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martes, 3 de mayo de 2011

GOTA A GOTA.

Josua permanecía inconsciente después de la operación. A su lado, su hermana Karen, se esforzaba en leer un libro de relatos de Patricia Highsmith, intentando en vano no pensar el porque estaba allí, el porque, después de todo aquello que la había hecho jurarse a sí misma tantas veces que nunca más haría algo por su hermano, había renunciado a todos sus juramentos y había acudido al hospital a acompañarlo en aquel trance. Porque Karen odiaba a su hermano profundamente. Desde que eran niños este sentimiento, mezcla de rabia, rencor e impotencia, había marcado su relación, distanciándoles de forma evidente. Al parecer, él había propinado durante su juventud brutales palizas a Karen, que habían acabado con ésta en el hospital hasta en dos ocasiones. Ella, a pesar del paso de los años, recordaba con precisión la cara de su hermano persiguiéndola de un lado a otro de la casa, como un animal a la caza de su presa. Los ojos inyectados en sangre coronando una sonrisa cruel, una mirada y una sonrisa que mostraban sin tapujos el goce supremo, casi sexual, de ver sufrir al otro, de comprobar como a pesar de lo poco o nada que siempre se había esperado de él (por su mal rendimiento escolar), sus manos eran capaces de hacerle sentir alguien importante, alguien poderoso, alguien capaz de destruir por el simple hecho de destruir. Estas torturas duraron dos largos años, con la connivencia y la complicidad de los padres, que a pesar de los consejos de los médicos eran incapaces de denunciar a su hijo mayor. Así las cosas, Karen creció soñando que escapaba de aquel infierno, que algún día, podría desprenderse de aquellos que la habían torturado, y que la seguían torturando en forma de recuerdos.

Pocos años después los padres de Karen y Josua murieron en un accidente de tráfico. Una noche después de cenar en un restaurante, el padre, que era el que conducía, achispado por el vino, se saltó un semáforo en rojo y su coche acabó siendo arrollado por una patrulla de policía que corría velozmente hacia el lugar de un crimen. Todos los ocupantes murieron antes de que llegaran los servicios de emergencias. El día del entierro Karen y Josua no se abrazaron, cada uno vivía su dolor de forma intransferible, como si ambos estuvieran encerrados en gruesas campanas de cristal o los separara un abismo o un telón de acero. De esto hacia ya treinta y cinco años y desde entonces los hermanos no se habían llamado ni habían mostrado el menor interés el uno por el otro. Al principio, Josua, que había acabado trabajando en la construcción, llamaba a su hermana periodista en Navidad, para invitarla a comer; pero Karen siempre rehusaba las invitaciones con alguna mala excusa, como si quisiera mostrar un rechazo pasivo, indirecto, o en el fondo de su corazón, donde había reprimido tanto odio y rabia acumulada, se negara a desprenderse del todo del único vínculo, por muy frágil que éste fuera, que la unía con sus raíces familiares.

Con los años y mucha terapia Karen creía haber superado todo los traumas generados durante su infancia y juventud. Sólo necesitaba en ocasiones tomarse algún somnífero para poder descansar. Se había casado y se había divorciado, se había vuelto a casar, no tenía hijos, había conseguido trabajo en un periódico y, gracias a sus dolorosas experiencias y a la sensibilidad hacia los más débiles que éstas le habían aportado, acabó especializándose en temáticas sociales: violencia de género, paro, discapacidades, racismo, abusos sexuales, vivienda, etc. En todos aquellos ámbitos en los que un colectivo era discriminado o maltratado por la sociedad o los mecanismos de opresión ella le ponía palabras denunciando, desde el poder que da la posibilidad de influir en sus lectores, todos aquellos atropellos. Pero ya se dice que una cosa es superar un trauma, perdonar a tu verdugo, y otra muy diferente es conseguir olvidar.

