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jueves, 12 de enero de 2012

DEDICADO A...

Cuando conocí a Pedro, llevaba cuatro años en una residencia. Después de que su esposa enfermara de Alzheimer, la misma que lo había acompañado durante casi 50 años, su vida se pudo convertir en un lapso de espera, pero no fue así. La desesperación, la tristeza, emociones que se arraigan con fuerza en estados de soledad o incomprensión, fueron como dos molestas compañeras de viaje, a las que Pedro acabó por ignorar. Sus hijas y sus nietos habían intentado ocuparse de él, pero la adopción resultó un fracaso. La realidad era que Pedro, al que las piernas no le funcionaban y debía moverse por  obligación en una silla de ruedas, se sentía como un extraño en casa de sus hijas, a las que temía molestar o entorpecer a causa de su movilidad reducida. Prudente como era prefería que llegaran sus últimos días como siempre había vivido sin hacer más ruido que el de sus efervescentes reacciones de mal genio. Por suerte, se consolaba Pedro, aún estaba bien de la cabeza, ya llegaría el día en que no supiera reconocerse en el espejo.



Cuando conocí a Pedro: supe que la vida le había hecho sabio. Había sobrevivido a una guerra y a una post-guerra, había crecido y había aprendido todo lo que debe aprender un niño para llegar a hombre; amando, sintiendo, reflexionando, luchando, había sabido reinventarse a sí mismo. De los pocos libros que leyó en su vida aprendió que la vida era un camino en el que uno se debía adaptar a cada nuevo terreno, a cada nuevo paisaje; de su gente que la gracia de la vida estaba en el misterio de ignorar lo que se esconde tras el siguiente repecho. Esta idea le había mantenido siempre alerta a los pequeños milagros de la vida, aunque ninguno fue comparable al que sintió al conocer a su mujer y con el nacimiento de sus hijas. Así, viviendo intensamente con los suyos, llegó la vejez y sus peores temores se materializaron al observar la degradación de la memoria de su esposa...

...Al fin y al cabo estamos vivos y eso, aunque no lo recordemos, es un maravilloso regalo que hay que proteger con alegría. Esa debería ser la lucha: la defensa de la alegría, me dijo Pedro una vez. Porque la vida continua, mientras dura, y aunque parezca cursi, hay una mirada de complicidad al otro lado de la mesa, dando sentido al sinsentido, mirándonos con ternura, coronando de esperanza una sonrisa que invita a bailar y aquella canción que tanto nos gusta, que nos acompaña, que nos recuerda que no estamos solos, suena en el altavoz y nos acurruca, enroscados entre los brazos de quien nos ama porque esos brazos son como la brisa que aleja la borrasca. Así, lentamente, agarramos su mano, con cicatrices que también son las nuestras, y el mundo parece olvidar su negrura, su oscuridad, vistiéndose de color y con él la alegría recupera su puesto imprescindible en el escaparate de nuestro corazón. Quizás brindemos, no importa con qué, y bebamos la belleza, con la sed de quien sabe que lo mejor está por ocurrir, que sólo tenemos que esperar que ocurra, que el tiempo coloca a cada uno en su lugar. Y pasan las nubes y brilla el sol o la luna o el halógeno del comedor y vivir resulta sencillo, como un juego que se lleva practicando desde hace mucho y que te ha enseñado importantes lecciones: es entonces cuando comprendemos que el amor, como la vida, tiene sus reglas y que la más importante es -tal y como decía el poeta- defender la alegría como un baluarte, como un derecho, como una trinchera.

Cuando conocí a Pedro: supe en su mirada que podía enseñarme muchas cosas, que, con un poco de suerte, al cabo de unos años, yo podía estar como él: con una regalecia a modo de cigarro en los labios, jugando a las cartas con sus amigos, sonriendo, como el que sabe que lleva las de ganar. Y así fue, cuando asistí al entierro de Pedro, la gente de Rubí hacía cola para entrar en la iglesia, fue entonces cuando entendí que Pedro, con su muerte, le había ganado la última partida a la vida.

5 comentarios:

neuriwoman dijo...

Es una suerte conocer personas como Pedro, con esa sabiduria natural de los años de vida, con esa capacidad para distinguir la felicidad vital del simple y efimero placer que nos inunda en estos tiempos.

Ser felices con lo que nos da y también con lo que nos quita la vida es lo más grande que hay.

Y ese saber estar en uno mismo es lo que produce la admiración de los que te rodean aún en el más alla. Porque te guardan en el recuerdo y de alguna forma te inmortalizan.

Un bellisimo homenaje el que habeis dedicado a una bellisima persona, no cabe la menor duda.

Tenemos tantos libros y tanta información pululando a nuestro alrededor, y prestamos tan poca atención a personas como él.

Personas sabias que te inundan con lecciones de vida, esas lecciones que tanto echo de menos.

Siempre pense que los niños deberian nacer con un libro de instrucciones para alcanzar la felicidad.
Antes nos desgranaban las claves nuestros propios abuelos, los propios o los del vecindario, ahora tan rodeados de gente y tan solos.

Descanse en paz y todo un placer haberle conocido en vuestras letras.

Raúl Velasco Sánchez dijo...

Neuriwoman muchas gracias por tus palabras. Este es un humilde homenaje que le hago en vida a mi abuelo (el cual desde el lunes esta ingresado y terminal). Hoy como cada mañana hablé con mi madre para saber sobre su evolución y según los médicos le quedan hora de vida. Estoy triste, muy triste, aunque a la vez orgulloso de haber sido ese nieto con quien tantos momentos y tantas conversaciones pudo compartir en sus ultimos años. Es muy mayor y esta gravemente enfermo, pero desde aqui solo me queda decirle gracias Iaio, eras un gran tipo.

neuriwoman dijo...

Estoy segura de que el también se ha sentido siempre muy orgulloso de ese nieto tan majo que tiene y que ha sabido escucharle y transmitirnos su amor y filosofía de vida.

En estos momentos tan difíciles os mando un fuerte abrazo.

Raúl Velasco Sánchez dijo...

Gracias Neuriwoman, mi abuelo ha fallecido hoy hacia las siete y pico de la tarde. He necesitado varias cervezas para soportar lo inevitable, y lo aún más necesario como era poder acabar con su angustia. Estoy en paz, medio bebido, pero en paz. Fue un gran hombre, un gran padre y un gran abuelo. Creo que he estado a su altura como nieto.

Un abrazo a todos. Y una última reflexión: dice Woody Allen en Todos dicen I love you que "la muerte nos convirtió a todos en filósofos", a los que sabemos algo de filosofía -aunque sea poco- creo que nos convierte en lo que sabemos que somos: personas frágiles, quebradizas, que luchan y arriesgan y sobreviven mientras pueden porque es lo unico que sabemos hacer. Vamos John Lennon lo dijo mucho mejor: la vida es aquello que pasa mientras hacemos planes.

Abrazos!!

neuriwoman dijo...

Mucho animo en estos momentos y mi más sentido pésame para ti y toda la familia.