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jueves, 7 de abril de 2011

SI LLORAR ABRIERA PUERTAS.


Si llorar abriera puertas
lloraría con desgarro
inundaría las calles de lamentos
gritaría de rabia
al no encontrar otra cerradura.

Si llorar vaciara mi mente
cerraría los ojos
para no ver más que lágrimas
donde flotan perdidos
mis recuerdos más terribles
mi presente de sombras
mi futuro incierto.

Si llorar cerrara heridas
arrojaría al mar el Betadine y
con cada tirita por usar
ya fuera apósito o gasa manchada
formaría un collage en homenaje
al descubridor de los anti-depresivos.

Desgraciadamente no es así.

Llorar me produce nauseas,
cefaleas y demás efectos secundarios.

Llorar, para mí,
es encerrarse tras barrotes de autolamentación,
es bajar los brazos en la lucha del día a día,
es perder la paciencia, el coraje, la alegría,
es un apaga y vámonos, sin rumbo,
es dar terreno a la abulia y la desidia,
es la peor de las soluciones
porque no soluciona nada.

Pero la vida tiene estos misterios,
el ser humano necesita llorar
para precisamente ser
humano.

miércoles, 6 de abril de 2011

RESPUESTA AL ÚLTIMO POST DE ETIQUETADA.


INFANCIA: (Tiempo y memoria.)

Abro el libro de mi memoria
buscando aquella ilusión
perdida
entre papeles arrugados.
Tu mirada cenital
lanzaba graffitis en do mayor
mientras aquella vieja radio
rompía el silencio con su luna
tan ajena
a su luz prestada    como
a su sombra oculta.
Y te busqué, y te busqué
vestido de espuma marina
en el coral y los abismos
con mis raíces, desnudas,
como lenguas de fuego,
partiendo los escalones de roca.

Total: para nada.
No te encontré en sitio alguno.
Solamente creí
vislumbrar tu silueta             escondida
al reflejarme un instante
sobre la superficie de tu recuerdo.


ADOLESCENCIA (De abismos y locuras)

Crecí alimentando sueños
ecos de una mirada poliédrica
rebotaban en las paredes
       amarillas
de mi habitación.       Junto a
reflejos irisados, mis palabras bailaron
canciones y más canciones
al borde del abismo.
Ellas, ignorantes, deseaban
a la vez
ser ángeles y demonios
para así poder volar.
Todo iba bien, pero
la cuerda se iba tensando,
lentamente, desde que parió
a gritos la noche y
el amanecer arrojó su huella
vacía y temeraria sobre
mi mirada huérfana. Finalmente morí,
morí como mueren los animales,
sin saber reconocerme en el espejo.


MADUREZ (De luces y demás misterios)

Destellos...
           ...Zumbando en mi oído
dirigieron mis pasos en la oscuridad.
El vuelo de una luciérnaga
fue capaz de desterrar mis pesadillas;
al perseguir su filigrana supe,
como sabes tú: que en toda vida
palpita una luz indestructible. Sin esa luz
sería imposible entender sus sombras.

martes, 5 de abril de 2011

EL ÚLTIMO CIGARRO.


