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domingo, 14 de noviembre de 2010

NO ME OLVIDES.

Salió de casa en plena noche, sin dirección, buscando una nueva perspectiva, un prisma desde el que enfocar su vida desencajada por una soledad desgarradora. Hacia tiempo que se sentía así: desamparado, obtuso, su espejo se había enlutado en la disciplina de lo opaco y del rencor. Así que esa noche decidió encontrar algo, una tabla de salvamento, un asidero al que agarrarse para no precipitarse en los abismos del olvido, ni en el pantanal de su memoria, ya tan desgranada, que a veces no sabia distinguir entre lo real y lo imaginario.
Fue por ella, eso estaba claro, aun creía poder rozar su piel, besar sus labios, dormirse abrazados hasta el amanecer y sus transparencias. Vaga ilusión. Al marcharse no dejó carta, ni despedida alguna. Sobre la mesilla de noche de él, aún colgaba el “no me olvides”, que le había regalado a ella un día cualquiera y que abandonó, desmoronando el castillo que en una ola de desengaño había disuelto hasta sus cimientos, dejando en él un hueco de erosión a la derecha de su cama y en su alma de arena. Un vacío de preguntas sin respuesta, de dudas, rencores amordazados por la melancolía.
Caminando llegó a un bar, entró y se pidió un refresco; ya pasó la etapa de intentar olvidar el amor de su vida con alcohol y de comprobar que un clavo no siempre quita otro clavo. Así, desesperado y lúcido, como un suicida ante la cuchilla que le pudiese cortar de una vez por todas el aliento desgastado, se vio de repente en el espejo de aquel antro, rodeado de gente intoxicada, perdida, igual de vulnerables que él; los imaginó como espíritus errantes, sombras que tapaban su dolor con carcajadas insubstanciales y miradas carentes de emoción. Él, al menos, tenía varias certezas, la certeza de haber amado y haber sufrido, de haber muerto de dolor, de su lucha por renacer y, por irónico que parezca, de no ser como la mayoría de personas que, por no aprender a estar solos, no saben estar en compañía.
Ahora, sin prisa y sin rencor, paladeaba el refresco, jugaba con los cubitos de hielo, sonreía lánguido al recordar la alegría infantil que le sobrecogía, cuando llegaba a casa y miraba, cada día como por vez primera, a su querida Joana. Fue entonces cuando una joven de unos treinta-y-tantos se acerco a él y le preguntó qué tomaba. Él, sorprendido, tardó unos instantes en reaccionar, pero le mostró su naranjada esbozando media sonrisa antes que ella lo considerara un caso perdido. Ella le pidió que la invitase a una cerveza. Él accedió, no tenía nada que perder. Y empezaron a hablar: ella le confesó que le parecía atractivo. Él, vencido el estupor inicial, le dijo que sus ojos eran como el mar. Ella se rió y le dijo que era muy gracioso, que le había caído bien.
Se hacia tarde y el bar cerraba sus puertas, sólo un par de borrachos se negaban, iracundos y estériles, a irse sin tomar una copa más. Mientras tanto, ellos dos, mirándose en un rincón, con un rubor creciente, una complicidad que aumentaba al comprobar que a ambos les gustaban los mismos libros y las mismas películas, que las palabras y su música iban desnudando la noche de cualquier artificio superfluo, preparándola para lo que iba a venir.
Después de deshacerse con esfuerzo del par de alcohólicos, la dueña del local les pidió amablemente que salieran. Él propuso acompañarla a casa y continuar la charla. Ella accedió añadiendo que vivía con una compañera de piso y que a esas horas debían hablar en lenguaje de signos.
Ya en casa de ella hicieron el amor con el sentimiento a flor de piel, enlazados por una atracción que a él le devolvió la vida. Al acabar, silenciosamente, como si con las miradas y los gestos tuvieran suficiente se quedaron dormidos, abrazados, formando un solo ser único y maravilloso. Un último pensamiento en Joana, mezclado con el canto de una alondra, le acompañó un instante antes de ser vencido por el sueño.
Se despertó con el timbre del teléfono, ella no estaba en la cama. Se levantó, se vistió dispuesto a marcharse, pero algo lo retuvo. Una voz familiar, el recuerdo de una vida pasada, un eco difuso y lejano le heló la sangre y el pensamiento. Acudió a la cocina donde provenía la voz y las vio. Allí estaban Joana, su Joana, hablando con la muchacha de ojos marinos. Sobrecogido por un rencor bilioso, sin pararse a comprobar si había sido una mala jugada de su imaginación, una fantasmagoría o una quimera producida por su espíritu melancólico, se fue corriendo. Joana se quedó tomando su café mientras la muchacha iba en su búsqueda, pero él corrió más. Entró en la primera boca de metro que encontró. Boca de lobo, garganta de oscuro acero. Acababa de llegar un tren que arrancó velozmente con él en su interior, dejando atrás los recuerdos del pasado y las sensaciones del nuevo amor.
No se supo más de él, quizás se lo tragó la ciudad, depredadora insaciable, o perdió su última esperanza por la humanidad y la vida, que es la forma más quijotesca de morir. Cuando Joana acompañó a la muchacha al piso de él, distinguió en la mesilla de noche como la plata del “no me olvides” había ennegrecido. Se marcharon y tras la puerta cerrada quedaron todas las adherencias del pasado, aquellas cosas que más vale olvidar.

3 comentarios:

Jesús Castro Rodríguez dijo...

Muy bueno y con muchas lecturas.
Hay alguno que conozco que hubiera propuesto un trio, desde luego no nuestro protagonista. Eso es lo maravilloso del ser humano, que cada cual se toma las cosas diferentes, para cada uno los significados son diferentes, y por supuesto con consecuencias diferentes.
Escribes de puta madre.
Un abrazo.

Jose Valdecasas dijo...

Precioso.

Almudena y Raúl dijo...

Gracias amigos, se hace lo que se puede, no más...

Abrazos a los dos!!