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lunes, 7 de octubre de 2013

Algunas ideas sobre creación y locura...



Resulta un tópico relacionar genialidad y locura, creación desbordada, pulsional, sin cauces que puedan contener la fuerza titánica de la pasión y de su culto obsesivo. Locura como temerario abordaje de lo oculto, de aquello que permanece en el interior, en ese terreno delimitado por lo inefable, supurando en forma de síntomas, partiendo el lenguaje en un ejercicio constante de subversión a la vida y a la muerte, a los sentimientos, a las conductas y las normas establecidas en su normalizada arbitrariedad. Locura como atlas de lo ignoto, únicamente porque parecería que no alcanza el lenguaje, porque los significantes se transforman y se elevan hacia universos improbables, abandonando la mundana literalidad y despojándose de sus mundanos ropajes en un afán de ser, de trascender, de revelarse absoluto, porque sólo lo absoluto puede asemejarse con ciertas formas de sufrir.

En este campo, el del sufrimiento, todos los seres humanos tenemos experiencia. El sufrimiento suele ser la asignatura principal en la universidad de la vida, aquello que nos hace aprender de la peor forma y madurar, en ocasiones, hasta pudrirnos. Frente a este hecho se han elaborado las metáforas más peregrinas, al rededor de las cuales se han establecido las disciplinas psicoterapéuticas.

Durante la segunda mitad del siglo XX, abandonadas las metáforas terapeúticas de corriente más psicoanáliticas como la que presentaba al ser humano (con el hombre como modelo) siendo éste producto de una dinámica de fuerzas, que luchaban por la expresión de los impulsos frente a la represión de los mismos, y, superado el mecanicismo cibernético que comparaba el cerebro humano con la CPU de un ordenador, una computadora reprogramable, nos encontramos con el apogeo de una corriente constructivista, donde la realidad es modificada constantemente por el observador y su forma de mirar. Una mirada sobre el sufrimiento que pone el foco en el individuo y en la construcción de su soledad, en las diversas formas de sobrellevar la soledad y el duelo ante las perdidas que conlleva estar vivo y proyectarnos en nuestros deseos.

Obviando el hecho indiscutible de que la injusticia y la desigualdad social-por desgracia cada vez más generalizadas- influyen y en demasiadas ocasiones determinan el desarrollo de los seres humanos, lastrando sus posibilidades de cambio y de evolución según unos cánones de bienestar económico, sanitario y educativo, es en este territorio donde los hombres y las mujeres construyen su soledad donde el lenguaje y su uso literario ejercen de puentes que exorcizan el aislamiento y fijan aquello que nos atora y sacude fuera del campo de lo inefable.

Es por esto que se empezaron a establecer talleres de creación literaria terapéutica, donde se invitaba a los usuarios de los mismos a estructurar narrativas al rededor de su sufrimiento y las causas del mismo. Talleres surcados por una ideología de la enfermedad, que miraban el sufrimiento mental como aquello que había que curar, y que como por arte de magia el acto literario fuera a ayudar a extirpar la úlcera que provocaba la disfunción y el trastorno. Quizás como en la relación que tuvieron el editor Jacques Riviere y el poeta Antolin Artaud, no se trata de curar a la persona, sino de des-enfermarla, de interpelarla, de ubicarla en el lugar de lo normal, de abrazarla, de historizarla, de acompañarla, de cuestionarla, de sufrirla, de generar conjuntamente un espacio que posibilite el pensarse más allá de una identidad exclusivamente enferma. No se trata de curar porque hay formas de ser y estar en el mundo que por mucho que se consideren una enfermedad, no lo son, y si lo son deben ser incurables, como lo son los espíritus irreductibles. Se trata por tanto de salvar a esa persona, de darle nombre y obra, cauce donde contener las mareas de su creatividad. Una identidad que evite la auto-exculpación que conllevan las categorías patológicas, que posibilite un ser, más allá del requiebro y la pirueta, más allá de la fractura, donde reconocerse y ser reconocido en tanto otro, abandonando la perversa deriva del anonimato interior.

jueves, 3 de octubre de 2013

JORNADAS SOBRE DIVERSIDAD FUNCIONAL





1) ¿Qué crees que pueden aportar las personas con diversidad funcional a esta sociedad?