¿Cómo definir a una mujer? Esta pregunta no me dejaba en paz. Ese día volvía más temprano a mi casa, pero ni la alegría liliácea del final de la tarde, ni la oportunidad de descansar una hora más, como tampoco el Bolero de Ravel que escuchaba sola, en medio de una multitud de gente, que parecían marcar el compás con sus pasos, me aliviaban.
En medio de una discusión sobre violencia de género con un colega de trabajo, que con arrogancia planteaba toda una suerte de tonterías sobre el papel femenino en la sociedad, que no vale la pena repetir aquí, yo, es decir Ana, exaltada, le desafié con la siguiente frase::
- ¿Qué sabes tu de las mujeres, Pablo? Quizás piensas que son ese par de pobres insatisfechas con quien te acostaste en tu vida... que tristes representantes arrumaste..., o tal vez tu madre, que todavía te prepara el desayuno como se lo preparaba a tu padre hace cincuenta años... eres un ser patético. ¡Tú no tienes ni idea de lo que puede ser una mujer! No sabes cómo definir a una mujer...
- Bueno, entonces, dímelo tú -contestó el sin disfrazar una cínica sonrisa.
La cosa iba mal y solamente no terminó de forma violenta, por cuenta de la intervención del jefe de redacción que, calmando los dos lados, nos envió a cada uno a casa para enfriar la cabeza y escribir por separado un texto sobre el eterno femenino.
Llegué a casa cargada de un odio mortal hacia Pablo y Ravel después de media hora de caminata rabiosa.
Fui a mirar el ordenador y la pregunta zumbando. Mientras preparaba una tila la pregunta continuaba zumbando. Miré un poco la tele, el peor programa que encontré para no tener que pensar, un culebrón venezolano y, parecía que me estuvieran leyendo el pensamiento cuando escuché las frases de los actores:
- José Felipe (lágrimas), ¿como puedes... (más lágrimas) definir así a una mujer?
- No lo sé Marta Cristina... dímelo tu...
Esto ya pasaba de los límites. Estaba a punto de enloquecer. Al punto fui sorprendida por el sonido del timbre. Me levanté del sofá como una fiera para abrir la puerta cuando me di cuenta que era mi vecina de rellano, Elisenda; venía, como de costumbre, a invitarme a una taza de café y un rato de charla. Casi siempre resultaba un monólogo acompañado atentamente por mi.
Aunque a veces dudase de las aventuras que escuchaba de esta señora a sus setenta años bien vividos, no podía negar que tenía cierto talento variable para mantener la atención del oyente.
Hija de buena familia, Elisenda se casó a los veinte años con un pianista famoso, uno de los mejores interpretes de Chopin de su época, pero que, poco tiempo después del matrimonio, murió en un accidente en la carretera camino de un concierto en Viena. Él, como solía explicar Elisenda, tenía pánico al avión. Lo primero que hizo después de donar sus prendas de ropa negra, que llevó no más que algunos meses, lo que causó un verdadero escándalo en la familia, fue comprar un billete de vuelo directo a Australia. Quería volar sola hasta lo desconocido. Y así fue. Nunca tuvo hijos, por lo que yo sabía. Tuvo unos cuantos novios que dejaba sin pena siempre que le entraban ganas de otra viaje.
- Hola, cariño. ¡Si que has llegado temprano! -dijo la señora mientras me abrazaba y besaba. -¿Pero qué te pasa hoy, reina? -cerrando la puerta, tomándome por el brazo y llevándome hasta la cocina.
- Ay, querida, perdona, hoy no tengo ganas de charlar, es que...
- Te engañas, cariño, finalmente estás para charlar.
- No, Elisenda, lo siento, pero...
- No, no, no... ¿Qué pasa, guapa? ¿Piensas que te dejaré sola con esta mala cara que calzas? Tu siempre me escuchas con tanto mimo, ahora es mi turno. No voy a perder la oportunidad de escuchar el relato de lo que te atenaza.
- Ay, Elisenda, es que me ha peleado con un colega en el trabajo y...
- No, no, no... Creo que no me has comprendido. No estamos aquí para lamentaciones. En un momento como este, en el estado lastimoso en que te encuentras, es tu oportunidad para hablar de ti.
- ¿Cómo? - pregunté aturdida.
- Sí, es sencillo, habla de ti. No necesitas comprender ahora. Esto lo comprenderás con el tiempo. Ahora solo tienes que confiar en mis años de experiencia, tomar un trago de este café, si quieres, para que te de un poco de coraje y, cuando la boca esté caliente, empezar a hablar.
Seguí las imperiosas instrucciones de Elisenda. Pero llevaba dos cafés, bajo la mirada paciente y acogedora de mi vecina, y no articulaba palabra.
Entonces Elisenda me sorprendió, me dijo algo que nunca me hubiera imaginado, me preguntó si podía liarse un cigarro de marihuana. Yo me quedé estupefacta. Pero en ese momento le dije: claro cielo, aunque sólo si me dejas darle un par de caladas.
Ella saco la hierba de un bote y se lió el cigarro con una destreza profesional, lo encendió, dio una larga calada y me lo pasó con la coletilla de fúmatelo tú, está poco cargado y es de una hierba especial, no te producirá paranoias.