Una enfermera entró en la habitación de Josua y miró la bolsa del gota a gota, en la que aún quedaba suficiente solución gluco-salina para unos minutos.

-Hola. -Saludó la enfermera. -¿Es usted familiar del paciente?
-Sí, soy su hermana.-Respondió Karen.
-Mire, tengo que pedirle un favor. -Le dijo la enfermera algo nerviosa.
-Dígame. ¿En qué puedo ayudarla?
-Estoy sola, entre los recortes de personal y la ola de gripe soy la única enfermera para este turno. Tengo 45 pacientes a mi cargo, y no doy a basto. ¿Le importaría estar atenta al goteo y de aquí a unos minutos cerrar la entrada para que no le entre aire en el cuerpo a su hermano? Cuando pueda me pasaré a cambiarle la bolsa de suero y ya no la molestaré más.
-Sí, claro. No se preocupe. Esta crisis está haciendo estragos. He denunciado muchas veces en mis artículos como todo estos recortes en la sanidad pública están dirigidos a privatizar los servicios.
-Me hace un gran favor, y claro, a su hermano también. Muchas gracias señora. Hasta luego.
-Hasta luego.

La enfermera salió a toda prisa de la habitación y Karen volvió a retomar la lectura de las últimas páginas del libro. Patricia Highsmith siempre le había parecido una escritora brillante, capaz de crear con una frase la inquietud en el lector para sostener después el suspense hasta el final, que solía ser sorprendente. La violencia y la muerte estaban siempre presentes en sus libros, como lo estaban también de forma inevitable en la vida, creando un binomio indivisible como es el de vida y muerte, en el que todas las personas, todos los seres humanos podemos en algún momento dejarnos arrastrar por las más oscuras, terribles y violentas intenciones. Nadie está a salvo de la posibilidad de caer en la maldad, nadie puede aseverar un nunca lo haré. Ahí reside el misterio y su atractivo, en que hasta el mayor de los héroes tiene como alter ego a su némesis y que cualquier víctima puede en algún momento convertirse en verdugo.

Cuando Karen terminó de leer, se recostó sobre el sillón. Miró a su hermano que seguía inconsciente y miró la bolsa -a punto de vaciarse- goteando, conectada por un tubo al catéter que le habían inyectado en el anverso de la mano de Josua. Al fijarse en el goteo constante pensó que ese goteo seguía el mismo ritmo que un reloj, plip, plip, plip, plip, plip, plip... En cualquier momento esa bolsa se acabaría, un último plip, y el aire que quedaba en la bolsa entraría en forma de burbuja mortal en el riego sanguíneo de su hermano, primero lentamente, subiendo por el brazo, hasta llegar al corazón donde sería bombeada quizás hasta el cerebro. Aquello acabaría con la vida de aquel que la había torturado tantas veces y que en ese momento, así como dormido, parecía que nunca hubiera roto un plato. Sería una venganza en toda regla, servida en plato frío. Todas las veces que Karen se había despertado agitada en medio de la noche tras soñar que mataba con sus propias manos a Josua, parecían en ese momento sutiles premoniciones de aquel instante. Sólo que ella no tendría que ensuciarse las manos. Ella no tenía que hacer nada, ella no lo mataría, sería el sistema. Un sistema social depredador y homicida, donde los débiles no tenían lugar ni derechos más allá de aquellos supuestos teóricos que lucían en la Constitución y que eran pisoteados constantemente por oscuras ambiciones. Sólo tenía que volver a recostarse en el sillón, intentar relajarse, o al menos hacerse la dormida. Incluso podía forzar el sueño tomándose uno o dos somníferos. Nadie la podría acusar jamás de haberse dormido, eran las dos de la madrugada. Quizás antes de que fueran las dos y media su hermano ya estaría en el otro barrio, entrando en el infierno -si es que realmente existía un infierno- de cabeza y por la puerta grande. Quizás entonces se acabarían por fin sus pesadillas, ya ninguna noche más soñaría que mata a su hermano. Su hermano estaría muerto, muerto al fin, muerto y enterrado. Ella, en cambio, volvería a casa, esperaría que su marido llegara de trabajar, le propondría salir a un restaurante, ni una lágrima de dolor, ni un resquicio de arrepentimiento, pedirían una botella de Cava o dos o las que hicieran falta. Al llegar a casa le haría el amor con ternura y pasión las veces que hicieran falta. Hasta que él no quisiera más. Se abría acabado la vida de Karen, la desgraciada, la pobrecita, la eterna víctima, y empezaría la de una nueva Karen, que moldearía durante los años que le quedaran por vivir...

