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jueves, 2 de diciembre de 2010

LAS PUERTAS DEL INFIERNO.


Hay momentos en la vida en los que el conflicto contigo mismo te persigue allá donde vayas. Es difícil estar en paz en un mundo como este, tan violento, apremiante, desesperanzador... Pero no imposible. Ayer noche, después de cenar Jony me dijo algo inquietante, no porque no tenga razón, sino porque no entendí el porqué me decía aquello. La cosa es que según él, este humilde blogger debería dar clases de psicosis a cuantos más profesionales fuera posible. Sinceramente, se me escapa cual puede ser la utilidad de un discurso experiencial como el mío, más allá de que seguramente sea de las pocas personas que se han liberado del peso de un diagnóstico crónico. Así que sin ánimo de enseñar nada a nadie, sólo por satisfacer el deseo de mi lacaniano favorito, voy a intentar describir las causas de un conflicto que sin lugar a dudas fue multi-factorial.

A los veinti-pocos años uno cree que puede comerse el mundo. Sobre todo los hombres seguimos siendo un poco adolescentes y como tales actuamos como si las soluciones para los problemas de esta vida debieran ser instantáneas, como encender la play station o releer un buen libro, como fumarse un canuto o irse de putas. Buscamos el amor, pero en realidad no tenemos ni idea de que es, ni de que representa. Somos jovenes, inexpertos, ambiciosos y holgazanes. Somos un caldo de cultivo perfecto para que la vida nos apalee. En mi caso, ya lo he dejado entrever en alguna ocasión, no fue del todo asi. Yo trabajé desde niño a la par que estudiaba, eran tiempos duros, donde mis sueños eran escapar de una casa en la que en ocasiones -más de las que me hubiera gustado- pasaban cosas desagradables ( y disculpen que no entre en detalles ). La cuestión es que aquellos sucesos me separaron de alguna forma del mundo. Era cosas que yo no comprendía ni el cómo ni el porqué habían sucedido, pero que no dudaba de que eran horribles. De alguna forma me vi apresado en una cárcel de silencio, no podía decir, porque cualquier intento era sofocado desde la incomprensión de mis amigos. Así que, ya desde bien pequeño, creí que mi sitio estaba junto a los libros. Allí, junto a Robinson o Julian Sorel, junto a Frodo o a Gregor Samsa, encontré un espacio donde todo era posible, donde podía entender, donde los discursos, por muy ajenos que fuesen, nunca defraudaban. Mientras mis amigos jugaban, bebían, bailaban, yo vivía ajeno a todo aquello; para mí la vida era como una partida de póker en la que sólo valía ganar. Aquella megalómana creencia fue la forma en la que germinó toda mi frustración, toda mi rabia y toda mi ira.

Cuando conocí los porros creí encontrar un canal desde el cual poder expulsar todo aquello que me carcomía. Las situaciones, de repente, dejaron de clavárseme, nada importaba tanto, nada era tan importante, como disfrutar del momento, de una buena conversación, de una buena amistad, de un buen rato. Aquel chico que era, en cambio, empezó a comprobar como en esta vida no se podía tener todo. Obsesionado con la literatura y las drogas, intenté seguir los pasos de la bohemia, deseaba ser reconocido, pero por otro lado me daba una extrema vergüenza comprobar como mi infancia traumática se traslucía en mis textos, haciéndolos de alguna forma herméticos. Para mis adentros yo era el nuevo Rimbaud así que me despreocupé de la universidad. Seguramente intuía lo que iba a pasar... comenzaba mi particular descenso a los infiernos.