Yo fumé en silencio, hacía años que no me fumaba un porro, y lo que no me explicaba era de donde habría conseguido la hierba mi vecina. Lo que tengo claro es que en esos instantes de tensión contenida fue como una válvula de salida para toda mi ansiedad.
-Mira Elisenda,- le dije relajadamente y con una media sonrisa que se empezaba a esbozar en mis labios- lo que me preocupa es simple. ¿Qué es una mujer? Y supongo que si no se responder es porque o no soy una mujer o no termino de conocerme a mi misma.
-Tú si que tienes la respuesta, te lo aseguro, eres una joven gran mujer. Tienes trabajo, pareja cuando te apetece, y los hijos… Bueno no son necesarios, sólo antiguamente la mujer estaba destinada a engendrar y cuidar de las labores del hogar, pero eso ha cambiado.
-Mira yo de niña soñaba con casarme con un príncipe, como los de los cuentos, en una gran boda fastuosa y que impresionara a toda la ciudad. Pero mientras iba creciendo me di cuenta que los cuentos de hadas no existían, o que eran metáforas en muchos casos machistas y crueles, que proporcionaban una imagen de la mujer degradada. Hoy en día ser mujer es creer en una misma, hacerte valer por tu inteligencia, sensibilidad y generosidad. Los hombres a diferencia de nosotras son seres más primarios, no sé en que artículo de biología leí que el sexo masculino era una deformación parasitaria del A.D.N.. No sé si será eso verdad. Hoy en día ya no necesitamos a los hombres, y no se puede comparar la capacidad de lucha, de sufrimiento, la entereza de una mujer con la de un hombre. Ellos han gobernado la sociedad por la fuerza. Pero los hombres, y no quiero generalizar, la mayoría de ellos, son seres soberbios, en el peor sentido de la palabra. ¿Con qué es feliz un hombre? Le das fútbol, comida, y sexo cada semana y la mayoría ya se siente realizado. Las mujeres somos más complejas, necesitamos reafirmarnos desde nuestra segunda línea de poder, que nos den cariño, que nos hagan sentir seguras. Necesitamos que nos den confianza como para poder compartir nuestro amor. Los hombres se enamoran igual que las mujeres, pero nosotras tenemos más tendencia a demostrarlo, a entregarnos.
-Todo eso está muy bien. – Me dijo Elisenda, que me había escuchado con una sonrisa.- Pero si te das cuenta somos nosotras quienes elegimos nuestras parejas, por mi experiencia te digo que no es necesario nada más que: mirarse al espejo, sentirte guapa por dentro y por fuera, echarle ovarios a la vida, y seguir el rumbo que te dicte el corazón. Nosotras somos más inteligentes que los hombres, no sé el porqué, a parte del ya trillado sexto sentido femenino. No necesitamos gran cosa para sentirnos a gusto siempre que estemos en el lugar que queremos y actuando legítimamente. Por eso se quemaban a tantas brujas, porque eran mujeres que pensaban por sí mismas, porque eran precursoras, pioneras, mártires por la libertad que disfrutamos en este siglo. Mira un hombre lo mas bello que ve en su vida es el cuerpo desnudo de una mujer, una mujer, en cambio, lo mas sublime que ven sus ojos es la sonrisa de su primer hijo.
-Pero tú nunca tuviste hijos o no me has hablado de ello.
Elisenda suspiró, se quedó con la mirada fija en el infinito y sus ojos se irritaron como si estuviera conteniendo una lágrima, que finalmente brotó junto a su relato.
-Mira Ana, cariño, sí que alumbré una vez a una preciosa niña. Estaba en la India, junto a Nashid, un hombre del que me enamoré. Me dejó embarazada y pude sentir esa sensación única de ser madre de un ser maravilloso, como son todos los niños cuando nacen. El problema fue que el riesgo de mortalidad en la India era altísimo, y a los seis meses mi pequeña Esmeralda falleció del tifus. Yo no me quedé para llorarla, mientras su cuerpo se quemaba en las piras de Bangladesh, yo volvía a Europa jurándome que nunca más tendría una criatura.
-Joder, lo siento.- dije abrazándola con emoción.- Siento haberte traído ese episodio a la memoria.
-No pasa nada cariño, algún día te lo tenía que explicar, ¿no?
-Tienes razón, no pienso tirar la toalla, las mujeres somos como una buena novela o una sinfonía, que si te fijas ambas son palabras femeninas. Hoy en día, podemos elegir nuestro camino, si la salud no nos falta; ya se acabó la tiranía del cristianismo, la era machista que nos envolvía. Ni te imaginas lo que me has llegado a ayudar. Aun queda mucho por hacer, abrir los ojos a mi compañero de redacción, abrir los ojos a esa minoría que no le da la importancia que tiene al ser mujer. Si quieres quédate pero pienso escribir mi artículo ahora mismo.
-Claro que me quedo, nunca te he visto trabajar y te admiro, sabes que no me pierdo ningún de tus artículos.
Yo me senté frente al ordenador, abrí el procesador de textos y comencé:


Dedicado a Elisenda:

Ella ya no está en segundo plano, ha dejado de ser la caperucita de los cuentos, salvada por un leñador sin licencia. De ser la cenicienta maltratada que tiene que huir antes de las doce para que no se descubra su identidad. Ella esta agotada de no ser ella misma, bajo el yugo masculino que la maniata y la infravalora, que la encierra en una campana de cristal para que nadie la toque, teniendo el hombre únicamente la llave de su libertad.
Ella, por fin da un portazo al pasado, vuela hacia las estrellas en sueños donde nadie la coarta y pisa, al aterrizar, con pies seguros, caminando sobre la tormenta, como un verdadero avatar.
La mujer, hoy en día, tiene la libertad de ser quien quiera ser, de trabajar, de tener hijos, de viajar, de quedarse después de un divorcio con el piso. Nadie puede impedirle que viva desde su sensibilidad acogedora, y que en ella, en esa casita de papel con deseos escritos en las paredes, haga realidad su voluntad como ser único, individual y capaz.
La belleza de la mujer está en su interior, en la capacidad de limpiar su interior de telarañas y adhesiones, que pueden, si no se sanean, atorar el torrente de emociones que fluyen en la vida.
La mujer es un ser divino para el hombre, y por tanto desconocido y temido. Por eso un hombre no suele vivir sin una mujer a su lado. Pero , desgraciadamente, cuando ya la ha conseguido, cual lobo feroz, puede devorar su ánimo, desarmarla, invalidarla, hasta extremos que, cuando ella se da cuenta de la situación lamentable en que se han convertido sus sueños de niña, quiere huir, y él actúa de la peor manera, llegando incluso a matar, porque en la mente de muchos hombres enajenados de alcohol y rutina, es mejor ser verdugo que víctima.
Muchas mujeres han aprendido a estar solas para saber estar en compañía, son afectivas, atentas, sensitivas, predispuestas a la premonición, al cariño, al apoyo sin excusas, pero no pueden venderse baratas, tienen que hacerse valer por sus capacidades reales.
Con todo esto no quiero decir que la mujer sea perfecta, puede en su afán individualista dejar perder a hombres que realmente valgan la pena, que no son lobos, ni diablos, ni inquisidores, sino mujeres con pene. De estos hombres se puede esperar comprensión, apoyo y cariño recíproco. Son hombres que adoran a la mujer y que de ese modo la imitan y se convierten en adorables.
No necesitamos ayuda si no la pedimos, y si a veces no la pedimos no es porque no la necesitemos sino porque sabemos que la respuesta está en nosotras mismas, volando en el viento que sopla en el jardín de nuestro corazón.
Una mujer puede perder el sentido por amor, porque se entrega y teme a la soledad, pero éstas no es que sean débiles, es que sus sentimientos son más intensos que una hoguera y ocurre a veces que en las llamas de la pira quieren dejar atrás razón y vida.
En definitiva que una mujer puede hacer todo lo que hace un hombre, de forma diferente; lo mas seguro que utilizando su inteligencia, pero hay cosas que no puede hacer un hombre y si una mujer. Por supuesto hablo de engendrar en su seno una criatura. De esa relación entre madre e hijo nace una complicidad, llena de ternura, de mutuo conocimiento. Y esta precisamente es la relación especial que une a una mujer con lo que la rodea y hace que llore de emoción, ría de ansiedad y defienda a los suyos de cualquier mal.
Hoy en día la violencia de género es una lacra, herencia nefasta de la anulación de los derechos de la mujer durante el pasado; la diferencia es que en la teórica democracia en que vivimos, en la red de comunicaciones que nos une a todo el mundo, cuando el ser humano debería sentirse mas libre y más sabio, es también cuando se siente mas solo, desesperado y se agarra al clavo ardiente del sacrificio, por un amor carente de sentido., Porque el verdadero amor no es el que dura para siempre, ni el que vale un diamante. El verdadero amor es, precisamente, esa mirada de respeto, esa sensibilidad natural que te hace conseguir que la pareja sea mejor persona; si el tiempo separa el camino de los enamorados, no hay que mirar atrás con rencor, sino seguir tu camino hacia la verdadera sabiduría, que es el premio por emprender el viaje hacia lo desconocido, la tarea siempre incompleta de conocerse a una misma, sin cerrar nunca las puertas de la curiosidad.