Karen se recostó en el sillón, buscó su pastillero y se tomó dos pastillas. Éstas no tardaron mucho en hacer efecto. Como si la hubieran desconectado de la máquina de la vida, cayó de repente en un sueño profundo. La última imagen que creó su imaginación antes de que se apagaran todas la luces de su consciencia, fue la de un atardecer en una playa blanca, con el sol cayendo allá en el horizonte sobre el mar. Sólo fue un instante, como un fogonazo o una diapositiva, antes de que la noche se los tragara a todos para siempre.

domingo, 1 de mayo de 2011

CARTA DESDE EL NAUFRAGIO:


Querid@:

Me resulta muy difícil ordenar las ideas en este momento. Estoy hecho un verdadero lío, y no tengo fuerzas, ni demasiadas ganas de ponerme a desembrollar esta madeja de ideas que me aturden. No obstante creo que no me queda otra. Mi vida ha llegado a una situación de enorme fatiga emocional y como siempre que me encuentro en estas situaciones escribir se convierte en un bálsamo que alivia a la vez que desatasca el dolor. Desde que recuerdo siempre he acudido a la escritura ya fuera con afán literario o simplemente como soporte al que aferrarme para no caer. Por muy embrollada que esté la madeja de mis emociones, por muchos sentimientos que se agolpen en la boca de mi estomago, el hecho de estirar de un hilo con la misma suavidad que firmeza me libera de alguna forma. Quizás porque cuando lo hago no temo acabar maniatado ante el caos que a veces supone afrontar aquello que tanto nos duele: la realidad. Y ojo, no digo que escribir me solucione la vida, no, no se trata de eso. Escribir como mucho alivia, como cuando abres las exclusas de una presa que es incapaz de soportar más presión. Muchas mañanas (como esta de domingo) lo hago con las manos temblorosas, como si dudara de que decir o que no decir, de sus repercusiones, del peligro que presuntamente existe cuando fijas el relato de una forma definitiva sobre el momento que estás viviendo. Y esto es así porque cuando hablo en primera persona, es inevitable aludir a un plural. Yo no existo, solo quizás sea como una sombra, pero poco más, mi fortaleza, mi fuerza, mi seguridad la da ese nosotros que formo junto a aquellos que me quieren, me aprecian y con los que comparto mis alegrías y también mis penas. Hoy, desgraciadamente, la cosa no es que esté como para tirar cohetes, como mucho este texto sería una de esas bengalas con las que los marinos intentan pedir ayuda por la noche al ver como su embarcación zozobra.