Replantearía la pregunta hacia quá pueden aportar las personas a esta sociedad. Qué debe aportar un ciudadano para mejorar esta sociedad. Porque obviamente todos, absolutamente todos los habitantes de este planeta, somos personas con diversidad funcional, desde el momento en que tenemos ciertas dificultades para manejarnos en sociedad. Desgraciadamente se suele asociar esta terminología a aquellos cuya discapacidad es más visible, más evidente: los tarados, los tullidos, los locos, los monstruos sobre los que recaen los estigmas y los prejuicios con toda su carga desacreditadora simplemente por ser como somos: diferentes, -y por tanto- como todos los demás.

Por tanto repito: qué debería aportar un ciudadano para ganarse el respeto de sus vecinos? Porque hablar de deberes me parece más necesario que nunca, en un momento en el que nuestros derechos están siendo pisoteados constantemente por la clase política, generando peligrosas regresiones en las lógicas que rigen las políticas que deben asegurar el bienestar de la población en general y de las personas con más dificultades en particular.



Recuerdo que un compañero de la comisión de diversidad funcional durante el 15M me contó que el estaba allí para reivindicar sus deberes, porque sino resultaba perverso reclamar sus derechos. Y allí nos quedamos los dos, junto a muchos más compañeros y compañeras, reflexionando colectivamente sobre las necesidades sociales para hacer de este un mundo mejor, mas justo, más igualitario, más respetuoso con la diferencia, mas sensible, más horizontal, más democrático y más humano, en definitiva. Porque como decía la buena de Mafalda: debemos apresurarnos a cambiar el mundo, antes de que el mundo nos cambie a nosotros. Para eso ya se sabe: la revolución empieza en uno mismo, en su casa, en su calle, en su barrio y en su ciudad.

2) Qué barreras o dificultades encuentras en el entorno y en la sociedad en general?

En el caso de mi colectivo, que es el del ámbito en salud mental, nos encontramos un gran rechazo por parte de la sociedad. Se han reproducido una seria de estereotipos (violencia, vagancia, etc) que dificultan constantemente nuestros intentos por reclamar nuestros derechos como ciudadanos, incluso dentro de los servicios de Salud. El psiquiatra Manuel Desviat nos recuerda lo difícil que les resulta articular una ética a profesionales como él con estas palabras: <<Si es aún difícil la introducción de normas y protocolos que garanticen la eticidad de la practica médica en general, es fácil adivinar las resistencias, las trabas, las confusiones en la atención psiquiátrica, donde los pacientes más graves –los psicóticos- han sido considerados, cuando menos, unos menores más ó menos perversos precisados de tutela de por vida, y los menos graves –los neuróticos-, unos inmaduros inestables y de poco fiar>>.

Demasiado a menudo eres silenciado, deshistorizado, castrado física, psíquica y simbólicamente por aquellos que te han de ayudar. Pierdes tu trabajo por el simple hecho de estar en tratamiento psiquiátrico o psicológico. Pierdes amigos, vínculos y relaciones, e incluso algunas familias generan también estigma al convertir en un tema tabú tu sufrimiento, incluso cuando decides "salir del armario".

La gente tiene miedo a lo desconocido, porque lo incomprensible esta codificado para ser alarmante, y en lugar de acercarse lo que hace es rechazar a la persona, segregarla, desterrarla de los territorios comunes de la comunidad, olvidándose que, antes de cualquier etiqueta, es una persona. Parece obvio esto pero para mucha gente no lo es y desde Radio Nikosia llevamos ya una década luchando constantemente para defender nuestra singularidad como seres humanos.




3) Propuestas de mejora y alternativas.

