viendo la desesperación de las personas que gritaban y maldecían, furibundas y sin ahorrar en palabrotas.
S. entonces se percató de un joven cargado como ella con una mochila, había saltado a la vía y trepaba hasta el primer andén, donde se situaban las taquillas. No supo por qué en un principio pero aquel chico le resultaba familiar, como si le conociera de algo que no recordaba.
Ese joven no era otro que M. que se acerco a la maquina expendedora sudando y cansado como si hubiera nadado a contracorriente en un río de aguas turbulentas. Sacó su cartera del bolsillo posterior del pantalón cuando S. le dijo en un francés con puro acento parisino
-Hola me llamo Sofía, te conozco de algo y no se de qué. -Fue entonces cuando M. la miro a la cara y sus ojos se encontraron, solo había entendido que se llamaba Sofía, pero algo le encogió el alma. La estaba mirando y no veía a una mujer se veía a sí mismo, los mismos rasgos faciales, el mismo color de pelo, el de ella algo más largo, la misma tonalidad en el iris y el mismo mentón pronunciado; incluso coincidían en un lunar bajo el ojo derecho.
-Hola me llamo Mario y si no es un espejismo estoy mirando mi reflejo. -Le dijo él en español. Ella se bajó de su atalaya y le miró frente a frente, viendo, por fin, todo aquello que él ya había distinguido.
Sofía recordó una de las frases de su madre y le dijo en castellano: "Tarde o temprano, todos acabamos enfrentándonos al caballero de los espejos".