Algunas personas pueden creer que no tengo motivos para quejarme, que acabo de publicar mi primer libro, que el susodicho además (y a pesar de la falta de publicidad) se está vendiendo bastante bien, que a la gente le gusta y lo aconseja, y por último que tengo una agenda repleta de actos donde defender mi discurso, cosa muy difícil para un loco. Pero estas pequeñas o grandes alegrías, me resultan insulsas precisamente por aquello que comentaba antes del yo y del nosotros. Estos logros personales me resultan del todo descafeinados cuando la persona que más quiero sufre y me encuentro del todo impotente para poder ayudarla. Es así. No hay más vuelta de hoja, ni pretexto, ni pollas en vinagre. He llegado a un momento en mi vida en el que nada me vale, sino puedo compartirlo con aquella a quien amo, y aquella a quien amo (aunque se esfuerza) parece estar atrapada por dios sabe que putos mecanismos emocionales, contra los que poco o nada puedo hacer. Mis esfuerzos por acompañarla en su padecer, mi voluntad de ayudar a aquella persona a quien amo, acaba siendo (o eso me parece) como una suerte de alivio temporal, previo al siguiente ataque. Reconozco que esa impotencia se me clava y me hiere, supongo porque resquebraja aquello que siempre he creído -más que nada porque en mi caso funciona- que el amor es la mejor medicina. Y así, aturdido por la impotencia, sediento de una seguridad y una certeza imposibles, acabo dudando de que mi rutina como cuidador, de que todo aquel esfuerzo que acometo a diario con el único fin de generar alivio, sea realmente beneficioso y no acabe siendo iatrogénico.

Es aquí cuando el miedo a la perdida me satura, zarandeando los cimientos de una relación que hasta hace bien poco parecía estar aposentada sobre una balsa de aceite. 

 

¿Qué debo hacer? Me pregunto constantemente y cuanto más me lo pregunto más dudas se generan. A falta de un mapa fiable de las emociones humanas acabo sintiéndome solo, náufrago en una isla en la que he acabado sin querer. Mientras tanto el miedo va creciendo de forma incontrolable y el simple pensamiento de perder a aquella persona a la que amo me empuja al borde del precipicio. ¿Qué debo hacer? Cuantos los gritos se ahogan ante el furioso embate de las olas, cuando la mano que aferras tiembla y no sabes porque parece que junto a ella tiemble la tierra y sueñas que se marchitan prematuramente las flores de una temprana primavera. Es lo que hay, me dicen, has de tener paciencia, me recuerdan, has de ser fuerte... Recetas que parecen las de la sopa de ajo, que me recuerdan entre tanto claroscuro que la vida es una cárcel con las puertas abiertas y que quizás lo único que deseo es que pase pronto el temporal... Para poder abrazar a mi amor libre con la inocencia de un niño.


Atentamente: Raúl Velasco.

martes, 26 de abril de 2011

SANT JORDI

El día de Sant Jordi se merece un post bien positivo, sobretodo este año en el que Raúl fue un gran protagonista.
El 23 de abril se celebra el día de la rosa y el libro. Yo tuve mi rosa, una muy original,hecha de tela para poner en la solapa de la chaqueta, de la asociación de víctimas de la violencia de género. Y Raul se ha quedado este año sin libro, porque con todo el lío de tener el suyo no he sido capaz de encontrar alguno que le pudiera gustar. He sido una mala novia, jeje.

Total, que por fin llegó la tarde de Sant Jordi y ahí estaba Raúl, bien puntual, en el stand donde iban firmando diferentes autores locales. Él destacaba, el brillo de sus ojos, el movimiento nerviosos de su mano jugueteando con el boli, el cigarro que intercalaba entre sonrisa y sonrisa...estaba para comérselo!! Yo no podía dejar de mirarle y sentirme bien orgullosa, se me caía la baba hablando claro.

Gracias Jesús Castro por hacer esto posible y gracias Raúl por dejarme compartir un día tan especial. Aunque a tí no te lo pareciera, triunfaste...a ver si el año que viene estás firmando el segundo.

Un abrazo,


ALMU.

ansiedad, pánico...



Miedo, pánico, ansiedad, nervios...todo se me está alterando en estos últimos días. Se que he emprendido un camino, el cual debo seguir pase lo que pase, pero me estoy encontrando con más obstáculos de los que me pensaba.

