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martes, 28 de octubre de 2008

La puerta cerrada

La puerta estaba cerrada con llave. En la habitación en penumbras, pobremente iluminada por la luminaria que titilaba delante de una imagen beatífica, Jesús se precipitaba, hundido por la culpa, en los infiernos que el destino tiene reservados para aquellos que creen en su existencia. No había muerto. De momento respiraba con agitación, perdida la mirada en las sombras que se proyectaban en la pared. Demonios oscuros que creaba su imaginación, aturdida, ofuscada, perdida ante la atracción suicida y vampírica el remordimiento que le atenazaba.
-Perdóname, santa madre de dios, perdona a este pecador que suplica penitente. Santa María desde tu infinita sabiduría y clemencia sabes que tuve que hacerlo, que no tuve elección. Clemencia para esta alma que sucumbe ante tu mirada, que lo ve todo desde su torre de marfil.
Jesús repetía esta oración una y otra vez, en bucle, un circulo que giraba en su mente encerrándolo tras los gruesos muros que había construido a su alrededor. Muros que conservaban su secreto, asegurando que perdurara la asceta imagen que había delineado con años y años de devota creencia y fidelidad al Santo Padre.
Pero no sería cierto decir que le fue siempre fiel. Durante años se había justificado con expresiones como ojo por ojo y diente por diente o el fin justifica los medios. Rancios pretextos, fútiles excusas, que cuando llegaba la noche y quedaba en la más absoluta soledad, no le servían para espantar ese sentimiento que le incendiaba. Era un odio absoluto hacia si mismo y todo lo que le rodeaba, una misantropía camuflada en la rectitud de los dogmas y teñida del negro mas sombrío, una frialdad que el calor de los cirios no conseguía apartar de su corazón helado por la culpa. Y no era para menos.
A los veintitrés años, recién acabada la carrera de derecho canónico en una prestigiosa universidad episcopal, el joven Jesús aspiraba a lo más alto. Pero algo le retuvo, al menos durante un breve periodo de tiempo en su ascenso a la cúpula diocesana. Ella se llamaba Pilar y rondaba en aquel entonces la veintena.
La primera vez que Jesús la vio, con aquel vestido blanco, adornado con pequeñas lilas, que hacía resaltar la belleza joven y elegante de la muchacha, fue la única vez en su vida que sintió esa punzada en el corazón que sentimos los humanos al ser victimas del amor a primera vista. Tardó meses en dirigirle la palabra, tiempo en que alimentó ese sentimiento, que tan gratas le hacía las noches motivando su imaginación. Un día mientras él ofrecía el perdón por tres padres nuestros y diez ave marías mediante el sagrado sacramento de la confesión, reconoció su voz tras la cortina. Fue entonces cuando Jesús empezó a trazar su maquiavelico plan. Al escuchar la narración de Pilar y el amor que profería por un joven bailarín, que pese a la negativa de los padres de ella , se correspondían apasionadamente, sintió tal oleada de celos que decidió que esto no quedaría así. Si ella no era para él, no lo sería para nadie.
Llegó la semana santa, concretamente el viernes de calvario. Ese día no se celebraba la eucaristía pero los fieles en masa acudieron a la catedral a honrar el santo sepulcro con el via crucis. Al acabar Jesús se acercó al padre de Pilar, militar retirado que había guiado tropas del frente nacional en la batalla del Ebro, y le contó todo lo que sabía de Pilar y su relación con Antonio, que así se llamaba el bailarín. El padre, colérico, al llegar a casa con su familia llamó al jefe de policía, antiguo amigo suyo, y le pidió que detuviera a Antonio. Él por su parte dio tal paliza a su hija que cuando ella se despertó del estado de inconsciencia en el que le había sumido los golpes de su padre y se enteró de lo ocurrido, se lanzó por la ventana ahíta de desesperación.
Nada ni nadie enturbió nunca mas el meteórico ascenso de Jesús al cabildo.
Hasta esa noche, preludio de no importa que día, muchos años después. Una voz a su espalda interrumpió la oración cíclica de Jesús.
-Jesús, acompañame.
-Quien eres? Eres dios? -preguntó Jesús.
-Soy la muerte.
-Entonces... Ahora conoceré a dios? -Insistió Jesús. Pero la muerte fue como siempre precisa.
-No, la puerta esta cerrada.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Creo que llego a tiempo todavía de felicitar a Almudena,

FELICIDADES HOY CREO QUE ES TU SANTO, me he acordado de ti, pero no me he podido conectar hasta ahora.
Fuerza
Luz

Almudena y Raúl dijo...

Gracias preciosa, sí, era mi santo y tu como siempre al pie del cañón acordándote de nosotros. Espero que este todo bien. Cuidate mucho LUZ. Un abrazo. ALMU