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sábado, 12 de marzo de 2011

LIMITACIONES SOCIALES.


Creo que los límites, precisamente por situarse en aquel terreno que casi nadie traspasa, tienen un algo de misterio, como si en sus lindes se escondieran las claves de un equilibrio más soñado que adquirido, una especie de El dorado o de Atlántida sumergida a la que no podemos acercarnos si no es desde el viaje interior. Cuando hablo de límites, hablo también de fronteras, hablo de polos, hablo, como ya hablaba el Tao, del ying i el yang. ¿Qué fue primero la luz o la oscuridad? ¿Qué fue primero la gallina o el huevo? Ya que ninguno de nosotros estábamos allí para comprobar empíricamente lo que sucedió en realidad, mejor pasopalabra.

De mis tiempos de estudiante aplicado guardo este consejo. Más vale que creas que serás el nuevo Cervantes, porque cuando más alto pongas tus objetivos, más alto llegarás en tu carrera. Cuando hace años le conté esto a un psiquiatra lo consideró delirios de grandeza y me invitó a una ronda de haloperidol. Quizás os estáis preguntando qué carajo tiene que ver esto con los límites... Os invito a seguir leyendo.

Todas las personas tenemos unas capacidades y unas limitaciones. Resulta obvio que cuanto más trabajemos -cada uno nuestras capacidades hasta convertirlas en talentos- más eficientes seremos. Pero ¿y de nuestras limitaciones?¿quién se preocupa? Me parece que en muchas ocasiones, nuestras limitaciones la ponemos nosotros mismos, con la inestimable ayuda de nuestro entorno castrador y sentencioso, y esos juicios de valor que frustran tantos sueños de infancia, recordándote constantemente que eso no es lo tuyo o de que de eso no se vive. Y es que esta sociedad tan exigente limita mucho. Según donde nazcas, según donde estudies, según donde te muevas, acabarás siendo de una u otra forma. Y ojo, que no me apetece ponerme determinista, pero es que, desgraciadamente, en la mayoría de casos aquel relato de Emile Zola titulado (si la memoria no me falla) El hombre del barro, sigue estando de rabiosa actualidad. La mayoría de nosotros si nacemos en el barro lo tenemos muy chungo para poder salir de él, porque lo más probable es que un aristócrata montado a caballo frustre nuestro esfuerzo por salir de ahí, recordándonos eso de que si nacimos en el barro, moriremos en él. Los demás casos serían aquellos bautizados como el sueño americano y como américa está muy lejos, prefiero citar a Calderón y pensar aquello de que: Toda la vida es sueño y los sueños sueños son.

De alguna extraña manera tanto límite ha creado un orden. Un orden establecido, un sistema consensuado para algunos y para otros impuesto. Es dentro de ese orden social donde nos movemos todos y no tiene porque ser algo malo siempre que nos movamos con respeto hacia el otro, caminando con cuidado de no herir a los demás con las aristas de nuestra personalidad y vigilando no ser herido por las afiladas cuchillas con la que se defienden algunos. El equilibrio por paradójico que resulte está en estos límites. Límites que su génesis se reducirían a aquello que decía Freud más o menos así: el primer hombre que insultó a su enemigo en vez de romperle la cabeza a pedradas fue el fundador de la civilización.

Hoy me resulta algo extraño imaginarme a una tribu acostumbrada a solucionar los problemas a pedradas aplaudiendo admirados ante el descubrimiento del insulto. Es más, algo me dice que Freud se equivocaba, que lo más seguro es que el primero que se cagó en las muelas del otro en vez de romperle la cabeza acabó pocos segundos después con la cabeza abierta cual sandía. Creo que si la gente acabó eligiendo el insulto debió ser por motivos más prácticos, como que se acabaran las piedras o se acabaran las personas. Son estas pequeñas cosas las que mueven a uno a razonar. En fin... Suposiciones aparte, lo único que puedo afirmar es que se me ha acabado la piedra del mechero y tengo ganas de fumar. Pasopalabra.

