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martes, 7 de diciembre de 2010

SER UNO MISMO O NO SER UNO MISMO...



He aquí el dilema... Pero lo cierto es que sobre el papel no hay dilema. Todo es sencillo, fácil, nimio. Yo soy quién soy, yo soy esa o ese, o aquel. Ya lo decía la irreductible Alaska “yo soy así y así seguiré, nunca cambiareeeeeé”. Quizás sea ese el problema, algo que se me antoja tan antiguo como el hombre, como la palabra, como la duda que ésta genera. ¿Quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿a donde voy? Preguntas sin respuesta certera, porque por respuestas posibles no será... Cada uno puede tener la suya, de la misma forma que cada maestrillo su librillo. Para gustos los colores, ¡oiga!

Volvamos a Alaska e intentemos analizar (en los comentarios se acepta cualquier crítica o sugerencia) ese famoso estribillo que pasados 30 años sigue resonando en las gargantas de muchas personas sedientas de diversión en salas de baile, pubs o bares, que no necesariamente han de ser de ambiente. Yo soy así y así seguiré, nunca cambiaré. Esa certeza es sin duda un grito de rebelión, un golpe en la mesa contra aquellas voces que intentan hacer de uno algo moldeable a su capricho, algo, en definitiva, un objeto con lo que se puede hacer o deshacer lo que se quiera. Ni siquiera el presumible absurdo de su falsa promesa invita al error. La falta de dudas, la certidumbre de que ese alguien es tal y como es no parece atender a razones, ni humanas, ni divinas. Es como si Alaska despertara a ese Madrizzzz de charanga y pandereta, de toros y chulaponas, más rancio que el hueso de jamón que conservo en la nevera desde septiembre del 78, y les aseverara que no la van a hacer cambiar. Si hay certeza es parecida a la que contendría un memorándum o una declaración de intenciones, es un deseo aguerrido, por mucho que algunos ya lo hayan vestido a estas alturas de delirio de grandeza.

Es lo que tiene la poesía, más allá de la verdadera raíz del verso, queda su fuerza, su provocación, su consecuencia. Al final, en este caso, todo se reduce a un concepto como es el de las identidades. Al ser o no ser, que reflexionaba el príncipe con mayor Edipo reprimido de la historia de Epsilon. Quizás no encontraba la respuesta porque se debatía entre términos absolutos, ser o no ser, vivir, morir, tal vez soñar...

La cuestión, el dilema, en mi opinión, está en ser o dejar de ser, porque al fin y al cabo, por ser, somos muchas cosas, muchas personitas, muchos “yoes” que actúan, como actores en diferentes películas, según el rol que se precise de nosotros socialmente. La duda, la incertidumbre, no aparece tanto por el ser, sino por el miedo que nos provoca dejar de ser (incluso cuando el cambio puede hacernos ir a mejor). ¿Se cumplirán nuestras expectativas?, ¿aprobaremos ese estúpido examen?, ¿entrará en razón el jefe se psiquiatría?, ¿llenaré el cerdito?, ¿declararán por fin el estado de alarma la próxima vez que salga en televisión Belén Esteban? Al menos que la pongan a presentar un concurso de sopa de letras a las cinco de la madrugada, así todos los insomnes podremos salir de la duda de si sabe o no sabe leer... That is the question.

Porque todos los individuos somos lo que somos, así, en plural y, tal y como va el narcisismo moral, no precisamente mayestático. El problema radica cuando influenciados por el hielo de la buena de Alaska, la Pantoja o Rafael (manda huevos con los iconos que tenemos en esta España nuestra) nos quedamos congelados en una identidad estática, hierática, como la de una cariátide, una esfinge o alguien que toma demasiado antipsicóticos. Que sería de nosotros sino fuera por esos maestros zen que nos recuerdan que las identidades deben ser como los juncos, flexibles a la vez que profundamente enraizados. Estar dispuesto al cambio, apostar (si es posible sobre seguro), es un acto de salud mental. ¡Ah! Que no es seguro... ¿Es que hay algo que lo sea? La muerte. ¡Andate al carajo cenizo! Coño, pregúntaselo a Ingmar Bergman. Está muerto. ¿Ves como es algo seguro? Paranoias a parte...

Para mi, más allá de las grandes teorías serotoninérgicas, ignorante como soy, las dudas se generan en cosas simples, simplemente porque ponen en peligro nuestra posición social o personal. Son problemas reales, de interactuación entre personas, donde no es posible andar sobre seguro, porque siempre hay un componente de azar que puede alterar los resultados. Cuando la suerte está echada, como le pasa a todo jugador, el vértigo domina a la persona a la espera del saber, a ciencia cierta, si has ganado, has perdido o te has quedado igual.

Ante la imposibilidad de conocernos a uno mismo, a veces es necesario plantarse, mirar a los ojos del amo y decirle finamente que se meta su discurso por el… agujero derecho de su nariz. Como decía Alaska, yo soy así, así seguiré, nunca cambiaré ( o al menos de momento).

3 comentarios:

Miguel dijo...

por dios... Alaska... con sus pegamoides tomando bocatas con el tocata y los carrozas criticando...
Esta chica en ese momento pensaba que no cambiaría porque le iba bien estar así. Pero un reloj parado da bien la hora dos veces al día.
Con el tiempo Alaska cambió, evolucionó hacia Fangoria y cantaba otra muy buena -recomendada hace años por una chica a la que perdí la pista y espero se haya escapado de la psi-:
El glamour de la locura es pasajero,
algo efímero, un bien perecedero.
El glamour de la locura tiene un precio
y se paga con soledad y desprecio.


Del disco "una temporada en el infierno" (1999)

Hay que adaptarse, sin perder la capacidad de crítica y de autocrítica. Nunca cambiaré....¿quien conoce el futuro?

Almudena y Raúl dijo...

Jo, tío, Miguel, eres una jodida juguebox con patas. No conozco ese disco, yo en el 99 andaba más por los sinuosos caminos de la canción de autor.

Sea como sea, estoy de acuerdo contigo en la conclusión, quizás el problema es que hoy, para mí, es una noche de dudas, de miedo, de nudo en la boca del estomago. No es nada grave, simplemente he hecho un acto de justicia que me puede salir caro. Por ese motivo me he puesto a dudar y al final a reafirmarme. Aunque por tu apunte voy a editar el final porque veo que no ha quedado claro.

Un abrazo!!!

Jesús Castro Rodríguez dijo...

Bajo mi punto de vista es una cuestión de opciones. Me explico: uno tiene el derecho a ser o hacer lo que le da la gana. Uno tiene el derecho de aferrarse a lo que uno entiende que se ES, y no cambiar por nada. Eso si, uno, deberá asumir las consecuencias, el precio, de seguir siendo lo que uno ENTIENDE que se ES.
En cualquier caso toda opción tiene su precio a pagar. Adaptarse también.

Gracias a que existieron personas que no se adaptaron el mundo es hoy como es.
Por tanto, esa cuestión es personal y por tanto opcional.
Lo que no es muy realista esperar es el no pagar el precio por la opción escogida. A veces el precio es la duda, la incertidumbre. Y ante eso, los humanos reaccinamos todos de diversas formas, porque lo llevamos muy mal. A veces tejemos historias para erradicar la duda, cogiditas con alfileres. Esas historias que vivimos como ciertas, suelen provocar que actuemos y por tanto generen nuevas consecuencias. De ahí a un lio del copón bendito hay un pelo.
Un abrazo.