martes, 29 de julio de 2008

El terremoto


En la ciudad de Nikosia, ese lugar perdido en medio del mar, dividido como tantas cosas en el mundo por la injusticia y la incomprensión hubo a finales del 2007 un gran terremoto. Mujeres y hombres fueron tragados por las grietas que se abrieron en las calles hasta desaparecer. Los supervivientes, unos pocos valientes que estaban en alta mar pescando, tuvieron que nadar hasta la orilla de la playa, al tumbarse con el oleaje las barcas que tripulaban.
EL espectáculo en la ciudad era catastrófico. Ésta, que se había caracterizado por la alegría y resistencia pese a la adversidad, se había convertido en una isla dentro de otra isla. Para más dramatismo una ciudad fantasma. Las carreteras estaban cortadas, los puentes derruidos, no funcionaba los medios de comunicación como el teléfono, y mucho menos la red. Algunos vándalos se dedicaban a robarle a los cadáveres aplastados y a entrar en las casas vacías. Los pescadores no pudieron mas que cerrar los puños, las pescadoras no pudieron más que llorar, unas pocas hasta perder el conocimiento, ante la primera visión de su amada ciudad.
De lo poco que había quedado en pie era el muro. Ese muro que se había levantado hacia décadas y que era la vergüenza de los más tolerantes. Un muro que separaba las ideas, las creencias, como si fueran certezas absolutas e irreconciliables. Un muro que separaba los barrios, con el pretexto de que el contacto entre diferencias iba a dar como resultado la violencia y por tanto la muerte.
Siempre me ha parecido estúpido y perdón por la expresión, el desconfiar del contacto entre gentes, el aislar en vez de compartir, el solipsismo cultural del pensamiento general, la ilusión por lo permanente que genera odio en vez de unión entre las tradiciones y las nuevas ideas.
Al final las parcas se habían cebado con la ciudad dejándola al amparo de la más absoluta soledad y sin hacer discriminaciones de ninguna clase.
Entre los pescadores había personas de ambos bandos de la ciudad, en el mar no hay distinciones, los une el amor por la naturaleza. Su sustento. Y en más de alguna ocasión se habían ayudado entre ellos, solidarizándose con la necesidad. Algunos podrán decir que era el miedo a verse ellos en una situación parecida lo que les hacia saltarse las prohibiciones de tierra firme y ayudar al desvalido. En mi opinión era un sentimiento diferente. Todos eran iguales, corrían el mismo riesgo al salir cada madrugada en busca de un caladero donde tirar sus redes y así, al recogerlas, llenar las bodegas de sus embarcaciones. Todos sentían que a pesar de las diferencias les unían los temas de sus cantos. Todos eran hijos del mismo mar, todos amaban al Mediterráneo.
Allí mismo, en la playa, les unió la desolación. Rezaron cada uno a sus dioses, incluso aquellos que no creían en más dios que el viento, por el alma de los fallecidos. Al acabar entraron en la ciudad en grupo. Más unidos que nunca.
Comieron algo de lo que llevaban en sus mojadas mochilas: pan salado y húmedo, anchoas, y algún embutido. Bebieron todos el aguardiente que llevaban para soportar el frío de las noches invernales. Y fue de este modo, algo ebrios, a la sombra del muro que los separaba cuando se pusieron de acuerdo, unos y otros, en reconstruir la ciudad. En dejar el mar y dedicarse a edificar de nuevo, guiados por los recuerdos, todo lo que había derrumbado el seísmo. Utilizarían las piedras del muro. Ese símbolo de vergüenza. Como materia prima que sirviera para sustituir las rasillas quebradas.
El trabajo era oficio de gigantes. Pero la voluntad por devolver a la ciudad un aspecto habitable les generaba una fuerza que no se imaginaron. Pasaron días, meses, pero el grupo trabajaba bien y rápido. Ni los arquitectos de la Mezquita de Córdoba o de la Sagrada Familia hicieron tanto en tan poco tiempo y con tan pocos conocimientos teóricos. Sólo lo consiguieron a base de mucho esfuerzo, dando cada uno el máximo de lo que podía, sin más exigencias que las de ser capaces de mantener viva esa ilusión primera.
Un día uno de los niños bajo a la playa. Allí se encontró con el casco de uno de los barcos, que zozobraron, barado en la playa cual ballena. Sin avisar a nadie entró en él como si buscara algo. Poco después salió con una radio de corto alcance. Era un milagro que aún funcionará después de todo pero así era. La conectó y al poco como si de un juego que le fascinaba se tratase se vio hablando por el micro. Su primera frase fue: ahora empieza a transmitir Radio Nikosia, hemos reconstruido la ciudad; Nikosia era la ultima ciudad dividida por murallas, ideas, religiones y un supuesto abismo cultural.
Hoy es una ciudad pobre pero con mucho futuro por delante. Os invitamos a entrar.