Aunque la cosa no fue tan rápida. Comencé a hacer una terapia psicoanalítica. En ella desaprender tantas cosas, fue un ejercicio de constante -y porque no decirlo dolorosa- de-construcción. Entonces, pasados un par de años de terapia, en un momento dado, afloró aquel suceso que me había dejado postrado y a merced de la culpa. En aquella situación donde fui víctima inocente, en realidad sentía, que había sido provocada por mi, cosa que por supuesto no era cierta. Ayer, al comentar este suceso con Jony, me comentó que mi terapeuta no supo reconducir mi situación. En el fondo da igual. En esos momentos yo desee algo tan simple como la venganza. Había comprendido por fin el porqué y el cómo, y ¡ostias! No tengo palabras para definir aquel rencor, aquella furia, aquella impotencia que me devolvía (pasados los años) a la situación inicial. Pasados los años, como digo, hubiera matado a mi agresor, lo hubiera castrado, lo hubiera hundido en la peor de las miserias. Nada de eso ocurrió. Algo tan simple como que hay cosas que más vale olvidar, porque forman parte del pasado y ya no tienen solución, que intentar cambiarlas es un imposible, que en ese momento lo que me convenía era elidir aquel suceso, como algo de lo que aprender y ya está. Cuando una cosa así permenece encerrada, lo único que vale es recordar que sigue ahí, pero no más, liberarla sólo multiplica el dolor, precipitando las situaciones hacia un camino sin salida. Ya lo dice el proverbio la mentira es un camino, pero es un camino sin retorno. Desgraciadamente la rabia era demasiado fuerte. Por fin había comprendido las razones de mi martirio y eso disparó mi megalomanía hasta límites insospechados. Desde la soledad más profunda, desde el discurso más dictatorial, desde la irracionalidad que me daba estar obligado a callar, mi vida (amigos, pareja, familia, estudios) se desmoronaba como un castillo de arena ante los envites de las olas del pasado. Seguramente no sabía lo que me esperaba al adentrarme en aquellos infiernos, pero era demasiado orgulloso, demasiado estúpido como para volver sobre mis pasos. En mi caso, la mentira del proverbio fue adentrarme en el mundo de la locura y del consumo excesivo. El cáncer de mi madre sólo empeoró las cosas, estaba tan insatisfecho con mi vida, que no entraba a razones, el delirio más megalómano se había adueñado de mi vida como lo hubiera hecho un ciclón. La psicosis fue su consecuencia brutal e implacable. Realmente, era lo que merecía por olvidarme del otro, por mirarme únicamente al ombligo.

Ahora recuerdo como de niño me fascinaba mirar por aquel pequeño tubo en el que se distinguían formas geométricas de colores muy diversos, y como lo que más me atraía de ese objeto era que dichas formas y dichos colores podían cambiar simplemente con el movimiento de una pequeña rueda situada a lo largo del tubo y que al querer volver hacia atrás para observar de nuevo una de esas figuras resultaba que ya no era la misma que hace un instante, como si lo que había visto en realidad fuera como un fogonazo, como una diapósitiva junto antes de ser autodestruida. La materia de los sueños se me presenta como algo similar, algo cambiante, algo que muta a partir de nuestro movimiento, que no es otro que el movimiento de la vida.

Seguro que muchos habéis jugado al escondite inglés o al un, dos, tres, pica-pared (como le llamamos en mi tierra). Más allá de la emoción que nos causará contar y girarnos cada vez más rápido, con el afán de pillar en movimiento a alguno de nuestros compañeros de juego y eliminarlo hasta la siguiente partida (el primer eliminado para), me quedo con esa imagen girarse para mirar y descubrir que todo ha cambiado, que la vida sigue su curso y que la partida aún no ha acabado.

Lo difícil de hablar de la memoria se genera precisamente en su carácter caprichoso, pues no siempre nos brinda lo que precisamos. Es como una compañera a la que cada vez que miramos nos devuelve una mirad distinta. En la raíz de ese carácter residen como esporas, esperando el momento justo para brotar como hongos en medio del hummus, todas nuestras pulsiones, en otras palabras: nuestro inconsciente.

Hoy leía que nuestro inconsciente es como un pequeño monstruo que todos llevamos dentro y que se le considera un pequeño monstruo porque representa la mayoría de aspectos que todos reprimimos desde pequeños, desde que nos obligan (con sutil chantaje) a hablar para conseguir el objeto de nuestros deseos, ya sea agua, un lávabo o un abrazo. Lacán considera que el mayor trauma es aprender a hablar y lo considera un trauma no sólo por lo absurdo de tener que hablar para conseguir nuestros objetivos, sino porque después, poco después, nos damos cuenta que no conseguimos nuestros objetivos ni hablando, porque el lenguaje tiene mucho de relativo, (cada uno entiende el amor a su manera y tendría un significado o definición de amor sujeta a su forma particular de amar) y porque cada vez se nos exige más y cada vez nos exigimos más, nuestros deseos, la voracidad de nuestras pulsiones, al interactuar con la de los demás puede no tener fin. Ahí reside la importancia de unos buenos padres, que no sólo sepan educar, sino que además sepan (a su manera) amar al niño, como éste requiere.

Qué hacer? Benditas paradojas, porque si la palabra es la raíz del problema, la misma palabra es la solución, la palabra liberada de los corses socioculturales, la palabra donde afloren dichas pulsiones, como ocurre durante los sueños, y uno pueda identificarlas para después pactar con ellas.