-Bueno terminé – exclamé, estirando los brazos y haciendo crujir mis nudillos. Elisenda no me contestaba, pensé que se había dormido así que accioné el corrector. Al acabar, guardé el archivo y fui a cubrirla con una manta. Fue entonces cuando me percaté de que no estaba dormida. Respiraba débilmente. Lo más rápido que pude, como elevada por un soporte agarré el teléfono y llamé a una ambulancia.
Cuando llegó me dijeron que la cosa no pintaba bien. Una semana, con suerte dos, poco más.
Resultó que tenía un tumor pancreático con metástasis y, que por su avanzada edad no era posible darle quimioterapia. De ahí que tuviera marihuana terapéutica. La llevaron a terminales.
Al día siguiente, después de entregar mi artículo y convencer al jefe de redacción, para envidia de mi añejo compañero, fui a visitarla. No podía abrir los ojos a causa de la morfina, pero reconoció mi voz.
-Ánimo Elisenda saldrás de ésta.- Le dije sin demasiada convicción.
-Hija mía... Ana… -Empezó a decir con voz queda pero no terminó la frase.
Fui a decir algo pero ya no me escuchaba, se había parado su corazón, ese músculo caprichoso que bombeó, seguramente, un último deseo; como ese pitillo del reo al que la vida está a punto de fusilar.


jueves, 31 de marzo de 2011

LO QUE DUELE NO ES RENDUELES, ES LO SOCIAL.


No os voy a mentir, llevo días inquieto, medio descabalgado por la impaciencia que siento ante la (espero, deseo y confío) inminente llegada de los primeros ejemplares de mi libro: Levántese quien pueda y otros relatos. Ante esta situación me he visto asaltado por ideas delirantes que he ido devolviendo a su status de irrealidad a lo Rafa Nadal, tanto con drives como con algún que otro revés. Una enorme inseguridad se había instalado en mi mente e incluso, ante las maravillas que he ido leyendo por esta blogosfera, había llegado a dudar de mi capacidad para articular un discurso firme y bien estructurado. Sólo me sentía bien cuando interactuaba con otras personas: familiares, amigos, colegas, vecinos, etc. De alguna forma cuando surgía el diálogo, cuando compartía un ratico con aquellas personas volvía a ser el de siempre (alguien atento y divertido, con un punto zalamero y dos orejas dispuestas a escuchar). En soledad, he llegado a sentir envidia al leer algunos textos como este, este, este, este o este otro. Y como no pretendo andarme con rodeos os explicaré que esa envidia era de lo más incómoda, porque lo único que me mostraba era mi limitación actual.

En fin, a lo que iba, que un gran amigo me ha enviado esta mañana una entrevista a Guillermo Rendueles de la que aconsejo su lectura y debate. En ella trata, a parte de alguno de sus clásicos (como su opinión sobre la fibromialgia), también otros temas de los que quiero destacar la necesidad de reivindicar los vínculos que existían en los grupos naturales o tradicionales, basados en la solidaridad, en el respeto, incluso – a pesar de autoconsiderarse libertario – si estos grupos pertenecen al ámbito religioso; porque tras el individualismo que institucionalizó sistémicamente la postmodernidad, va siendo hora de plantearse recobrar una cierta moral o una cierta ética social, colectiva y humanitaria.

Afirma el tipo: La cantera en que se forja esa gran clientela de los centros de salud mental es el trabajo precario y el entramado de un moderno intimismo que rompe con la antigua pertenencia a grupos naturales. Antes se sabía que al trabajo se iba a sufrir, quiero decir que, aunque había algunas cosas buenas, como el trato con los compañeros, se asumía que el trabajo producía malestar por la explotación en que se basaba, pero a nadie se le ocurría pensar que el gerente o el capataz, además de explotar, te iba a perseguir.
Los nuevos espacios de trabajo, esos panópticos donde no hay barreras visuales, han individualizado al trabajador y reducido su mundo, haciendo desaparecer cualquier concepto del nosotros grupal. El sufrimiento laboral se ha convertido en un malestar íntimo y se ha reinterpretado en términos subjetivos: “Es la encargada que me quiere joder”, “es el jefe”, “son los compañeros”...
Y creo que este proceso se ha producido en todos los ámbitos: en la vida con la pareja, en la vida de la barriada ciudadana….Al no tener una narración colectiva, se percibe la realidad desde una especie de narcisismo de las pequeñas diferencias, se piensa: “Solo a mí me pasa esto”. En esa insociabilidad intimista solo se puede expresar el dolor psíquico en términos de enfermedad mental, considerarte depresivo, distímico. Pues la única identidad que te posibilita entender ese sufrimiento fuera del sentimiento del nosotros obrero es la de frágil y enfermo individual.
Por otra parte, los medios imponen un estándar muy alto de felicidad. Ves la televisión y todo el mundo parece feliz, puedes pensar que el único que está por la mañana hecho un Cristo eres tú, que el único que ha dormido mal eres tú o que el único que tiene mal sexo eres tú. La sociedad del espectáculo promete y fomenta felicidades. Viene a decir: “Si tu vida es una mierda y los que muestra la televisión están tan contentos y viven tan bien, algo está pasando en tu interior que te impide gozar, quizá el médico te pueda ayudar”.