Aunque se está avanzando un poco todavía hay mucho por hacer.... Desde la reforma psiquiátrica iniciada por Basaglia en los años 70 y el cierre de las antiguas instituciones totales los locos nos enfrentamos a un nuevo reto: nuestro reconocimiento como ciudadanos y nuestra integración en la comunidad. Más allá de la torpeza con la que se fueran realizando las distintas reformas psiquiátricas en Europa o la mayor sofisticación de los tratamientos neurolépticos, a los locos se nos inserta dentro de un sistema pseudocomunitario formado por plantas de agudos en hospitales generales, centros de día, residencias, pisos tutelados, etc. Estos dispositivos no solucionan el problema del tránsito constante, ni nuestra necesidad de evasión, sino que en muchos casos lo acrecenta. Las camisas de fuerza físicas han sido sustituidas por camisas de fuerza químicas, que levantan muros mentales, invisibles, que dificultan la comunicación entre otros motivos a causa del aplanamiento emocional que generan. Los locos nos encontramos nuevamente vagando por las calles o encerrados en nuestra habitación, en fuga constante de un mundo que nos agrede y que nos empuja a la evasión. Los síntomas positivos como las alucinaciones o los delirios pueden haber disminuido, pero la agresión de una comunidad que nos rechaza, que desconfía de nosotros y de nuestro deambular, que nos considera peligrosos o vagos, que nos mira a través de nuestra discapacidad, que nos infantiliza en el mejor de los casos y nos ningunea en el peor, hace del proyecto de integración comunitaria un fracaso casi absoluto.

Habría que modificar las lógicas heredadas de tiempos pretéritos y que todavía hoy rigen la mayoría de instituciones y condicionan la mirada social con la que se mira a las personas diagnosticadas, como, por ejemplo, la entronización en un doble rol en tanto pacientes y enfermos crónicos de la que es difícil salir y por tanto mirarse y ser mirado más allá de la identidad enferma. Reclamar el sentido propio de nuestra responsabilidad individual como ciudadanos y dueños de nuestras emociones, desincrustándonos de esa mirada paternalista que nos fosiliza. Tomar conciencia, en definitiva, de nuestra plena singularidad como seres humanos, de nuestras capacidades y nuestras limitaciones, así como las de nuestro entorno, para poder reclamar el respeto deseado y el cumplimiento de nuestros derechos. Sólo desde la promoción de la autogestión de nuestra vida, también de las angustias, es posible hablar de autocuidado, de autonomía, de empoderamiento y de cambio real de paradigma.



viernes, 20 de septiembre de 2013

Pachamama. By Joan García.

Vivimos tiempos extraños. Tiempos paradójicos donde se solapan las verdades y las mentiras. Tiempos de Crisis, donde la económica sólo es la punta del iceberg. Lo llaman también la Era de la información, que por exceso puede ser la de la desinformación. Es por lo que se hace más necesario que nunca dedicar un tiempo a la reflexión, para separar verdades y mentiras, para hacer la digestión y una vez evacuada la mierda sobrante, abrir los ojos y ver con claridad lo que acontece. Lo que acontece con nuestras vidas. Pero ¿son nuestras?.

Lo serian si fuéramos seres libres, pero no podemos porque no tenemos Poder. El Poder es simplemente eso el que puede, es dueño de su vida pues nadie puede sobre él. Quien no tiene libertad para Poder es esclavo y su amo será el que determine su vida toda: sus ideas, opiniones y actuaciones.

Según el Poder, vivimos en el menos malo de los sistemas, pero que desnudo de toda palabrería vemos que su único objetivo es mantener los privilegios de las clases dominantes a costa de la explotación de todo lo que las rodea, personas, animales, recursos naturales, etc. Esto es: el Capitalismo. Sometidos y educados culturalmente en la tradición judeo-cristiana por el poder religioso durante milenios, se ha propagado una concepción del mundo de manera silenciosa que es absorbida incoscientemente por el pueblo y que permite la implantación de un sistema económico basado en la explotación y de un sistema político basado en la concentración de poder, sin mayor resistencia por parte de las clases explotadas y dominadas.

Políticamente, el capitalismo es un sistema patriarcal, representado por el Estado. Que asume las funciones que, según él mismo, las personas no son capaces de realizar por sí mismas, obviando que el Estado está dirigido por personas con las mismas limitaciones. Anula la libertad de las personas, para librarlas del poder de ejercerla. Otorga derechos y libertades varias, pero regulados por infinidad de leyes, previo pago de impuestos. Y para cualquier acción se le debe pedir y pagar permisos, licencias, etc. que el Estado tiene el poder de conceder...o no. Además de someternos tiene el poder de imponernos impuestos. Instaura un sistema representativo para alejar a las personas de nuestro rol como animales sociales, que es la práctica de la política en su concepto más puro. Y su aparato ideológico ha conseguido que renunciemos a nuestras responsabilidades en la construcción del mundo que queremos y que dejemos de pensar por nosotros mismos.