martes, 15 de julio de 2008

UN CASO PERDIDO


Un caso perdido. Sí, así le habían definido de la forma más taxativa e invalidante posible. Sin solución. Sin esperanzas. No podía ni esperar a Godot, no estaba permitido, era preferible esperar la muerte. Por mucho que hiciera, que se esforzara, que intentara limar las aristas que le hacían chocar contra sí mismo, como es presumible en todo ser humano en una situación límite. No conseguiría nada más que un absoluto fracaso. Él, y nadie más, era el peor enemigo de su personalidad. Una cigarra perezosa, un vividor holgazán, una remora patética y parasitaria de esta sociedad. Un loco, sí, obeso de comodidad. Adicto al consumismo. Dique de grasas saturadas y paranoias sin sentido, de espíritu volátil y cuerpo cansino. Sin apenas dinero. Sin trabajo. Sin más independencia que la que le otorgaba su desmesurada adicción a los fármacos. Consumo que le producía un estado de levedad y pasotismo, como si sólo cuando se tomaba las pastillas pudiera soportar lo que le rodeaba y lo que era peor aún, su universo interior, caótico y lleno de anacronismos.
Oto, como todo palíndromo, estéril, anagrama absurdo de piloto en alguien que no controla los mandos de sus días, salió de la consulta totalmente hundido en su enorme papada. A pasos lentos y pesados. En menos de diez minutos de consulta le habían postergado a un sedentarismo que sólo agravaría las cosas. En los últimos seis años, tiempo que llevaba medicándose, había doblado su peso. Pero no podía dejar la medicación sin correr el riesgo de precipitarse nuevamente en esa caída infinítupla y delirante que era la esquizofrenia. Se subió al ascensor para bajar los tres pisos de la clínica. Mientras descendía, acompañado únicamente por una mala grabación del “My way” de Sinatra, se imaginó que esos tres pisos eran como un descenso al infierno de la mediocridad. Del paraíso voluptuoso de la decisión tomada, pasando por la intermedia y purgatoria planta de la anulación, hasta llegar a la calle, asfixiante de calor y ríos de gente, indiferentes y duros como piedras en movimiento. Cansado y abatido entró en una cafetería. Pese al calor, que la convertía en una excrecencia negra y pegajosa, se pidió una napolitana de chocolate. La comió lentamente, en una mesa cerca del ventanal, con las nalgas rebosando la pequeña silla. Cuando la acabó se pidió otra.
En la calle todos parecían sanos, frescos, jóvenes, lozanos. Con una larga vida por delante. Caminaban con prisa, conducían ordenados. En la cabeza de Oto las imágenes iban a una velocidad aún mayor. Estaba cobrando forma el sentimiento depresivo y autolítico de acabar de una vez por todas con ese sufrimiento que le atenazaba desde la visita con el endocrino. Pensó en ir a la playa. No le haría falta ponerse piedras en el bolsillo para hundirse como un plomo en un anzuelo. Se imaginó a sí mismo: sin aire y sin vida, reventados los tímpanos por la presión, a merced de las corrientes del fondo marino. Pensó que no sería un mal final. Quizás, en ese estado inerte, su vida por fin tuviera sentido siendo alimento de los peces.
No se dio cuenta que había empezado a llorar. Lágrimas gruesas caían sobre su vieja camisa después de deslizarse por su rostro. Cristales líquidos de un corazón helado.
-Perdone, ¿se encuentra usted bien?-Le preguntó una camarera.
-¿Cómo?, ¿qué? -Respondió Oto sin entender.
-¿Si se encuentra usted bien? -Repitió ella.
-Sí, sí, no se preocupe, sólo estoy algo angustiado.
-Son cuatro euros. -Continuó ella, dejando sobre la mesa la nota de lo consumido.
Oto dejó su último billete y salió de la cafetería sin esperar el cambio.
Estuvo deambulando, como un elefante ciego, por las calles de la ciudad. No tenía rumbo y cuando se dio cuenta estaba de nuevo en la puerta de la clínica donde habían sepultados sus deseos de una vida más sana. Entonces, preso de un impulso, entró y subió al ascensor. Mientras subía pasaron por su cabeza muchas cosas; entre ellas, coger el abrecartas de plata que brillaba en la mesa del medico y clavárselo en los ojos del esbelto profesional. No hizo nada de eso. Del tercer piso, donde estuvo detenido unos instantes, subió a la azotea. Después de embestir la puerta con todo su peso, al séptimo golpe, ésta cedió.
Sin dudar, se subió a la cornisa y se lanzó. Mientras caía pudo ver tras las ventanas del edificio: como un anciano le daba de comer a su esposa que estaba en silla de ruedas con un cariño sin medida en su rostro; como un niño saltaba encima de la cama al ritmo de la música que tronaba en el reproductor; también vio a una pareja de obesos, como él, haciendo el amor alegremente. Vio a su endocrino hablando por teléfono. Y vio a una mujer adulta, con un parecido alarmante a alguien que conoció una vez, que se lamentaba frente a una fotografía.
Ya era tarde y realmente ahora este era un caso perdido. Pero el último pensamiento que pasó por su cabeza, antes de abrírsela contra el pavimento, fue que abandonaba una vida que le hubiera gustado vivir, aunque sólo hubiera podido aprovecharla a pequeñas dosis, en diminutivo.