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jueves, 3 de mayo de 2012

Diario de... Rosario y Antonio.


Rosario tiene 46 años. Yo conozco su existencia por el programa de Radio Nacional: Carne Cruda. Es madre y abuela y hasta hace unas semanas era la esposa de Antonio. No hace ni un mes que Antonio se quitó la vida cansado de luchar contra la precariedad, vencido por la enorme frustración que le suponía no tener trabajo (por ser demasiado viejo para trabajar, le decían, con apenas 47 años recién cumplidos). Este relato pretende ser un pequeño boceto de su historia, la viñeta ficticia de una familia rota por la precariedad y la marginación, por la falta de expectativas, el drama en carne viva del paro y la crisis con el peor de los finales posibles, una reflexión sobre la desesperanza y sus consecuencias, un ensayo mínimo sobre el infinito dolor que nos causa ser apartados del mundo cuando la sociedad deja de contar con nosotros y nos impide de alguna forma ser nosotros mismos, realizarnos, y también sobre el imprescindible espíritu de lucha colectiva que parece haberse perdido entre marasmos de pánico al decir y al hacer. Por último pretendo que sirva como homenaje a una familia desgajada y deshecha por una situación de la que únicamente han sido víctimas y a su vez que nos sirva a todos de acicate, de exhortación activa a la reivindicación de nuestros derechos y el compromiso firme con nuestras obligaciones.

Antonio llevaba más de cuatro de años sin encontrar trabajo. Cuando le despidieron en el 2008 de la fábrica donde había trabajado durante casi 20 años se despidió de sus compañeros con deseos de mutuo bienestar y promesas de encuentros en el futuro. Ignoraba que aquel despido supondría una impuesta jubilación de la vida. Imaginaba, eso sí, que no le sería fácil encontrar de nuevo un puesto de trabajo, más que nada porque a las personas de su edad, a pesar de haber demostrado sobradamente su valía con experiencia y madurez, y conservar de forma viva el instinto que alimenta la curiosidad y las ganas de aprender, los empresarios suelen ignorarlos a bien de ahorrar contratando aprendices y ninguneando a los maestros.

Los meses siguientes pasaron más rápido de lo que esperado. Como si fueran impulsados por una veloz y a la vez pesada máquina del tiempo, Antonio dejaba atrás las colas del Inem, los cursos de formación, los subsidios del paro, etc. En muy poco tiempo la familia se encontró sin apenas ingresos y una vida hipotecada por ciertas políticas ajenas y enajenantes dirigidas a priori a tantos ciudadanos como ellos, pero que sólo agravaban el desolador y descarnado panorama de tantas familias inocentes.

Según datos de la plataforma ATTAC con el dinero que se ha prestado a la banca en toda Europa desde el año 2008 hasta nuestros días, se podría haber extirpado el hambre en el mundo durante los próximos 600 años. La cruel realidad de este dato revela la permisividad de un genocidio a escala mundial, un genocidio del que Antonio es una víctima más, un número en una estadística, una cifra que forcluye como todas las cifras la existencia de una biografía y todas las vivencias, las situaciones, anécdotas, alegrías y tristezas que ésta conlleva. Mientras tanto la mayoría de españoles parecen más preocupados por la despedida de Pep Guardiola o las salidas de tono de Mourinho que de ponerse en el lugar del otro, como si por el simple hecho de desconocer a tantos Antonios que hay en el mundo pudieran impermeabilizarse contra el sufrimiento ajeno.



Ignoro si fue Rosario o alguna de sus hijas quien encontró el cádaver inerte de su marido. Quiero imaginarme su rostro frío como el de alguien que ha logrado por fin estar en paz. Alguien que no sufrirá ante la injusticia, alguien que no sentirá hambre, ni dolor, ni angustia ante el enorme absurdo de un mundo dirigido por una pandilla se psicópatas soberbios y egoístas. Quiero imaginarme a Antonio como la víctima visible de un atentado contra aquello que nos ha hecho evolucionar a lo largo de los siglos: la comunicación, la empatía, la solidaridad, etcétera.

Hace pocos días Rosario relataba en un programa de radio en directo sus emociones ante lo sucedido. Sus últimas palabras iban dirigidas a todas aquellas familias que estuvieran en una situación parecida a la suya:

<<Yo sé que no me pueden ayudar, ni me pueden hacer nada. Llamo simplemente para que la gente sepa que como yo hay mucha gente, que me gustaría que alguien hiciera algo para evitar todas estas cosas. Porque yo me he quedado sin mi marido y mis hijas sin su padre. Yo no puedo superar esto, a mi me cuesta mucho seguir delante. Me cuesta mucho seguir delante... Yo no pido ayuda económica, no me hace falta ya... Lo que yo tenía ya no lo tengo que era mi marido. Sólo quiero que aquellas familias que estén en la misma situación que mi marido y yo... que sigan luchando, que sigan teniendo fuerzas... las que no tuvo mi marido, porque yo sé que hay mucha gente como yo.>>


Descansa en paz, Antonio.

1 comentario:

Jesús Castro Rodríguez dijo...

Ya sabes que me cuesta atribuir, por improductivo (llámalo deformación profesional) determinados hechos a el contexto.
Hecha esta aclaración, SI, cada uno de nosotros (incluido este señor) hemos generado y aceptado un estado de cosas lamentable. Estamos sentados en una gigantesca bolsa de mierda que está reventando.
Cuidado con los ventiladores....
Abrazos.