Esta tarde, tras una crisis de ansiedad, sonaba la música del ordenador ( Spotyfy) y de repente ha sonado “Hoy puede ser un gran día” del gran Serrat y he pensado que esta era la canción que utilizaba para animarme y me ha dibujado una media sonrisa en la cara. Estaba claro que hoy no iba a ser un gran día para mí, pero, ¿ y mañana? ¿podrá serlo? Puede que sí, puede que no. Ahí está la dudad. De momento lo que me queda es irme a dormir y mañana será otro día...pero me da miedo dormir porque las pesadillas me atacan sin piedad y me despierto casi cada hora a mirar el reloj, a ver cuanto falta para levantarse, aunque luego me cuesta levantarme una barbaridad porque me encuentro cansada.

Ahora estoy pensando en empadronarme ya en Rubí porque tengo un cacao de médicos: que si baja a Barcelona a hacerte el análisis, que si sube a dormir, que si baja a la revisión del esguince. Por esa parte lo veo bien, pero la cuestión es que, al empadronarme en Rubí, no me puede seguir visitando la misma psiquiatra sino que ha de ser una o un del nuevo empadronamiento y la cuestión es que es un cambio más que me da un poco de miedo. SE que aquí hay buenos profesionales, porque llevan a Raúl y lo hacen muy bien, pero es por cuestión de cambio, me cuestan los cambios para que vamos a engañarnos!! En julio hará un año que vivimos en el pisito así que quizás es cierto que ya va siendo hora de que me empadrone. Se que puede parecer una chorrada pero a mí me preocupa un poco. A ver que me dice la psiquiatra: hace unos meses me dijo que esperáramos a ver como me adaptaba al piso, al pueblo, etc. Esos meses de “alerta” ya han pasado. Luego empezamos con la bajada de medicación y claro, ya ni me planteé el cambiarme de profesional. Bueno, ya lo tengo casi decidido, me empadrono, pero primero lo consultaré con la Dra.

Mañana voy a mi segunda visita con la psicoanalista y estoy de nuevo nerviosilla, no tanto como el primer día pero un poco sí, porque no se por donde va a tirar, le conté tantas cosas!!! Pero bueno, supongo que irá bien. Yo lo que espero es que me pueda ayudar a aliviar esta ansiedad que me persigue todo el puñetero día.

El jueves hay teatro, que bien!!! Aunque tengo el esguince fatal y no se si debo ir. O iré y me quedaré sentadita, al menos allí estaré. Mira que tengo mono de teatro, después de dos semanas sin hacerlo, pero me duele tanto el pie y me cuesta tanto apoyarlo en el suelo que no se como me lo voy a montar.

Bueno, se acabó el rollo por hoy...perdonad este discurso sin mucha coherencia. Necesitaba ponerme a hacer algo y he optado por escribir. Quizás no debiera publicarlo, quizás sí, pero como os voy contando mi historia ya no viene de aquí, no?

Un abrazo, salud y FUERZA!!
ALMU.

LANZAMIENTO MUNDIAL-El Periódico Nikosiano

NIKOSIA SE VUELVE PAPEL 
    
 
Primer número. Un periódico que sigue la filosofía y acción nikosianas. Las desdobla y multiplica.
El papel asienta. Baja a tierra lo que la palabra dicha suelta en el aire. Evita las terribles consecuencias del temporal. En días revueltos el texto escrito deja otras marcas, contribuye en eso de seguir haciendo surco para sembrar otras dudas, otras preguntas, otras respuestas posibles. Nikosia decide hacerse también papel - una cosa no evita la otra -. Y lo decide así como funciona Nikosia, entre un cariñoso caos organizado, libertades varias y muchísimas ganas de seguir andando. Seguir abriendo campos de acción, de participación y creación grupal para transformar la mirada social sobre lo que llaman locura. Nikosia como movimiento, se anima ahora al periódico. Es parte de nuestro hacer político, de nuestra manera de seguir provocando acontecimientos que nos mantengan despiertos. A todos. Este es el primer número de los tantos que vendrán. Será colectivo, como todo lo que intentamos producir, y esta vez “colectivo” implica también la idea de abrir este espacio a la libre participación de otras palabras que vean aquí un canal posible. El deseo es que el periódico nikosiano sea de todos, construido por todos: lectores, oyentes, nikosianos, ciudadanos con y sin diagnóstico...
 