Económicamente clasifica cada elemento del planeta en función de su valor de cambio, de lo que el mercado dice que vale, independientemente de su utilidad para la mejora de las condiciones de vida. Este tipo de relación con los productos y las mercancías aparta del campo visual el proceso productivo, repleto, en la mayoría de los casos, de crímenes contra la naturaleza, los pueblos soberanos y los trabajadores.

Culturalmente nos han hecho creer que estamos en el zenit de la evolución, que todo es progreso. Venimos de una tradición judeo-cristiana, que se considera superior, por ello asume sus valores y creencias como universales a imponer a toda la humanidad. Para tal fin no ha dudado en aniquilar todo conocimiento antiguo, todo saber tradicional, toda verdad incómoda, manipular la historia con dogmas y creencias...resultando hoy un antropocentrismo prepotente que cree ser el resultado cumbre de una evolución lineal, de unos ancestros cavernícolas salvajes e idiotas. Cuando cada vez hay mas evidencias arqueológicas de que la verdad es otra, y está más que demostrado que hubo civilizaciones antiguas organizada socialmente y avanzadas tecnológicamente que cuestionan toda cronología oficial.

Hoy se cree dogmáticamente en la ciencia como un poder objetivo y neutral, que cuantifica con incontestables números todo. Sin pensar por un momento en los elementos cualitativos esenciales para vivir bien. Para el progreso de la civilización occidental, la Naturaleza sólo es materia muerta, muda, inane. Una creación de dios a nuestro servicio para ser conquistada y explotada, de la cual sólo extraer bienes materiales. Ajena a lo humano.

Así las cosas, las pequeñas brechas en este sistema son reparadas por unos mecanismos de control que forman parte del mismo aparato político-económico-ideológico. Abarcan desde organismos internacionales, pasando por los medios de comunicación y sistemas educativos, hasta las fuerzas armadas y del orden, que no dudan en utilizar cuando fallan los anteriores. La suma de todo esto permite imponer sus reglas de juego basadas en la hegemonía del mercado y la búsqueda de plusvalías al margen del interés social. El valor del capital es mayor que el valor del trabajo y la acumulación es estrictamente necesaria para el mantenimiento del sistema. Sobre esta base es imposible la construcción de una sociedad libre, equitativa y sostenible.

Por eso cualquier iniciativa que busque un cambio hacia una sociedad mejor, a través de una propuesta estructurada, viable y sustentable, debe ser invariablemente anticapitalista o reproducirá los mismos esquemas.

No se trata de idealizar tiempos pasados, pero desde luego hay muchos puntos rescatables de la relación con la naturaleza que mantenían nuestros ancestros. Mirando a nuestro alrededor microscópicamente, hasta ese mundo cuántico de átomos donde hay más vacío que materia, donde el mundo de cosas claramente definidas y delimitadas se desdibuja ¿donde empieza una cosa y termina otra?. Parece ser que los límites de una persona no están en la piel. No hay yo ni tú, ni entre personas ni entre naturaleza y personas. Reflexionando, tomando conciencia sobre la totalidad del mundo se nos hará obvio el debido respeto a la naturaleza y al uso de sus recursos.

Este cambio, evolución, o revolución tendrá que echar la vista atrás y recuperar la cosmovisión del mundo basada en la naturaleza. Explicar la naturaleza a través de la propia naturaleza, aplicando la ciencia para el conocimiento. Construir nuestro planteamiento social, económico y cultural sobre la libertad del ser humano y el principio de igualdad, y sin olvidar que todos somos parte de un todo, de la madre tierra, de la pachamama, de la ñuke mapu, de gaia, de atabey, de mahimata, de gea, de amalur, de anann,..., de nosotros mismos.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Poema de amor.



Cuando la conocí
la noche parecía un carrusel
de miradas furtivas,
un escaparate de interrogantes
a resolver al amanecer...
Con ese tira y afloja, ese toma y daca,
de palabras que invitan a explorar,
el deseo venció al miedo
azuzando las bocas y los versos
a buscarse a tientas
entre remolinos de sabanas y besos
que morderían las horas
sedientas de anatomía.

