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martes, 29 de marzo de 2011

EL EQUILIBRISTA.





Quince metros, sólo quince metros le separaban de la gloria. Un breve trayecto, un tránsito que en otros tiempos hubiera sido la menor de sus preocupaciones, pero que en aquellos momentos se convertía en un reto difícil de superar. Él conocía de memoria, tenía totalmente interiorizada la dinámica del espectáculo que empezaba al subir aquella empinada escalera con la agilidad de un mono, saludar desde la plataforma y, después de respirar hondo, dar el primer paso de una serie que le llevarían por sobre las cabezas de los espectadores hasta la siguiente plataforma. Sólo había una regla: nunca, bajo ningún pretexto, debía mirar hacia abajo. Lo demás se reducía a recibir los aplausos y las ovaciones del respetable, a saludar con la alegría y el orgullo del deber cumplido, algo que había hecho cien o mil veces y que sin saber por que aquella noche le inquietaba sobre manera.

Aturdido y atenazado por la ansiedad esperaba su turno en el camerino atestado de payasos y amazonas intentando no pensar en lo que estaba en juego. Desgraciadamente, la sensación de que un nudo le oprimía el pecho le crispaba las manos sudorosas y le tensionaba las piernas, haciéndolas botar inconscientemente. Nadie le prestaba atención, todos parecían estar demasiado ocupados, cada uno preocupado de su actuación. Si al menos ella le dijera algo, si al menos ella lo mirara, quizás, tendría una ilusión para enfrentar toda aquella situación de pánico contenido. Una mirada o una palabra como válvula de escape, como salida de emergencia por la que expulsar tanto sentimiento desagradable, como solida estructura sostenedora de la red invisible con la que asegurar su vida para siempre.

Quedaban pocos minutos para su número, el número estrella de aquel pequeño circo que había apostado fuertemente por él. Señoras y señores, aún nos queda otra sorpresa, ¡aún más difícil todavía!, ¿están preparados? ¿Alguien de ustedes sería capaz de caminar sobre el abismo, con la muerte susurrando a sus espaldas? No, no podrían, ni yo tampoco he de confesarles. Sólo él puede retar a la gravedad, sólo él puede vencer al vértigo. Con todos ustedes el hombre sin miedo, el hombre de hielo, aquel que desafía a las alturas, aquel que cruzará de punta a punta de la carpa, sin más apoyo que su talento y valentía, por encima de un cable de sólo tres centímetros de grosor. ¿Quieren saber de quién estoy hablando? Estoy hablando del Eeeeequiiiii-libristaaaaaa. Cada noche la misma cantinela. Cada noche obligado a salir y repetir la osadía de enfrentarse a la gravedad, para conseguir retener el aliento de niños y mayores. Seguía sin saber porque, pero algo le decía que aquella era diferente. Quizás, pensó, el miedo le había asaltado como un atracador, había descongelado la sangre de sus venas, descubriéndole algo que siempre había sabido y que nunca le había detenido, que una noche como esta la muerte podía ganarle definitivamente la partida con un mal paso y que en ese preciso momento acabaría su historia para siempre. Ya nunca podría encontrar a aquella persona a la que amar, ya nunca podría tener a ese hijo que lograra el número de malabares imposible, consiguiendo que la bola se quede suspendida en el aire, desafiando toda ley y todo principio, que lograra que la magia fuera más real que la propia realidad.

Ella siempre le había parecido la más bella de toda la compañía. Admiraba su destreza para mantenerse de pie y a la pata coja sobre el caballo al trote. Tanto en la actuación de ella como en la suya el equilibrio era una parte esencial para no acabar en el suelo con el cuello partido; por su disciplina, por su esfuerzo, por ser hijos del circo, de alguna forma eran iguales. Cuando ella lo acompañó a aquel pequeño restaurante y cenaron a la luz de las velas, el tiempo se detuvo para él. Nunca la había visto tan radiante, tan hermosa, su pelo castaño coronado por aquella corona de violetas conseguía destacar una mirada brillante y tierna, tan cercana que podía distinguirse en su reflejo. La velada acabó en la caravana de ella, con sus manos separándose lentamente de las de él, como si se negaran a deshacerse del todo de aquel vínculo carnal que los había unido durante unas horas. Desde aquella única noche algo pareció enfriarse, ella lo rehuía, y él no encontraba la forma de estar a solas con ella. La soledad más desolada se instaló en su corazón y, junto a ella, el miedo, la pena, el dolor se clavaban en sus entrañas como puñales invisibles.