Y un poco más adelante continúa: Vivir sin vínculos es la receta que da el individualismo. Individuos que floten en esa sociedad líquida de la que habla Bauman, como barcos que anclan una temporada en una ciudad o en una relación de amistad, sabiendo que pronto han de navegar a la búsqueda de otro puerto, y que por ello no conviene atarse a ningún amor o compromiso duradero. ¿Cómo se recrean los vínculos? Esa es la pregunta del millón.
Ojalá alguien supiese cómo y qué recuperar. Pienso que, por malo que sea, cualquier red social tradicional, cualquier vínculo, es mejor que el desierto afectivo posmoderno. Por malos que sean los sindicatos que hay, no los echemos abajo, por malas que sean las redes religiosas, por malas que sean las familias, resistir es la consigna. Porque lo otro es ese proceso de individuación que para ser aguantado desde la fragilidad de los sujetos va a hacer necesarios a médicos, psiquiatras y nuevas servidumbres ante las cuales las antiguas nos van a parecer nimiedades. Quiero decir, que entre la laxitud con la que se tomaba, cuando yo era chaval, lo de irse a confesar —que todo el mundo se lo pasaba por los huevos—, a lo que hacen ahora los que van al psicólogo cada 15 días y viven sus vidas como enfermedades a consultar, hay un abismo radical.

Y después de este “laborioso” corta y pega, la pregunta que me asalta es ¿Y ahora que coño digo yo?

Desgraciadamente cualquiera diría que el panorama está tan negro como se pinta, que no hay colectividad, ni ética, ni moral, más allá de algunas pocas y honrosas excepciones. Pero, qué queréis que os diga, es cierto que la mayoría de las personas viven en una especie de continuo honanismo mental, que como decían en tiempos de Franco les ciega lo suficiente como para no reconocerse en el otro. Es más, si tenemos que hacer caso a los medios de comunicación, esta vida es como un enorme supermercado de posibilidades individuales, en las que traicionar, mentir, falsear, manipular -y demás sinónimos- son herramientas legitimadas para poder llegar a final de mes. Así las cosas, no es que seamos extraterrestres, es que estas cosas son las que caracterizan al ser humano del s. XXI y su terrible soledad, de cuya presunta independencia, sólo se acaba extrayendo más dependencia en todos los ámbitos de la vida...

...Ayer celebramos el 8º aniversario de Radio Nikosia. Fue una cena donde celebramos muchas cosas, pero quizás la más importante sea haber podido llegar hasta aquí, prácticamente sin ayudas, desde hace tres años, precisamente el tiempo que llevamos siendo Asociación sociocultural. En aquella sala, pequeña y acogedora, ténuemente iluminada, con la música del duque blanco acompañando las primeras risas y los primeros diálogos, se respiraba satisfacción, alegría, entrega, solidaridad, respeto. Todos los que estábamos allí habíamos llegado en diferentes momentos de la historia de Nikosia, pero el vínculo que nos había unido con el tiempo, iba más allá de una lucha o una idea. Todos: con nuestras diferencias, con nuestras capacidades y nuestras limitaciones, con nuestros buenos y malos momentos, con nuestras ganas y nuestra desgana, con nuestra alegrías y nuestras penas, sabíamos que podíamos contar los unos con los otros. ¿Para qué? Pues para llamarnos y compartir un rato, unas palabras, y poder así reconocernos en el espejo de ese otro, que sin ser profesional de salud mental, es capaz de entender con precisión aquello por lo que estas pasando y darle la vuelta al delirio con algo tan simple como un abrazo sincero. Nuestros principios morales o éticos son tan antiguos como el hommo sappiens, de nuestra mutua necesidad del otro nace nuestra fortaleza, nuestra identidad colectiva, nuestra sabiduría. Allí, entre tantos amigos, es imposible no sentirse orgulloso, agradecido, en comunión con lo que te rodea. Allí, con mis compañeros -aquellos que como yo se han sentido tantas veces desamparados- es imposible no sentir esperanza.

martes, 29 de marzo de 2011

EL EQUILIBRISTA.