Era mía entonces y no era mía,
como el sol de mediodía
es de todos y de nadie a su vez.
Y así, fascinado, mientras descubría
su mirada atlántica y
su sonrisa sincera, y su alma acuática,
y sus manos obreras, o como
tras su nombre estelar y su presencia tranquila
se escondía el trasfondo de una niña
con ganas de jugar,
me desprendía sin querer evitarlo
de los trajes y los retratos,
de las esquinas, de los estantes vacíos,
de los rostros grises
de un gris pasado...

Porque mientras la sentía
tan cercana y real
su cuerpo y su alma se revelaban ante mi
como la respuesta silenciosa a ese grito
que exclamé desde mi soledad.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Con el tiempo...

 
“Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia
entre sostener una mano
y encadenar un alma;
Y uno aprende que el amor no significa acostarse,
y que una compañía no significa seguridad,
y uno empieza a aprender…
Que los besos no son contratos y los regalos no son promesas,
y uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza alta
y los ojos abiertos,
y uno aprende a construir todos sus caminos en el hoy,
porque el terreno de mañana es demasiado inseguro para planes…
y los futuros tienen su forma de caerse por la mitad.

Y uno aprende que si es demasiado
hasta el calor del sol puede quemar.

Así que uno planta su propio jardín y decora su propia alma,
en lugar de que alguien le traiga flores.

Y uno aprende que realmente puede aguantar,
que uno es realmente fuerte,
que uno realmente vale,
y uno aprende y aprende… y así cada día.

Con el tiempo aprendes que estar con alguien
porque te ofrece un buen futuro,
significa que tarde o temprano querrás volver a tu pasado.

Con el tiempo comprendes que sólo quién es capaz
de amarte con tus defectos y sin pretender cambiarte
puede brindarte toda la felicidad.

Con el tiempo aprendes que si estás con una persona
sólo por acompañar tu soledad,
irremediablemente acabarás no deseando volver a verla.

Con el tiempo aprendes que los verdaderos amigos son contados
y quién no lucha por ellos, tarde o temprano,
se verá rodeado sólo de falsas amistades.

Con el tiempo aprendes que las palabras dichas en momentos de ira
siguen hiriendo durante toda la vida.

Con el tiempo aprendes que disculpar cualquiera lo hace,
pero perdonar es atributo sólo de almas grandes.

Con el tiempo comprendes que si has herido a un amigo duramente
es muy probable que la amistad nunca sea igual.

Con el tiempo te das cuenta que aún siendo feliz con tus amigos,
lloras por aquellos que dejaste ir.

Con el tiempo te das cuenta de que cada experiencia vivida,
con cada persona, es irrepetible.

Con el tiempo te das cuenta que el que humilla
o desprecia a un ser humano, tarde o temprano
sufrirá multiplicadas las mismas humillaciones o desprecios.

Con el tiempo aprendes a construir todos tus caminos en el hoy,
porque el sendero del mañana no existe.

Con el tiempo comprendes que apresurar las cosas y forzarlas a que pasen
ocasiona que al final no sean como esperabas.

Con el tiempo te das cuenta de que en realidad lo mejor no era el futuro,
sino el momento que estabas viviendo justo en ese instante.

Con el tiempo verás que aunque seas feliz con los que están a tu lado,
añorarás a los que se marcharon.

Con el tiempo aprenderás a perdonar o pedir perdón,
decir que amas, decir que extrañas, decir que necesitas,
decir que quieres ser amigo, pues ante
una tumba, ya no tiene sentido.

Pero desafortunadamente, sólo con el tiempo…”
 
Jorge Luis Borges? 

martes, 6 de agosto de 2013

Marilyn Monroe.


 In memoriam...