En este número uno que es ensayo y realidad manifiesta, vamos probando una estructura, una idea, una posibilidad de periódico que seguramente irá transformándose, construyéndose siempre con el tiempo. Esta vez hay varios textos interesantes: A)Entrevistamos a Jordi Marfà, psiquiatra, una persona con una manera distinta de pensar la psiquiatría y sus funciones sociales.B)Supimos de las andanzas de un cierto Topo en el último Congreso Nacional de Psiquiatría. Le pedimos, ¿como no? una topografía de esas trastiendas. C) Creamos una sección de colectivos, es decir, de grupos activos en la lucha por los derechos de las personas. Este mes los compañeros de la Cooperativa Aixec, cuentan su experiencia y sus filosofías de funcionamiento. D) La artista italiana Claudia Vitari -que trabaja junto a nosotros desde hace más de dos años- habla de su obra y pone luces a un otro puzzle posible sobre la experiencia nikosiana. E) Abrimos sección para la palabra poética y otras artes del tipo. F) Nos mantenemos en alerta de cara al TAI.H) Agendamos lo que vendrá.I)...
Como verán, en este número las finanzas escuálidas nos alcanzan sólo para una primera edición virtual. Pero claro, se hará papel cuando cada uno de ustedes lo imprima al calor del hogar en una tarde de domingo. Por lo tanto, empezamos contando ya con vuestra complicidad. Para que lo que planteamos al principio de este escrito sea materialmente verdad, apelamos también al lector. Hoy, aunque los roles sean siempre intercambiables, nosotros escribimos, editamos y diseñamos -con la ayuda inestimable de colaboradores amigos- ustedes imprimen. Abramos el juego. Abramos el círculo.

Unamuno, diría unámonos?
Nosotros sí.
Colectivo Nikosia
A Mararía, a Bob y a Jota. In memoriam. 

 

lunes, 25 de abril de 2011

MICRO-RELATOS




LA MUJER SIN NOMBRE:


Ella no tenía nombre. Podría haber sido Anna, Esmeralda o Magdalena. Sus piernas, cubiertas con redes, eran cantos de sirena en medio del arrecife del Raval. Ignoro cuánto tiempo estuve allí, un segundo, un minuto, una hora mirando: su estudiada indiferencia, sus pechos operados, su maquillaje que no acababa de ocultar ni la edad, ni la experiencia.
Desde aquella vieja cafetería, con el deseo de quien ha sido atrapado, imaginando que mi soledad era similar a la suya soñé que la conocía. Y encendí un cigarro, ella encendió otro, y la miré, escudado detrás de una cortina de humo. Mientras contaba palabras le dije, en silencio, que yo no era mejor que ella, que detrás de los libros o los sueños, yo también me prostituía a mi manera, que esta sociedad sobrevive parasitariamente de tantísima gente como nosotros.


LA NORIA:



Las lágrimas quebraron su mirada como luces de neón. Rastro de sales, restos de vida. En medio de la noche, aquella multitud no era nada, sólo sombras, como fantasmas. Él la miraba; ella, temblorosa, le rehuía. La noria giraba y regiraba su incontrolable vaivén de emociones. Pero sus miradas se encontraron como en medio de un túnel. Se escrutaron en silencio, se reconocieron entre la bruma. Él quiso saber si ella estaba mareada. Ella le hizo prometer que sus lágrimas no serían en vano. 