Quince metros, sólo quince metros le separaban de la gloria. Un breve trayecto, un tránsito que en otros tiempos hubiera sido la menor de sus preocupaciones, pero que en aquellos momentos se convertía en un reto difícil de superar. Él conocía de memoria, tenía totalmente interiorizada la dinámica del espectáculo que empezaba al subir aquella empinada escalera con la agilidad de un mono, saludar desde la plataforma y, después de respirar hondo, dar el primer paso de una serie que le llevarían por sobre las cabezas de los espectadores hasta la siguiente plataforma. Sólo había una regla: nunca, bajo ningún pretexto, debía mirar hacia abajo. Lo demás se reducía a recibir los aplausos y las ovaciones del respetable, a saludar con la alegría y el orgullo del deber cumplido, algo que había hecho cien o mil veces y que sin saber por que aquella noche le inquietaba sobre manera.

Aturdido y atenazado por la ansiedad esperaba su turno en el camerino atestado de payasos y amazonas intentando no pensar en lo que estaba en juego. Desgraciadamente, la sensación de que un nudo le oprimía el pecho le crispaba las manos sudorosas y le tensionaba las piernas, haciéndolas botar inconscientemente. Nadie le prestaba atención, todos parecían estar demasiado ocupados, cada uno preocupado de su actuación. Si al menos ella le dijera algo, si al menos ella lo mirara, quizás, tendría una ilusión para enfrentar toda aquella situación de pánico contenido. Una mirada o una palabra como válvula de escape, como salida de emergencia por la que expulsar tanto sentimiento desagradable, como solida estructura sostenedora de la red invisible con la que asegurar su vida para siempre.

Quedaban pocos minutos para su número, el número estrella de aquel pequeño circo que había apostado fuertemente por él. Señoras y señores, aún nos queda otra sorpresa, ¡aún más difícil todavía!, ¿están preparados? ¿Alguien de ustedes sería capaz de caminar sobre el abismo, con la muerte susurrando a sus espaldas? No, no podrían, ni yo tampoco he de confesarles. Sólo él puede retar a la gravedad, sólo él puede vencer al vértigo. Con todos ustedes el hombre sin miedo, el hombre de hielo, aquel que desafía a las alturas, aquel que cruzará de punta a punta de la carpa, sin más apoyo que su talento y valentía, por encima de un cable de sólo tres centímetros de grosor. ¿Quieren saber de quién estoy hablando? Estoy hablando del Eeeeequiiiii-libristaaaaaa. Cada noche la misma cantinela. Cada noche obligado a salir y repetir la osadía de enfrentarse a la gravedad, para conseguir retener el aliento de niños y mayores. Seguía sin saber porque, pero algo le decía que aquella era diferente. Quizás, pensó, el miedo le había asaltado como un atracador, había descongelado la sangre de sus venas, descubriéndole algo que siempre había sabido y que nunca le había detenido, que una noche como esta la muerte podía ganarle definitivamente la partida con un mal paso y que en ese preciso momento acabaría su historia para siempre. Ya nunca podría encontrar a aquella persona a la que amar, ya nunca podría tener a ese hijo que lograra el número de malabares imposible, consiguiendo que la bola se quede suspendida en el aire, desafiando toda ley y todo principio, que lograra que la magia fuera más real que la propia realidad.

Ella siempre le había parecido la más bella de toda la compañía. Admiraba su destreza para mantenerse de pie y a la pata coja sobre el caballo al trote. Tanto en la actuación de ella como en la suya el equilibrio era una parte esencial para no acabar en el suelo con el cuello partido; por su disciplina, por su esfuerzo, por ser hijos del circo, de alguna forma eran iguales. Cuando ella lo acompañó a aquel pequeño restaurante y cenaron a la luz de las velas, el tiempo se detuvo para él. Nunca la había visto tan radiante, tan hermosa, su pelo castaño coronado por aquella corona de violetas conseguía destacar una mirada brillante y tierna, tan cercana que podía distinguirse en su reflejo. La velada acabó en la caravana de ella, con sus manos separándose lentamente de las de él, como si se negaran a deshacerse del todo de aquel vínculo carnal que los había unido durante unas horas. Desde aquella única noche algo pareció enfriarse, ella lo rehuía, y él no encontraba la forma de estar a solas con ella. La soledad más desolada se instaló en su corazón y, junto a ella, el miedo, la pena, el dolor se clavaban en sus entrañas como puñales invisibles.