Por mi parte prefiero pasar la eternidad con Marilyn Monroe que con San Ignacio de Loyola. Con esta grouchesca sentencia mi padre había zanjado una acalorada discusión de sobremesa con su hermano. El tema era de rabiosa actualidad. La visita del Papa a España con motivo de las jornadas mundiales de la juventud. Durante el debate ambos hermanos no se habían ahorrado ninguno de los argumentos que se llevan discutiendo en los medios de comunicación desde que trascendieron las cifras de la visita papal. La misa más cara de la historia de España decían algunos, un absoluto despropósito dada la precaria situación de tantísimas familias que no llegaban a fin de mes, y un absoluto ejercicio de cruel y despiadada hipocresía si se compara con la catastrófica situación de hambruna que están viviendo tantas personas en el cuerno de África. Los argumentos de mi tío, al cual a pesar de su ideología aprecio más que a otras personas de mi familia, se reducían a intentar demostrar la vigencia y necesidad de la fe en una sociedad como la actual tan carente de valores. Entre copas de Soberano y puros la conversación pasó de una gradual y educada propuesta y confrontación de argumentos a un ataque personal y despiadado por ambas partes. Una lucha entre titanes de estar por casa. Por un lado un pequeño y desgarbado diablo como mi padre y por el otro un angelote orondo como mi tío. Cuando éste último profetizó el sufrimiento que indudablemente sufriría su hermano en el infierno, mi padre dio la estocada final. Quién en su sano juicio no preferiría pasar la eternidad con mujeres como la gran Marilyn en vez de pasarla entre santos y querubines. Mi tío se levantó airado de la mesa y se acabó el puro en el balcón mientras mi padre se servía otra copa de brandy sonriendo traviesamente por su victoria.

Las discusiones entre hermanos eran casi un ritual, como si perpetuaran de esta forma las peleas que tuvieran de niños, preocupados aún por competir para ver quien era más fuerte. En un cuerpo a cuerpo con ambos sobrios mi padre solía callar y asentir ante las diatribas de mi tío, pero cuando ambos se tomaban un par de copas mi padre jugaba en casa; no sólo porque literalmente aprovechara las comidas familiares que organizaba en nuestra casa, sino porque siendo como era hombre de bar, estaba más que acostumbrado a lidiar con borrachos y su higado parecía filtrar todo el alcohol que le echara.

Yo estaba convencido que mi tío era de esas personas buenas que eligen el camino que les parece menos malo. De alguna forma, el trabajo que realizaba en los arrabales era más parecido al de un maestro que al de un sacerdote. Entre basuras, jeringuillas, chabolas, precariedad y delincuencia ayudaba como podía a aquellos que se acercaban a él. En su parroquia, había instalado una pequeña biblioteca, tenía banco de alimentos, hacia de psicólogo escuchando con paciencia y aconsejando sin malicia durante el sacramento de la confesión. Nunca había visitado el Vaticano o al menos nunca había hablado de ello conmigo y eso que curioso como soy le había preguntado en alguna ocasión. Para él era la forma que había encontrado de hacer algo por los demás, ya que en esa forma de hacer encontraba -según sus propias palabras- sentido para seguir viviendo. Es por esto que siempre he pensado que algo terrible le debió pasar durante su juventud para hallarse tan solo y desesperado, tan sin rumbo como para aferrarse a algo tan represivo y tan injusto como los votos sacerdotales.

En cambio mi padre leyendo muchos menos libros había conseguido tirar p'alante nuestra familia. Su dios era mujer, mi madre más concretamente, a la cual nunca le vi levantar la voz. La respetaba y la adoraba como a un pequeño ídolo cuyo altar era el mundo entero, o al menos el micromundo donde todos construimos nuestras vidas, creando vínculos con calles y personas, con espacios y sus muebles. Se ayudaban y se sostenían con dulzura y cariño desde hacía más de veinte años. También eran queridos por mucha gente en el barrio. Eran como se dice aquí buena gente.

Pasados unos minutos, como mi tío no entraba a pesar del frío, salí para hablar con él. Estaba apoyado en la baranda, con el gesto medio desencajado y el puro en la mano temblorosa. No debió oír como salía porque dio un salto cuando le puse la mano en el hombro. Al ver que era yo se le relajó el rostro y la mirada. Le sonreí. Me sonrió. Me apoyé a su lado en la barandilla y esperé que dijera algo. Él callaba. Finalmente rompí aquel silencio con aroma a Soberano y Faria.

-Tío, no es para tanto. Hay que tener mucho coraje para vivir la vida que tu has escogido.