Había llegado el momento. La entrada de los clowns con el camión de bomberos era la señal de que era el próximo en actuar. El espectáculo llegaba a su final por todo lo alto. Él se levantó como se levantaría un espectro, atrapado por su particular maleficio, se acercó hasta la puerta y esperó que el maestro de ceremonias le diera paso con la emoción del respetable traducida en una gran ovación. Saludó al público, como cada noche, y subió con la agilidad de un mono hasta la plataforma. A partir de ese momento la suerte estaba echada. Un escalofrió le estremeció en el momento de dar el primer paso, el más importante, no obstante no quiso volver a la plataforma y después de un breve balanceo pudo dar el siguiente paso. Un profundo silencio se había instalado en la carpa; un silencio respetuoso y turbado, de misa o cementerio, y muchos, incluso, contenían la respiración por temor, a que ésta pudiera hacer resbalar del cable a aquel hombre que se jugaba la vida, para hacerles vivir algo diferente a las rutinas de sus vidas. Ese hombre que seguía avanzando de forma mecánica, sin pensar en nada, que estaba a punto de llegar a la mitad del recorrido, precisamente la parte más peligrosa de ese breve viaje. Apenas siete metros le separaban de la plataforma, siete metros y habría conseguido una vez más el reconocimiento de todos los espectadores, siete metros que, se sorprendió pensando, no cambiarían nada, que su vida seguiría siendo la de siempre, una apuesta constante contra el abismo y la nada. Aquel pensamiento le hizo perder durante unos instantes el equilibrio, estremeciendo a propios y extraños. Él no lo sabía, pero todos en el circo: actores, amazonas, payasos, domadores, malabaristas, estaban atentos al siguiente paso. Su tribulación no había pasado inadvertida, pero no era la primera vez que algún miembro de la compañía se encontraba indispuesto y nunca se había hecho nada, el espectáculo era lo único que importaba, el espectáculo debía continuar. Ella, en medio de todo el grupo se sorprendió llorando, estaba aterrada. Llevaba semanas rehuyendo a nuestro protagonista, porque nunca antes había sentido algo así por un hombre. Es más, desde aquella noche de amor se había sentido tan extraña, que fue a visitar a un médico. Éste le anunció que estaba embarazada. Ella no se lo había comentado a nadie, no sabía que hacer, quizás, pensaba, después de tanto desplante él la rechazaría por puro despecho. Tendría que abortar o ser madre soltera lo que significaba dejar el mundo del circo. Mientras tanto el padre de su bebé estaba jugándose la vida a la desesperada y ella no sabía que hacer. Sin pensar en lo que hacía, si estaba bien o estaba mal, ella corrió hasta el centro de la escena y gritó el nombre de él. Él reconoció su voz, pero no era capaz de responder, no debía mirar hacia abajo, quedaban sólo 5 metros para llegar al final. Ella se encaramó por la escalera hasta la plataforma de llegada y desde su misma altura le pidió que llegara hasta ella, que lo amaba, que lo amaba como no había amado nunca a nadie en el mundo. Aquellas palabras sacudieron la mente y el corazón de él, que detuvo su camino, como si se le hubiera detenido el corazón. Durante un momento tuvo la sensación de que le abandonaban las fuerzas, que se le nublaba la vista y que desfallecía. Pero sólo fue un instante imperceptible para la mayoría. Un nuevo paso le puso de nuevo en camino. Su mirada fija en la mirada de ella, como si ambas se hubieran encontrado en mitad de un túnel o se hubiesen reconocido en medio de la niebla. Tres metros, dos, uno. Ella lo recibió con un abrazo que provocó el aplauso más atronador que se había vivido nunca en aquel pequeño circo. La gente estaba enloquecida, aullaba de pura emoción. Ellos, como si estuvieran solos en una isla perdida en quien sabe que cielos, se besaron y se prometieron amor eterno. Él le dijo a ella que nunca había pasado tanto miedo. Ella le miró con dulzura y le dijo que no se preocupara, que ella estaba a su lado, que siempre lo estaría, que  en ocasiones, a lo más oscuro, amanece el amor.

2 comentarios:

Jesús Castro Rodríguez dijo...

Como la vida misma. Haciendo equilibrios siempre.
Abrazos.

Jony Benitez dijo...

como dicen los piratas "el quilibrio es imposible cuando hablamos de nosotros dos".

y con un libro-bebe en ciernes a veces la cuerda se tensa pero el equilibrista sigue escribiendo muy bien