Ni el más santo de los hombres se libra de un pensamiento oscuro, ni el más hijo de puta de los hombres deja de realizar alguna buena acción. El resto , la mayoría, todos nosotros que estamos en medio debemos comprender a aceptarnos como somos, porque en esa aceptación de como somos se esconde la paz interior, ya que dejamos de luchar contra nosotros mismos, algo que no te garantiza la felicidad (si es que existe), pero si un número inferior de heridas autoinflingidas, sin querer, pero queriendo.

Al final creo que la sencillez es la clave de una vida buena, ya lo dice el refrán, no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita.

19 comentarios:

auluine dijo...

Pero para aceptarse el paciente no tiene nada que ver la responsabilidad. Ninguna terapia responsabilizadora puede conseguir eso a base de recordarle que es responsable de sus decisiones. Aparte de que las decisiones que tomó el paciente eran las únicas que podía tomar. Por eso las tomó. ¿No? Había mas posibilidades claro. Pero no puede escoger dos posibilidades al mismo tiempo. ¿No?

Amaia Vispe dijo...

Pues yo me alegro de que Jony os anime a escribir vuestras experiencias. No sé a los demás pero a mi me ayuda. Desde que os leo ha cambiado algo dentro de mí. Creo que entiendo mejor (o por lo menos lo intento).
He cambiado lo crónico y grave por ilusión y esperanza, y eso es gracias a personas como vosotras que teneis la generosidad de compartirlo con nosotros.
Ya no somos los mismos, ya no volvemos atrás.
Gracias.

Jesús Castro Rodríguez dijo...

Fantástico. A mi me parece que la psiquiatria y la psicología interesada en desvincular los "fenómenos" mentales y sus experiencias, de la vida de las personas es profundamente dañinas. Cualquiera de los trastornos que se diagnostican tiene una historia personal y una vinculación con la vida. Muchas veces las personas intentan con ahinco perder de vista esto, y encima psiquiatras y psicólogos facilitan este dañino intento. Aplaudo, por supuesto, lo contrario.
SAludos.

Jose Valdecasas dijo...

Eres grande, Raúl. Porque estuviste allí (como dice el título de tu entrada, a las puertas del infierno) y fuiste capaz de sobrevivir, recuperarte y seguir luchando por salir adelante.

Un abrazo.

Almudena y Raúl dijo...

Por contestar a los cuatro de una tirada, cosa que no es mi estilo, pero que voy a intentar... Si se escoge, se escoge y sólo el orgullo y la prepotencia o la megalomanía te impide cambiar, rectificar o invalidar dicha elección. Amaia espero que que realemnte no volvais a atras, hay mucho camino por recorrer y cuantos mas seamos mejor. Por otro lado, Jesús, Jose, fantastico, grande, al final no es mas que apelativos que sugieren en categorias como la mia diferecnia. No os lo tomeis a mal, pero no solo es responsabilidad mía ser o actuar así. Profesionales, almu y mi familia tambien han sido agentes reactores. Lo interesante sería (como bien sabeis, no lo dudo) que esta visión se expandiera. Cosa que no depende de mi, ni de vosotros, sino de todos aquellos sujetos responsables del sistema.

Abrazos mil, desde Vigo con amor.

etiquetada dijo...

Raúl, compañero de locos blogs, me alegra siempre que escribas, que saques para afuera, que comprendas y ayudes a comprender.
De toda tu entrada de hoy, llena de valentía y sinceridad, me quedo con la última parte, la de la sencillez. Si para algo sirve pasarlo mal es para que después lo pasemos bien con cualquier chorrada. Hacer el chorra con la intensidad del aquí y del ahora es el mejor regalo de la vida que conozco, y se me ocurren miles de chorradas que lo demuestran.
Un abrazo enorme.

auluine dijo...

Entonces el paciente que tiene miedo de ir al instituto y no entra, ¿es porque no hizo buen uso de su responsabilidad? Pero eso es una teoría. ¿No? El hecho es que no ha entrado en el instituto. Ha hecho lo único que podía hacer. Luego se puede teorizar y dar mil razones. Pero él no podía escoger dos posibilidades al mismo tiempo. ¿No?

Almudena y Raúl dijo...

Etiquetada mon amour, me encantan las chorradas. Llevo varios días que me resulta dificil parar de reír, porque la gente que hemos conocido es simplemente maravillosa. Interesante, divertida, cariñosa. Están siendo unos días en los que ni la lluvia ni el frío impiden acercarse a eso que llaman felicidad.