-No hay que tener coraje, ¡hay que ser un cobarde! -Me dijo para mi sorpresa.- Hoy en día lo que yo hago lo podría hacer desde otro lugar, con otra profesión, con otros valores. Tu padre tiene razón, la Iglesia agoniza de tanto exceso y fastuosidad. Casi nadie cree en nuestra palabra, porque parece haberse olvidado el voto de pobreza, que la verdadera riqueza de un hombre está en su espíritu, y que sin caridad y fraternidad no hay esperanza para nosotros, ni fe que valga la pena.

Mi tío con sus palabras me había dejado helado. Nunca le había escuchado hablar así. Al parecer la derrota infligida era mayor de lo que suponía. Ambos quedamos en silencio durante un minuto en el que algo se desmoronaba en mi interior. Quizás la imagen que siempre había tenido de mi tío como persona íntegra y buena, se estaba desquebrajando en un arrebato de sincera tribulación. Esperé unos segundos antes de volver a hacer una pregunta, sopesando con calma la necesidad de ésta, paladeando su agrío sabor, su regusto a un pasado secreto que yo ignoraba y que quizás no descubriría nunca.

-¿Por qué dices que hay que ser cobarde? ¿Acaso huyes de algo? -Le pregunté finalmente.

-Todos huimos. La vida es una huida constante y sin retorno. Un camino que se emprende por obligación y en el que tenemos que andar con mucho cuidado para no caer ante los golpes de la vida. Pero todos caemos. Inevitablemente, de una forma u otra caemos, porque la vida pega duro. Y levantarse es una obligación. Todos tomamos en algún momento decisiones desesperadas, nos escondemos en la oscuridad a la espera de esa luz que nos ilumine y nos guíe, nos acoja en su seno y de algún sentido al sinsentido que resulta vivir.

-¿Estás hablando de Dios?

-Estoy hablando de la necesidad humana de pertenecer a un grupo, del sentimiento de arraigo que sostiene nuestras pobres vidas, de identificarse con una idea y un rol que nos aporte estabilidad. Todas las ideas que pasan por nuestra cabeza tienden a moldear nuestra identidad, nuestra máscara, esa que todos llevamos -incluso tú- y con la que nos manejamos en sociedad. De como se equilibren las aristas de nuestra máscara dependerá el como nos movamos. Siguiendo por igual nuestro instinto, nuestra inteligencia y nuestra corazón. Siendo como somos, sin pensar en como somos, siendo y ya está, sin necesidad de otra cosa que vivir el instante, sus alegrías y sus penas. Si eso es Dios, o si Dios nos hizo así lo ignoro. Es más, ignoro si hay un Dios. Yo no trabajo con valores distintos de lo que lo haría un rabino, un imán, un monje budista o un educador social ateo. Cambia la forma, el color de la máscara, cambian incluso las palabras, pero todos hablamos de lo mismo. Hablamos de hacer el bien. Que digo hablamos. Hacemos el bien, porque las palabras sólo son piedras que consiguen hacer aterrizar a las ideas que flotan en nuestra mente, las hacen casi tangibles, pero nunca será lo mismo hablar de amor, que actuar con amor... Nunca será lo mismo que hacer el amor. ¿Me explico chiquillo? ¿O estoy demasiado borracho?

-Te has explicado muy bien, tío. Muy bien. ¿Vamos a dentro?

Él asintió. Nos abrazamos antes de entrar. Se le veía mucho más tranquilo, sonrió y agitó su mano derecha sobre mi cabeza, como si le quitara el polvo. Una vez dentro mi padre hizo como si nada hubiera pasado. Le preguntó si quería otra copa y mi tío asintió. Se sentaron en el sofá, delante del televisor, quedaba poco para que empezara el partido del sábado en la televisión, nada y nada menos que un Barça-Madrid. Eran dos personas tan diferentes y a la vez con tanto en común. Recuerdos, experiencias, sentimientos, ideas... Mi madre que mientras la discusión había preferido mantenerse al margen y recoger la cocina para no escucharles, volvió a la sala de estar y sonrió al verlos allí. Fue entonces cuando distinguí algo extraño en la mirada de mi tío, algo extraño e indefinible en la forma en que mi tío miraba a mi madre, como si le estuviera hablando desde su silencio. Mi madre les preguntó si ya se les había pasado. Mi padre contestó que esto sólo acaba de comenzar. Se refería al partido y al hecho de que mi padre fuera del Barça y mi tío del Real Madrid.