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viernes, 19 de noviembre de 2010

LEVÁNTESE QUIEN PUEDA 12.

Dos días, no más, necesitaron los padres de Máximo para localizarle. Durante ese tiempo el hijo había aprovechado realmente el tiempo. Se había matriculado en Antropología y comenzado a trabajar en la biblioteca. Allí, rodeado de las obras de Dostoievsky, Nietzche, Platon, Descartes, Kafka, Martin Gaite, Borges, Levi Strauss, Goffman, etc, se sentía como aquel que ha encontrado por fin su lugar en el mundo. Por las mañanas iba a la facultad y por la tarde entraba en ese templo del saber universal, donde ordenaba numéricamente cada tomo devuelto. En los ratos libres leía, en un pequeño cuarto de la biblioteca. En dos días, en sólo dos días, ya había devorado “Asylum” el estudio etnográfico de Irving Goffman sobre las distintas realidades que existen dentro de un psiquiátrico. Ojalá, se decía a sí mismo, algún día logre escribir algo así, algo que remueva conciencias y provoque un cambio en las miradas de la gente. El siguiente libro que eligió fue El extranjero de Albert Camus, un libro corto y afilado, como una cuchilla con la que sesgar toda esperanza en la condición humana. Su anónimo protagonista acababa de ser sentenciado a muerte por el Alto Tribunal, cuando un carraspeo cercano sacó a Máximo de su ensimismamiento. Ante él estaban sus padres, serios, duros, mirándole con el rencor de quien se siente ultrajado. Máximo les aguantó la mirada en silencio. Por su cabeza pasaron en ese momento muchas cosas, tantos y tantos recuerdos de su vida junto ellos, puertas cerradas, crucifijos, el beso a aquella muchacha, golpes en la boca, ingresos involuntarios, golpes en la cabeza, piedras en los zapatos, golpes y más golpes, como un carrusel de imágenes que se sucedían, cada vez más rápido, al ritmo de su corazón.

-¿Es que no nos vas a decir nada? ¿Es así como se trata a unos padres que te han dado todo el amor del mundo? -Dijo el padre con una mueca de desprecio que le desfiguraba la cara.

-Hola papá, hola mamá. ¿A qué se debe el honor de esta visita?-Respondió el hijo esforzándose por mantener la calma.

-Hemos venido a buscarte Máximo, no nos puedes hacer esto. Somos tus padres. - Suplicó la madre, como una osa polar en el momento antes de devorar a su cría.

-Yo no me voy a ningún sitio, padres, este va a ser a partir de ahora mi hogar.

-Eso será por encima de mi cadáver, hijo del diablo. -Amenazó el padre con el puño en alto.

-Por encima o por debajo. Me da igual. Este es mi nuevo hogar y puedes hacer lo que quieras... No sería la primera vez que me golpeas y ¿sabes una cosa? A cada nuevo golpe me separas más de ti.

-¡Condenado cabrón! Claro que te voy a pegar, claro. -Aulló el padre avalanzándose sobre el hijo al que del primer puñetazo tumbó en el suelo. -¡Levántate hijo de tu madre!, ¡levántate si tienes lo que tiene que tener un hombre! -Máximo, se levantó tambaleante y en silencio, se llevó la mano a la boca ensangrentada, pero nada más. Su padre volvió a la carga. -A mi no me reta nadie, ¿me entiendes? ¡Nadie!-Gritó mientras asestaba un nuevo golpe en la cabeza de su hijo, que cayó como un plomo al suelo. El padre le agarró del pelo y le dijo. -Ahora te vas a venir con nosotros, ¿me has entendido?. Vas a venir y vas a confesar y sufrir la penitencia por todo lo que nos has hecho pasar, ¿entendido?

-Hazle caso hijo mío, nosotros te queremos mucho. -Añadió la madre.- Todo lo que hacemos lo hacemos por tu bien.

Máximo estaba derrotado, sangraba mucho, no tenía fuerzas para levantarse, le dolía mucho la cara y se sentía mareado y confuso. Pese a todo no estaba dispuesto a dejar su nueva vida, no estaba dispuesto a repetir los mismos errores del pasado, cuando por cobardía o juventud no fue capaz de tomar las riendas de su vida. Sus padres, pensó, quizás conseguirían llevárselo de vuelta, pero tendrían que matarlo antes. Esa, quizás, era la única certeza que conservaba en esos momentos.

-Venga levántate, maricona. ¡Levántate, te digo! -Gritó el padre.

-Levántate cariño, ven con papá y con mamá. -Añadió la madre.