HUMO:



Disfrazada de sombra, caminas con pesadez elefantina, vueltas las enormes pupilas hacia un desván polvoriento, harapienta y sucia, tu alma desprende a cada paso jirones de borrasca y óxido dibujados en tu cabello...
Me sorprendo saludándote, pero tu mirada quebradiza traspasa los cimientos de mi cuerpo al pedirme temblorosa un cigarrillo para una “buena causa”... Una tristeza infinita inunda mi pecho al seguir hacia delante, sólo dura un momento, tiempo en que miro el paquete de Lucky y recuerdo que los fantasmas no fuman.


 

viernes, 22 de abril de 2011

TARTA DE MANZANA.



La parroquia de San Justo se preparaba para celebrar otra semana santa decorando de flores el altar mayor, donde una imagen de la crucifixión de Cristo copaba las miradas de todos los arrepentidos feligreses. No es que hubiera muchos, en los últimos años la iglesia era un reducto de ancianos temerosos de la muerte, hijos de otra época en la que la Iglesia había extendido su poder e influencia de múltiples formas, sin obviar ni siquiera las violentas y que con el fin de la dictadura veía languidecer su hegemonía, por su testarudo afán de defender una tradición que muchos jóvenes entendían como anacrónica y contradictoria con la sociedad de finales del siglo XX. En las primeras filas, como casi cada mañana estaba Virtudes, de rodillas, con las manos aferradas entre sí y la cabeza gacha, pidiéndole a Dios que la ayudara en su particular camino de espinas. A su lado, su hijo en silla de ruedas, diagnosticado desde su nacimiento de esclerosis múltiple, miraba la escena con la cabeza tumbada sobre el hombro y la mirada perdida, como si no comprendiera o se negara a comprender, como si algo se hubiera corto-circuitado en su cerebro de niño privándole así de la posibilidad de entablar vínculos corrientes con su entorno. Para Virtudes, aunque no lo reconociera en público, su hijo había sido un castigo de Dios, un castigo por sus pecados inconfesables, una prueba o penitencia que le recordaba la existencia de un infierno que evitar. El párroco de San Justo, un exiliado del comunismo ruso, que había abrazado la fe con la rectitud y la dureza de todo un Stalin con sotana, le había aconsejado ya hace años siseando como una serpiente, que fuera cada día a rezar ante el señor, porque éste como era: infinitamente sssabio e infinitamente poderosssso, sssabrá reconossser a lossss sssuyoss en el día del juissssio. Desde aquel día, Virtudes no faltaba ni un sólo día a la cita.

Las crónicas del barrio, que se contaban en los patios de luces, llenas de chismes y habladurías, contaban que el párroco y Virtudes vivían un affaire a espaldas de Pío, el marido de Virtudes, un hombre tímido y callado, que salía poco de casa y que cuidaba en ocasiones de los hijos de sus vecinos, gozando junto a ellos del tiempo que le había sido arrebatado con la enfermedad de su hijo.

Aquella tarde Virtudes salió de la Iglesia empujando la silla de ruedas un poco antes de lo habitual. Giró mecánicamente por la calle Menéndez Pelayo y bajó por la calle Balmes en dirección a su casa, concentrada en recordar la receta de la tarta de manzana para prepararle una al párroco. Casi nunca hablaba con nadie, intentaba evitar toda conversación con sus vecinos y vecinas, sobre todo con sus vecinas, más dadas, según ella, a dejar volar la imaginación al desvelar las crónicas del barrio. Mientras recitaba de memoria los ingredientes de la tarta, Fátima y María, dos vecinas de su bloque que venían de tomar un café la sorprendieron:

-Virtudes, ¿cómo va la vida? Mira que tiene tela que viviendo en el mismo edificio nos veamos tan poco.

-Salgo poco, ya lo sabéis. Mi pequeño me roba mucho tiempo.

-Ay, si es que no somos nadie.

-La vida es así, si te toca te toca. Es Dios que nos pone a prueba.

-Pues menudo Dios y menudas pruebas... A mi me parece que nadie se merece algo así.

-Hay que tener fe, María, hay que tener fe. Sino fuera por la fe, mi vida no tendría sentido.