¿Pero qué pasa cuando en esta sociedad nuestra tan limitada y equilibrada alguien decide usar la violencia de forma indiscriminada? Desgraciadamente, a este tipo de individuos se les justifica diciendo que están locos, que se les ha ido la olla, que no estaban bien de la cabeza y ese largo rosario de absurdos argumentos que relacionan locura y violencia. ¿Dónde están los límites? ¿Cómo justificar algo injustificable? ¿Cómo razonar algo irracional como la violencia? Supongo que eso que llaman pulsión de muerte debe tener algo que ver, pero como esa pulsión la sentimos todos y todas ha de haber pasado algo más. Dicen los psicoanalistas -si es que los he entendido bien- que las personas nos movemos entre pulsiones de eros y de tanatos, entre arranques de amor y de destrucción. De alguna manera esos dos motores polarizan nuestros deseos y es cosa nuestra y de nuestro entorno, reprimir o limitar dichos deseos, para poder convivir en sociedad, sin necesidad de liarse a pedradas. Hoy en día todos sabemos que agredir es malo, sí, malo, moral y éticamente reprochable, sobre todo cuando a quien agredes no es el culpable de tus males. Porque siendo sincero a pesar de que me considero un tipo éticamente aceptable, si por mi fuera pillaría a más de uno (banqueros, políticos, militares, empresarios sin escrúpulos, especuladores, etc) y como decía el gran actor galaico-catalán Pepe Rubianes les colgaba de los cojones. Yo a este sentimiento lo llamo el orgullo del pobre y supongo que para algún psiquiatra fascista también sería de esas cosas que se arreglan con un poquito de haloperidol.

Bueno retomando esto de la maldad y sus necesarios límites. La inmensa mayoría de actos violentos son causados por personas conscientes, a sabiendas, quizás desconociendo las consecuencias de sus actos, pero sin duda alguna sabiendo que aquello que están haciendo es un atentado contra el necesario respeto hacia los demás y sus vidas. Por tanto me gustaría hacer un alegato en contra de la inimputabilidad. Conozco a personas tan o más psicóticas que yo, y que como yo nunca, ni más brotados que un almendro en primavera, ni más colocados que los peces de aquel añejo villancico, han, hemos, hecho daño a nadie. Con la actual legislación esta mayoría inofensiva nos vemos legalmente anulados, somos individuos legalmente irresponsables. De esta forma es muy difícil tomar las riendas de nuestras vidas y ser considerados ciudadanos de pleno derecho. De esta forma la legislación refuerza la creencia de la peligrosidad del loco y los medios se nutren de dichas evidencias. De esta forma muchos violentos se justifican, se escudan, se esconden en su “locura” por la perversa ganancia que adquieren con su rol. De esta forma pagamos justos por pecadores, no se separa el grano de la paja y muchos verdugos quedan impunes. De esta forma no se favorece al débil, sino al delicuente.

Quizás el resumen sea lo que me dijo ayer una buena amiga por teléfono: pase que la locura sirva como atenuante, pero jamás debe servir como coartada. ¡¡¡NUNCA MAIS!!!

7 comentarios:

Jony Benitez dijo...

muy bueno. un horizonte de inimputeados siembra a veces las calles de puteados.

es algo muy controvertido y da para debate pero no hya nada más curativo que la responsabilidad.

vease el caso Wagner o el caso Aimée

abzs

etiquetada dijo...

Cuántas cosas, Raúl. Le mera existencia de la inimputabilidad apunta hacia una sociedad desigual, dividida en imputables e inimputables. Los primeros son los válidos, los hechos, los formados, los fuertes, los adultos sin fisuras, los más de lo más.
En el otro bando estamos los medio-personas, los locos, los niños, los ancianos, gente fantasiosa, inmadura, demente, recluible y dirigible por nuestro bien, los candidatos predilectos a la institucionalización, la custodia legal, la intervención psicosocial y psicofarmacológica, los últimos de la fila en ciudadanía y derechos plenos.

Tiene razón Jony, en la responsabilidad está el principio, pero el camino es largo, y se me ocurre que una forma de recorrerlo es trabajarla tanto y de tantas formas como sea posible hacer y mostrar.

Y recordarle a ciertos personajes que, a pesar de todo, somos muchos y votamos.

Un abrazo!