Máximo reunió las pocas fuerzas que conservaba y se levantó con dificultad. Con la cara desfigurada por el dolor y las heridas, Máximo parecía una caricatura grotesca dibujada con sangre por un sádico. Balbuceó como pudo un mensaje incomprensible que sus padres no entendieron. Nos lo cuentas en el coche, le dijo el padre agarrándolo del brazo y estirando de él, pero en un arrebato de dignidad Máximo se zafó de aquella garra y miró a su padre con indiferencia, primero, después con comprensión y finalmente con piedad. El último gesto de Máximo fue una sonrisa, el final estaba cerca y en el preciso instante en que lo supo, consiguió liberarse por fin de todo el dolor acumulado. Alea jacta est, pensó, la suerte está echada.

Luz estaba presentando a Carlos a todo el equipo del estudio, había conseguido con una de esas sonrisas imposibles, que contrataran a Carlos como técnico de seguimiento. A estas alturas y a pesar del poco tiempo que hacía que se habían conocido, ambos disfrutaban de una amistad bien aderezada con sesiones inacabables de sexo. Trabajar juntos, vivir juntos, su revolución, quizás no iba a cambiar el mundo, pero al menos había cambiado sus vidas, acercando el uno al otro. Reían de un chiste que había leído Luz en el blog de un colega de iberoamérica: "¿En qué se parece un psiquiatra al colectivo 111?" "En que los dos empiezan con uno, siguen con uno y terminan con uno." El móvil de Luz les arrancó de ese momento. Llamaban desde la Biblioteca de Letras, según la bibliotecaria había entrado una pareja de aspecto adinerado, que se habían presentado como los padres de Máximo. También se habían escuchado insultos y golpes. Ya había llamado a la policía, pero era mejor que Carlos y ella vinieran dadas las circunstancias. Carlos, que había observado la cara de su compañera palidecer, se imagino que algo terrible había sucedido. No hizo falta decirse mucho. Ambos salieron a la carrera en dirección a la biblioteca.

Fueron diez minutos, los que tardaron en cruzar el campus al sprint, diez minutos en los que el miedo y la desazón los hizo correr como corre un zorro perseguido por los perros de presa. Entraron en la biblioteca, justo en el momento en que se personaba la patrulla de policía. Fueron unos instantes de explicaciones, de resoplidos medio ahogados, de sudor y pánico en el rostro. Los gritos y un fuerte golpe en la planta superior fue la mejor explicación para aquellos dos policías. Subieron los cuatro lo más rápidamente posible. Al entrar en el cuarto vieron a Máximo tumbado boca abajo, con un gran charco de sangre al rededor de su cabeza. El padre seguía gritando y pateando su cuerpo, totalmente fuera de sí, con espumarajos en la boca rabiosa, como una bestia que se recrea en su misma violencia, mientras la madre rezaba un rosario. Los agentes redujeron al padre y pidieron refuerzos y una ambulancia. Carlos y Luz fueron a por Máximo, con lágrimas en los ojos, temiéndose lo peor.

-Aún vive. -Anunció Carlos, al comprobar que todavía tenía pulso.-Máximo, Máximo escuchame, soy Carlos. Todo ha pasado, todo ha pasado. Aguanta un poco, te lo debes coño, aguanta un poco más.

Los refuerzos no tardaron en llegar. Máximo tenía varios huesos rotos, pero aún vivía. Se lo llevaron rápidamente al hospital. Los padres de Máximo fueron llevados a comisaría, donde serían acusados y posteriormente condenados en un juicio rápido por intento de asesinato en el caso del padre y en el caso de la madre como cómplice y negación de socorro. Con ellos en la cárcel, el libro de Máximo se cerraba por fin.


7 comentarios:

Jose Valdecasas dijo...

Si es la entrada final, ¡bravo!. Y si no, ya veremos cómo sigue esto...

Un abrazo.

Almudena y Raúl dijo...

Sigue, sigue, sólo queda una última entrada a modo de conclusión.

Ha sido todo lo dura que esperabas Jose?

Un abrazo!!!

Jose Valdecasas dijo...

Ha sido dura, pero se mantiene la esperanza...

Almudena y Raúl dijo...

Como la vida misma!!!

Almudena y Raúl dijo...

Cómo añoro los comentarios de Jesús!!!! Yo te invoco, psicoloco!!!

Un abrazo!!!

Jesús Castro Rodríguez dijo...

Coño, presentome ipso facto...
Esos padres, esos padres....
Reflexión de mi hijo de nueve años:
"claro, los padres son como son, pero si no fueran como son, yo no sería como soy". Toma ya....
La violencia, en cualquier caso, no suele ser tan evidente. Duelen doler menos las patadas que la violencia que se ejerce sutilmente por activa y por pasiva. Esa violencia que nos violenta sin saber de donde nos vienen los golpes ni cuantos mas podremos aguantar.
Un abrazo.

Almudena y Raúl dijo...

Mi intención Jesús ha sido llevar la situación hasta un límite en el que se invirtieran los papeles. Leído desde el principio, creo que hay una idea que atraviesa tangencialmente el relato y no es otra que la de estigma (aunque no se nombre la palabra en ningún momento). No se si estaréis de acuerdo.

Un abrazo.