-Di que sí, Virtudes. Por cierto, a ver cuando te vienes con nosotras a tomar un café.
-A ver si puedo, sí. Ya os diré algo. Ahora no, que parece que va a llover.

-Sí, empieza a chispear. Venga guapa, cuidate. Y dale recuerdos a Pío.

-Se los daré. Id con Dios.

Virtudes aceleró el paso hasta llegar a su casa. Saludó al portero y comentó con él como cada año suele llover en Semana Santa. Subió al ascensor hasta el tercer piso y llegó a la puerta de su domicilio. Introdujo la llave y abrió la puerta. Todo parecía en calma. Ninguna voz, ningún ruido. Cerró la puerta con cuidado, pensando que su marido estaría durmiendo, y al entrar en el comedor vio a su marido con los pantalones bajados, acariciando la cabeza de Judith, la hija de siete años de sus vecinos, que tenía el pene de Pío en la boca. Virtudes no dijo nada, su hijo tampoco. Pío y ella se miraron horrorizados. Judith, que no sabía que la estaban viendo, porque si lo hubiera sabido habría pensado que ese juego que se le había ocurrido a su cuidador ya no tenía sentido (porque era un juego que se basaba en el más profundo secreto) quería llorar, como siempre que jugaban a eso. Para ella era un juego que no entendía, ni le gustaba, salvo por la atracción de lo prohibido, por el goce de hacer algo de lo que nadie se podía enterar jamás, este secretismo la hacía sentirse especial, única, poseedora de algo que nadie más tenía; era lo único que ella extraía de aquel juego, porque ni siquiera lo hacía por Pío, inductor y verdugo sexual, el cual gozaba como un animal abusando de aquella pequeña niña, vengándose a su manera del nacimiento de ese hijo que les había traído el destino. Virtudes empujó la silla de su hijo hasta la cocina y allí comenzó a preparar sigilosamente los ingredientes de la tarta de manzana. Preparó los huevos, la harina, el azúcar y los mezcló hasta conseguir una pasta homogénea; después peló las manzanas y las cortó en láminas; dispuso todo en una bandeja y la introdujo en el horno. Su marido, que acababa de acompañar a la niña hasta su casa, entró en la cocina con aspecto serio. Virtudes, que notó su presencia, ni se inmutó.

-¿Y bien? -Preguntó él. -¿No me vas a decir nada?

Ella guardaba silencio. Lo que había visto era algo horrible, de las peores cosas que podía hacer un ser humano, era un crimen ante dios y ante el hombre, en el que la víctima, como siempre suele suceder cuando los adultos deciden posicionarse en la crueldad, era una niña, cuyo único deseo era ser apreciada, ser valorada, sentirse como alguien especial. ¿Qué podía hacer ella? ¿Denunciaba a su marido? Era lo que tenía que hacer, denunciarlo y acabar de una vez por todas con aquel atropello a la inocencia. Pero si lo hacía, si le condenaban, se quedaría sola con su hijo enfermo, sola ante todas las obligaciones de una vida. Sola, y lo que era más importante, sin dinero...

Virtudes sacó la tarta del horno y la dejó enfriar, al día siguiente se la llevaría al párroco, a quien tampoco le comentaría nada de lo sucedido aquella tarde. Su marido se había encerrado en su despacho a revelar las fotografías que les había robado a unos niños en el parque. Dos horas más tarde, a las diez en punto, ambos se metían en la cama como cada noche. Ninguna palabra, ninguna caricia, ningún leve o fortuito contacto. Mientras ella rezaba sus últimas oraciones del día, Pío se quedó profundamente dormido. Él intuía que su mujer no le denunciaría. Su única preocupación era con quien jugaría cuando su pequeña vecina dijera un día: No. Pero esa duda, según creía, quedaba aún lejos. Quedaban juegos para años y el edificio estaba lleno de niños.