Había llegado el momento. La entrada de los clowns con el camión de bomberos era la señal de que era el próximo en actuar. El espectáculo llegaba a su final por todo lo alto. Él se levantó como se levantaría un espectro, atrapado por su particular maleficio, se acercó hasta la puerta y esperó que el maestro de ceremonias le diera paso con la emoción del respetable traducida en una gran ovación. Saludó al público, como cada noche, y subió con la agilidad de un mono hasta la plataforma. A partir de ese momento la suerte estaba echada. Un escalofrió le estremeció en el momento de dar el primer paso, el más importante, no obstante no quiso volver a la plataforma y después de un breve balanceo pudo dar el siguiente paso. Un profundo silencio se había instalado en la carpa; un silencio respetuoso y turbado, de misa o cementerio, y muchos, incluso, contenían la respiración por temor, a que ésta pudiera hacer resbalar del cable a aquel hombre que se jugaba la vida, para hacerles vivir algo diferente a las rutinas de sus vidas. Ese hombre que seguía avanzando de forma mecánica, sin pensar en nada, que estaba a punto de llegar a la mitad del recorrido, precisamente la parte más peligrosa de ese breve viaje. Apenas siete metros le separaban de la plataforma, siete metros y habría conseguido una vez más el reconocimiento de todos los espectadores, siete metros que, se sorprendió pensando, no cambiarían nada, que su vida seguiría siendo la de siempre, una apuesta constante contra el abismo y la nada. Aquel pensamiento le hizo perder durante unos instantes el equilibrio, estremeciendo a propios y extraños. Él no lo sabía, pero todos en el circo: actores, amazonas, payasos, domadores, malabaristas, estaban atentos al siguiente paso. Su tribulación no había pasado inadvertida, pero no era la primera vez que algún miembro de la compañía se encontraba indispuesto y nunca se había hecho nada, el espectáculo era lo único que importaba, el espectáculo debía continuar. Ella, en medio de todo el grupo se sorprendió llorando, estaba aterrada. Llevaba semanas rehuyendo a nuestro protagonista, porque nunca antes había sentido algo así por un hombre. Es más, desde aquella noche de amor se había sentido tan extraña, que fue a visitar a un médico. Éste le anunció que estaba embarazada. Ella no se lo había comentado a nadie, no sabía que hacer, quizás, pensaba, después de tanto desplante él la rechazaría por puro despecho. Tendría que abortar o ser madre soltera lo que significaba dejar el mundo del circo. Mientras tanto el padre de su bebé estaba jugándose la vida a la desesperada y ella no sabía que hacer. Sin pensar en lo que hacía, si estaba bien o estaba mal, ella corrió hasta el centro de la escena y gritó el nombre de él. Él reconoció su voz, pero no era capaz de responder, no debía mirar hacia abajo, quedaban sólo 5 metros para llegar al final. Ella se encaramó por la escalera hasta la plataforma de llegada y desde su misma altura le pidió que llegara hasta ella, que lo amaba, que lo amaba como no había amado nunca a nadie en el mundo. Aquellas palabras sacudieron la mente y el corazón de él, que detuvo su camino, como si se le hubiera detenido el corazón. Durante un momento tuvo la sensación de que le abandonaban las fuerzas, que se le nublaba la vista y que desfallecía. Pero sólo fue un instante imperceptible para la mayoría. Un nuevo paso le puso de nuevo en camino. Su mirada fija en la mirada de ella, como si ambas se hubieran encontrado en mitad de un túnel o se hubiesen reconocido en medio de la niebla. Tres metros, dos, uno. Ella lo recibió con un abrazo que provocó el aplauso más atronador que se había vivido nunca en aquel pequeño circo. La gente estaba enloquecida, aullaba de pura emoción. Ellos, como si estuvieran solos en una isla perdida en quien sabe que cielos, se besaron y se prometieron amor eterno. Él le dijo a ella que nunca había pasado tanto miedo. Ella le miró con dulzura y le dijo que no se preocupara, que ella estaba a su lado, que siempre lo estaría, que  en ocasiones, a lo más oscuro, amanece el amor.

sábado, 26 de marzo de 2011

MI PRIMERA ENTREVISTA COMO ESCRITOR.

Os dejo el enlace de la primera entrevista que me han hecho como escritor. Ha sido la primera y seguramente la mejor. Espero que os guste.

El fil de la troca.


Abrazos!!!