Un abrazo enorme.

auluine dijo...

Si el paciente no cambia, si sigue teniendo miedo, es por orgullo, megalomanía o prepotencia. Aunque no haya ningún estudio científico sobre eso.

Como no toma la decisión correcta, es por un mal uso de su responsabilidad. Al final todo es control. Control para que tome una decisión en lugar de otra.

Almudena y Raúl dijo...

Auluine yo no dogmatizo sólo hablo de mi experiencia pa quien le valga. En serio, tengo la sensación de que no consigo hacerte llegar mi mensaje. De todas fdormas gracias por comentar.

Small Blue Thing dijo...

Si vuelvo a leer el palabro este de "paciente" me saco los ojos aquí mismo. Qué dolor, tú.

auluine dijo...

Simplemente no entiendo la relación entre aceptación y responsabilidad. Para otros psiquiatras, la responsabilidad puede ser tomarse la medicación. La responsabilidad es una herramienta de control que pueden usar todos.

Almudena y Raúl dijo...

auluine aceptar que tienes un problema es un punto de partida para encontrar una solucion. Para mí, la responsabilidad se basa en ser responsable de tus actos, como medida de auto-control, porque si somos conscientes de nuestros actos y de sus consecuencias, responsables con la ética de cada uno, muchas intervenciones clinicas dejarían de tener sentido. El problema es que hay personas que escurren el bulto en todos los estamentos de la sociedad.

auluine dijo...

Pero tampoco entiendo que tiene que ver la ética con la aceptación. ¿La ética no es lo de bueno o malo? A la responsabilidad no le interesa la realidad del instante. Está más ocupada de la campaña, de controlar el comportamiento de las personas.

Almudena y Raúl dijo...

Auluaine cada persona tiene sus valores y puede enriquecerlos o dejar que se pudran por poco uso. Cada uno tenemos una ética, que nace como respuesta a la vida social. Sí, se trata de lo bueno y lo malo, pero a diferencia de la ética global que es una herramienta cambiante al gusto del poderoso, existe una ética particular, anónima, de la cual no existen estudios (famosos) pero que uno la puede intuir en aquellas personas sencillas y humanas (en la mejor de sus interpretaciones) personas que pueden ser familiares o vecinos y que se caracterizan porque saben vivir una vida buena. Amando y dejándose amar, escuchando, interpretando con sensibilidad, disfrutando de aquellas pequeñas cosas, de esas rutinas de amor que crecen si se las deja. Para mi, llamame utópico, esa es la mayor responsabilidad que tenemos para con nosotros mismos, huyendo del narcisismo imperante a dia de hoy. A los locos se nos trata en ocasiones como ignorantes, como niños, como tontos, como seres degradados social y judicialmente. Pero la realidad es que nosotros en la mayoria de casos elegimos (consciente o inconscientemente) una respuesta, una conducta, un modo de vida, de ahí que la ética personal de cada uno sea tan importante y deba traspasar fronteras. Por algo será que el indice de locos criminales es muy inferior al de la población sana, por muy mal que estemos. No sé si te queda alguna duda en el tintero...

Un abrazo!!!

auluine dijo...

Entonces que pasa si el paciente no vive una vida buena. En el mismo momento en que el paciente no está viviendo una vida buena, está tomando la mejor decisión que puede. ¿No? No vivir una vida buena es una posibilidad. Ese justo momento en que el paciente no entra en el instituto porque tiene miedo o no vive una vida buena, no le interesa a la responsabilidad.

Almudena y Raúl dijo...

auluaine no es que el paciente no le interese a la responsabilidad, es que el paciente no entiende o no quiere entender (consciente o inconscientemente) que es lo mejor para él. Huelga decir que en la institucion no le enseñaran a vivir, sino a sufrir.

auluine dijo...

¿Pero cómo se sabe que el paciente no entiende o no quiere entender qué es lo mejor para él? Cuando un ser humano toma una decisión en ese momento en que la toma, es que es la mejor decisión que podía tomar. Ya entiende que es lo mejor para él. ¿No?

Almudena y Raúl dijo...

Bueno pues si él cree que es lo mejor para él que apechugue con las consecuencias. A ese apechugar se le llama responsabilidad. Si la vida le trata como él cree que merece, genial, sino es así, que intentar cambiar algo de esa vida suele ser la mejor solución.

Un saludo