Jesús Castro Rodríguez dijo...

Pues por supuesto. ¿Acaso es un eximente el estar desesperado por la propia situación económica si uno roba un banco?.
Sigo pensando que todo esto es debido a la jodida manía de desvincular la biografía del discurso psiquiátrico. Es consecuencia de eliminar la poesía del discurso, del erradicar el leer entre líneas, de dejar de observar lo que no se cuenta o lo que no se hace.
De esta forma todo parece descontrolado, un sin sentido, una cuestión azarosa. Y no lo és.
Me acuerdo que en el juicio de una doctora que había matado a unas cuantas compañeras con un cuchillo, estando según criterios de los forenses, en estado psicótico, hubo alguien que osó cuestionar su inimputabilidad, alegando que la doctora había esperado a que las personas que podían hacerle frente salieran de su alcance, y que sus actos denotaban calculo y planificación. Esa persona fué denostada. A la doctora ni siquiera le hicieron asistir al juicio, dado que podía decompensarse al escuchar lo que había hecho. Eso si, esta persona, ni volverá a ejercer, ni seguramente volverá a ver la calle en su vida, puesto que podrá salir cuando esté curada y ya sabemos como funciona eso en psiquiatría.
Una gran entrada que da para muchas reflexiones.
Un abrazo.

Instituto Psicofarmacología dijo...

Muy interesante tus reflexiones sobre los límites.

Recuerdo, a finales de los años 80, cuando hablábamos del problema de la adherencia terapéutica en la esquizofrenia. Yo pensaba que los pacientes cumplirían mejor el tratamiento farmacológico si se les explicaba para que era, que beneficios podían esperar, y que efectos adversos, y como establecía el balance beneficio-riesgo.

Al fin y al cabo, el incumplimiento era un problema común a prácticamente todas las patologías crónicas que no amenazan directamente a la vida del sujeto.

Los antipsicóticos, al contrario que las benzodiazepinas, son fármacos desagradables. Por eso, cuando preguntaba a los estudiantes de primero de medicina si tomarían estos medicamentos una vez que se los hubiera prescrito un médico, sistemáticamente respondían afirmativamente, pero si le preguntaba a estudiantes de cuarto (habían estudiado farmacología) o de sextos (habían estudiado psiquiatría), sistemáticamente respondían con un "me lo pensaría", "consultaría con otro médico", "buscaría otra solución para el problema". Sorpresa, los estudiantes tenían prejuicios parecidos a los pacientes.

Pero evidentemente, el grupo de estudiantes de medicina no podía considerarse (aunque era probable que alguno lo estuviera) un grupo de enfermos psicóticos. Luego los prejuicios y la resistencia a tomar los antipsicóticos no era un problema especificamente psicótico.

Sin embargo, no faltaba quien decía, ¿explicar el tratamiento a los pacientes? - pérdida de tiempo, son psicóticos. Se les había puesto un límite. Afortunadamente ese límite se ha barrido, ahora es parte de la rutina el establecimiento de actividades psicoeducativas.

Las actividades psicoeducativas deben capacitar al sujeto enfermo para participar activamente en el tratamiento, planteando claramente sus objeciones objetivas (valga la redundancia), pero también la percepción subjetiva al mismo.

Naturalmente en ocasiones de especial urgencia por el riesgo y la dificultad de manejo (cuando se dan ambos a la vez) hay que ser operativos y actuar - siempre con un profundo respeto y cuidado. Pero estas situaciones son puntuales y excepcionales.

Una lectura interesante sobre las limitaciones, lo que uno no puede hacer por uno mismo: "limites" que frenan" el desarrollo de la persona. Ponerle puertas al campo que dirían en mi pueblo. Muchas veces los profesionales nos reafirmamos en nuestra posición y escondemos nuestra ignorancia, limitando las capacidades de los sujetos.

Otra cosa es lo ético, lo correcto, y también las normas convencionales de convivencia -saludarse amablemente cuando dos personas conocidas se cruzan - o las leyes (los limites de velocidad en tráfico rodado). Pero, ¡limitar el desarrollo de las personas?. ... ¿limitar la actividad creadora?,.. ¿limitar la palabra o la participación en asuntos que afectan directamente a las personas, enfermas o no?.

