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jueves, 18 de noviembre de 2010

LEVÁNTESE QUIEN PUEDA 11.

En la facultad de medicina les esperaba Luz. A Carlos le pareció una mujer preciosa, un poco mayor que él, de pelo abundante y rizado, y una sonrisa que abría más puertas que todos los cerrajeros de 24 horas. A Luz, él le pareció el antipsiquiatra por excelencia, y no porque defendiera dicho movimiento, sino porque tenía una mirada limpia, sin contaminaciones, como si todavía viviera con fuerza lo mejor de aquel niño que un día fue. Ambos se dieron un largo abrazo y se dijeron las típicas cosas que se dicen cuando conoces a alguien en internet: te imaginaba más alto, pero está bien; yo a ti te imaginaba más mayor, chica, si pareces una adolescente, etc. Máximo que hasta ese momento se había situado en segundo plano fue recibido con alegría. Cuando la ambulancia se hubo marchado, los tres se fueron a casa de Luz. Los dos viajeros se pudieron refrescar con una ducha, mientras Luz preparaba algo para comer. El tema de la ropa no fue un problema, Carlos se puso la que llevaba y Máximo se vistió un pantalón corto y una camiseta ancha que Luz solía utilizar para ir a correr por el campus. La comida pasó entre risas, con el relato de la fuga como plato fuerte. A Máximo, que no se le escapaba una, no le pasó desapercibido el buen rollo con que se miraban aquellos dos galenos, alocados y juveniles, pese a pasar ampliamente de la treintena. Ellos, en cambio, aunque deseaban secretamente dar rienda suelta a su afán revolucionario rompiendo los muelles de la cama, no le hicieron sentir como un aguanta-velas. Luz no lo pudo dejar más claro, la verdadera revolución, por mucho que me tratéis de come-flores, está en las pequeñas cosas, en las miradas, en los gestos, sí, el amor es la respuesta. Lacan te hubiera machacado por esa afirmación mi querida amiga, te hubiera colgado del dedo gordo del pie izquierdo en lo más alto de la Torre Eiffel. A ver, mi lacaniano amigo, que sí, que todo es relativo, pero no es cierto que todo esto que hemos realizado ha sido una prueba de nuestro amor, de nuestra forma de amar (así no me tocas más las bolas con el bueno de Lacan), hacia nuestra profesión. ¿Tú que opinas Máximo? Opino que hay pocas cosas que valgan realmente la pena en esta vida y ninguna de ellas serviría de nada sino se pudieran compartir; creo que la vida no es algo fácil de llevar para nadie. Nacer es como caer al mundo, y el primer esfuerzo que debemos hacer es levantarnos y empezar a sobrevivir, al final eso es lo que somos supervivientes. Casi nadie logra todas sus metas, casi nadie llega a conocerse a sí mismo y en cambio eso no les impide ser felices, aunque sea en minúsculas (como dijo Benedetti), precisamente porque el truco para conseguir esa felicidad es encontrar personas que sepan comprenderte no tal y como eres, sino según como estás en cada momento. A mi me han educado desde el dogmatismo más cerril y cualquier idea, cuando se convierte en dogma, pierde su esencia más pura. Quiero decir que las palabras, los discursos, por muy potentes que sean, no son más que eso. Palabras que sino estuvieran escritas se las hubiera llevado el viento. Vaya con el psicótico, dijo Luz. Dejale continuar, sugirió Carlos. ¿No os parece que la palabra tiene un enorme poder? Es desde la palabra que construimos y destruimos, que hacemos el bien o hacemos el mal, y al final esas palabras son sólo producto de nuestras creencias, que como creencias siempre estarán sujetas a un principio de incertidumbre. Somos las personas, todos los seres humanos que han vivido desde hace milenios, los que hemos desarrollado la raza humana, con todas sus diferencias culturales, religiosas, lingüísticas, conductuales. El dilema... Realmente no está en pensar que esto es blanco o es negro, esto es malo o es bueno, esto es loco o es cuerdo, la dificultad mayor reside en distinguir en lo real aquello que verdaderamente le representa, para así poder definirlo de una forma precisa y no excluyente. Las etiquetas son imprescindibles, son adjetivos que nos ayudan a comprender nuestro entorno, pero al poner una etiqueta somos responsables de ella, de sus consecuencias, porque le estamos dando un significado a-prendido según nuestra limitada capacidad de percepción. Lo que sería importante es relativizar los significados, pero es algo tan difícil en una sociedad como la actual... En mi caso, puedo haber estado loco, he sido diagnosticado, condenado con términos inapelables ( tanto por la religión como por la ciencia). He sido obligado a tomar tratamientos que han erosionado mi alma, hasta abrir un hueco muy difícil de llenar, pues me impedían pensar con claridad, negándome algo tan esencial como la responsabilidad de mis decisiones, de mis creencias, de mi vida. Y pese a todo puedo considerarme afortunado. Esta oportunidad que me habéis dado es como un renacer, como un empezar de nuevo, un punto de inflexión desde el que reconstruir todo mi imaginario, sin temor al que dirán. A partir de ahora podré ser algo más que un loco, o un presunto suicida moral, podré ser, sin dejar de ser lo que fui, un estudiante, un joven con un futuro por delante, un apasionado por la literatura, la filosofía y las mujeres, una persona, en definitiva, movida por sus pasiones, que son tan reales y legítimas como las de cualquier otra persona.

