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domingo, 1 de mayo de 2011

CARTA DESDE EL NAUFRAGIO:


Querid@:

Me resulta muy difícil ordenar las ideas en este momento. Estoy hecho un verdadero lío, y no tengo fuerzas, ni demasiadas ganas de ponerme a desembrollar esta madeja de ideas que me aturden. No obstante creo que no me queda otra. Mi vida ha llegado a una situación de enorme fatiga emocional y como siempre que me encuentro en estas situaciones escribir se convierte en un bálsamo que alivia a la vez que desatasca el dolor. Desde que recuerdo siempre he acudido a la escritura ya fuera con afán literario o simplemente como soporte al que aferrarme para no caer. Por muy embrollada que esté la madeja de mis emociones, por muchos sentimientos que se agolpen en la boca de mi estomago, el hecho de estirar de un hilo con la misma suavidad que firmeza me libera de alguna forma. Quizás porque cuando lo hago no temo acabar maniatado ante el caos que a veces supone afrontar aquello que tanto nos duele: la realidad. Y ojo, no digo que escribir me solucione la vida, no, no se trata de eso. Escribir como mucho alivia, como cuando abres las exclusas de una presa que es incapaz de soportar más presión. Muchas mañanas (como esta de domingo) lo hago con las manos temblorosas, como si dudara de que decir o que no decir, de sus repercusiones, del peligro que presuntamente existe cuando fijas el relato de una forma definitiva sobre el momento que estás viviendo. Y esto es así porque cuando hablo en primera persona, es inevitable aludir a un plural. Yo no existo, solo quizás sea como una sombra, pero poco más, mi fortaleza, mi fuerza, mi seguridad la da ese nosotros que formo junto a aquellos que me quieren, me aprecian y con los que comparto mis alegrías y también mis penas. Hoy, desgraciadamente, la cosa no es que esté como para tirar cohetes, como mucho este texto sería una de esas bengalas con las que los marinos intentan pedir ayuda por la noche al ver como su embarcación zozobra.

Algunas personas pueden creer que no tengo motivos para quejarme, que acabo de publicar mi primer libro, que el susodicho además (y a pesar de la falta de publicidad) se está vendiendo bastante bien, que a la gente le gusta y lo aconseja, y por último que tengo una agenda repleta de actos donde defender mi discurso, cosa muy difícil para un loco. Pero estas pequeñas o grandes alegrías, me resultan insulsas precisamente por aquello que comentaba antes del yo y del nosotros. Estos logros personales me resultan del todo descafeinados cuando la persona que más quiero sufre y me encuentro del todo impotente para poder ayudarla. Es así. No hay más vuelta de hoja, ni pretexto, ni pollas en vinagre. He llegado a un momento en mi vida en el que nada me vale, sino puedo compartirlo con aquella a quien amo, y aquella a quien amo (aunque se esfuerza) parece estar atrapada por dios sabe que putos mecanismos emocionales, contra los que poco o nada puedo hacer. Mis esfuerzos por acompañarla en su padecer, mi voluntad de ayudar a aquella persona a quien amo, acaba siendo (o eso me parece) como una suerte de alivio temporal, previo al siguiente ataque. Reconozco que esa impotencia se me clava y me hiere, supongo porque resquebraja aquello que siempre he creído -más que nada porque en mi caso funciona- que el amor es la mejor medicina. Y así, aturdido por la impotencia, sediento de una seguridad y una certeza imposibles, acabo dudando de que mi rutina como cuidador, de que todo aquel esfuerzo que acometo a diario con el único fin de generar alivio, sea realmente beneficioso y no acabe siendo iatrogénico.

Es aquí cuando el miedo a la perdida me satura, zarandeando los cimientos de una relación que hasta hace bien poco parecía estar aposentada sobre una balsa de aceite. 

 

¿Qué debo hacer? Me pregunto constantemente y cuanto más me lo pregunto más dudas se generan. A falta de un mapa fiable de las emociones humanas acabo sintiéndome solo, náufrago en una isla en la que he acabado sin querer. Mientras tanto el miedo va creciendo de forma incontrolable y el simple pensamiento de perder a aquella persona a la que amo me empuja al borde del precipicio. ¿Qué debo hacer? Cuantos los gritos se ahogan ante el furioso embate de las olas, cuando la mano que aferras tiembla y no sabes porque parece que junto a ella tiemble la tierra y sueñas que se marchitan prematuramente las flores de una temprana primavera. Es lo que hay, me dicen, has de tener paciencia, me recuerdan, has de ser fuerte... Recetas que parecen las de la sopa de ajo, que me recuerdan entre tanto claroscuro que la vida es una cárcel con las puertas abiertas y que quizás lo único que deseo es que pase pronto el temporal... Para poder abrazar a mi amor libre con la inocencia de un niño.


Atentamente: Raúl Velasco.

3 comentarios:

Almudena y Raúl dijo...

Querido naúfrago:

Hace casi cinco años, la persona a la que amas tiró una botella al mar con un mensaje de S.O.S y tú la recogiste. Esa persona también te ama, peor en estos momentos no puede ofrecerte nada mas que lo que estais viviendo últimamente.

Ella también se siente impotente y lo único que quiere es proteger tu integridad, tu salud ante todo, tu dignidad. Por eso se aleja un poco, para que puedas respirar...no trata que lo entiendas pero si que lo respetes y quizas con el tiempo aprecies la decisión.

Un abrazo marinero...y hasta pronto, cuando ella llegue a la isla a salvarte dale un gran abrazo.

Tira lso Muros dijo...

Hola Raúl! sólo darte ánimos para seguir nadando hacía tu Proyecto de Vida.
Permíteme decirte que cuidador no te sientas, ni deber asumir ese rol...eres tú y punto!! y quién te conoce, seguro que te valora como eres.
Un abrazo
Hilari

etiquetada dijo...

Urgente:
Salir del bucle, salir del bucle, salir del bucle....¿cómo? sacando la cabeza fuera, a cualquier sitio, pero sacarla, y sacarla rápido!

Abrazos