Un cojo, amputado por el muslo, no puede participar en una carrera así por las buenas. Pero, ¿quien se atrevería a desanimar a un sujeto que con esta amputación, con una prótesis adecuada y previo entrenamiento, que pretenda hacer un maratón?. Solo el ortopeda o el rehabilitador incapaz de ayudarle y que no estuviera dispuesto a perder al cliente le criticaría.

Emilio Pol Yanguas

Anónimo dijo...

Muy interesante tus reflexiones sobre los límites.

Recuerdo, a finales de los años 80, cuando hablábamos del problema de la adherencia terapéutica en la esquizofrenia. Yo pensaba que los pacientes cumplirían mejor el tratamiento farmacológico si se les explicaba para que era, que beneficios podían esperar, y que efectos adversos, y como establecía el balance beneficio-riesgo.

Al fin y al cabo, el incumplimiento era un problema común a prácticamente todas las patologías crónicas que no amenazan directamente a la vida del sujeto.

Los antipsicóticos, al contrario que las benzodiazepinas, son fármacos desagradables. Por eso, cuando preguntaba a los estudiantes de primero de medicina si tomarían estos medicamentos una vez que se los hubiera prescrito un médico, sistemáticamente respondían afirmativamente, pero si le preguntaba a estudiantes de cuarto (habían estudiado farmacología) o de sextos (habían estudiado psiquiatría), sistemáticamente respondían con un "me lo pensaría", "consultaría con otro médico", "buscaría otra solución para el problema". Sorpresa, los estudiantes tenían prejuicios parecidos a los pacientes.

Pero evidentemente, el grupo de estudiantes de medicina no podía considerarse (aunque era probable que alguno lo estuviera) un grupo de enfermos psicóticos. Luego los prejuicios y la resistencia a tomar los antipsicóticos no era un problema especificamente psicótico.

Sin embargo, no faltaba quien decía, ¿explicar el tratamiento a los pacientes? - pérdida de tiempo, son psicóticos. Se les había puesto un límite. Afortunadamente ese límite se ha barrido, ahora es parte de la rutina el establecimiento de actividades psicoeducativas...

Anónimo dijo...

(continuación)
...Las actividades psicoeducativas deben capacitar al sujeto enfermo para participar activamente en el tratamiento, planteando claramente sus objeciones objetivas (valga la redundancia), pero también la percepción subjetiva al mismo.

Naturalmente en ocasiones de especial urgencia por el riesgo y la dificultad de manejo (cuando se dan ambos a la vez) hay que ser operativos y actuar - siempre con un profundo respeto y cuidado. Pero estas situaciones son puntuales y excepcionales.

Una lectura interesante sobre las limitaciones, lo que uno no puede hacer por uno mismo: "limites" que frenan" el desarrollo de la persona. Ponerle puertas al campo que dirían en mi pueblo. Muchas veces los profesionales nos reafirmamos en nuestra posición y escondemos nuestra ignorancia, limitando las capacidades de los sujetos.

Otra cosa es lo ético, lo correcto, y también las normas convencionales de convivencia -saludarse amablemente cuando dos personas conocidas se cruzan - o las leyes (los limites de velocidad en tráfico rodado). Pero, ¡limitar el desarrollo de las personas?. ... ¿limitar la actividad creadora?,.. ¿limitar la palabra o la participación en asuntos que afectan directamente a las personas, enfermas o no?.

Un cojo, amputado por el muslo, no puede participar en una carrera así por las buenas. Pero, ¿quien se atrevería a desanimar a un sujeto que con esta amputación, con una prótesis adecuada y previo entrenamiento, que pretenda hacer un maratón?. Solo el ortopeda o el rehabilitador incapaz de ayudarle y que no estuviera dispuesto a perder al cliente le criticaría.

Emilio Pol Yanguas

Almudena y Raúl dijo...

No se por qué, pero soy incapaz de deciros otra cosa que gracias por comentar y que me alegra mucho que mi reflexión os haya gustado e inspirado esas maravillas de comentarios de los que tanto aprendo.

Abrazos!!

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