Cuando acabó Luz y Carlos no sabían si levantarse y aplaudir o ponerse a llorar. Así que aplaudieron y lloraron de pura emoción. La sobremesa continuó hasta la tarde. Tuvieron que dejarla para ir a comprar algo de ropa. Esa noche esperaban salir a celebrar todo lo ocurrido. Cenaron un bocadillo, regado con cerveza, en el caso de Máximo sin alcohol, porque aún debía tomar medicación durante un par de semanas, hasta lograr suprimirla. Y dos horas más tarde, se habían invertido del todo los papeles; cualquiera que los hubiera visto pasear a los tres por el casco viejo, hubiera pensado que aquella pareja de borrachos estaban locos y que su joven acompañante, por su paciencia, era todo un modelo de comportamiento a seguir. Al llegar a casa Luz, que estaba más eufórica, que cuando asistió a la primera conferencia de La otra psiquiatría, los encomió a tomar la última. Tres chupitos, uno de haloperidol y dos de tequila. El brindis fue sonado: Amibgos gmíos, quero blindar por algo muy impogtante, esencial, diría yo en geste día. Que vivan los estudios clínicos y el triple ciego. ¡¡¡¡Vivaaaan!!!!! Respondieron los tres al unísono.

Pasadas las risas Máximo se fue a su habitación y los otros dos tuvieron tiempo y fuerzas de batir varios récords, incluídos el de velocidad, el de carrera de fondo y en una parodia del salto de la iguana (que por suerte acabó en la cama) también el de altura. Al final los dos exhaustos cayeron en brazos de morfeo, con la algarabía del deber cumplido. Máximo por su parte soñó, cosa que hacia tiempo que no podía. Soñó con que emprendía un largo viaje, siendo por primera vez, quien llevaba las riendas de su vida.

6 comentarios:

Jose Valdecasas dijo...

No sé cómo acabará el recorrido/aventura de Carlos (no sé si lo sabéis vosotros), pero hace un par de entradas que me acecha la impresión de que un destino poco grato le aguarda... (espero que no sea ningún tipo de identificación extraña, que ya no tengo edad para esas cosas...).

Un abrazo.

Almudena y Raúl dijo...

Jose sólo te diré que en principio solo queda un capítulo de la serie. Lo único que deseamos es que sea un buen colofón al buen rato que os hemos hecho pasar.

Un abrazo!!!

psta: por cierto esperamos impacientes vuestra opinión sobre el docu

Jose Valdecasas dijo...

Todavía no hemos podido ir a correos a recogerlo, que hemos estado un poco liados. Espero que el fin de semana podamos verlo ya, que tenemos muchas ganas.

Salud!

Almudena y Raúl dijo...

i força al canut!!!!!!!

etiquetada dijo...

Qué boooniiitooo
Qué bien escribís
Qué bien veis
Qué bien que estais.

Un abrazo enorme

Almudena y Raúl dijo...

Etiquetada cielo, tu tampoco te quedas corta.

Un abrazo enorme para ti también!!!