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miércoles, 23 de febrero de 2011

INSTALADOS EN LA CERTEZA.

Entiendo que posicionarse, como hacen los ejércitos, es estar en un lugar real o simbólico, con la idea de mantenerlo. Coronel, hemos tomado la colina señor, dijo el sargento. Bien, respondió el coronel, celebremos la victoria cantando el Cumbayá con nuestros enemigos delante de una hoguera. Amigos míos... Si la guerra fuera así... En fin. Me parece que hay otro tipo de guerras, o batallas, mucho más cotidianas, en las que la gente se posiciona como buenamente puede. Dicen que posicionarse en la certeza es síntoma evidente de que estas perdiendo estas pequeñas batallas, porque tu forma desesperada de autodefenderte es enrocarte en tu posición, en tu certeza, hasta el punto de que no dejas entrar en tu castillo ni al repartidor de leche. Esta forma de delirio es algo así como un intento de reacción, una forma torpe (como todas aquellas donde el otro y sus opiniones son expulsados de tu vida) de sostener tu imaginario. Mierda, estoy rodeado, me atacan por todos lados; pues que se jodan, yo corto las comunicaciones, no les voy a dar el gusto de ponérselo fácil. O por el contrario: Esto es así, dijo él, ¿y eso cómo ocurrió? Le preguntaron, ¿Cómo que cómo ocurrió?, es así y punto pelota. Más allá de programas presuntamente deportivos que me parecen aún más demenciales que la discusión de dos señoras estirando de un sostén en el primer día de rebajas, creo que se esconde en este tipo singular de violencia el germen del delirio, el fruto de la sospecha.

Hoy en día cualquiera diría que el diálogo se pisotea constantemente, que estamos tan acostumbrados a nosotros mismos y nuestras paranoias que cuando nos comentan algo que se sale de nuestra percepción de normalidad nos quedamos más rígidos que un pato de madera. En nuestra piso compartimentado y con doble aislamiento, en nuestro puesto de trabajo donde pasamos tantas horas delante de un cursor parpadeante que nos comemos la cabeza magnificando posiblemente todo aquello que nos ocurre, tanto lo bueno como lo malo, porque nuestros compañeros no nos han preguntado por que tenemos más ojeras que el Conde Drácula. Estos son los ingredientes más cotidianos de cualquier problema y desgraciadamente son ingredientes social, cultural y sistémicamente aceptados. Así las cosas, cuando uno peta, la gente se sorprende, como si pensaran: pues yo estoy en sus mismas condiciones y me jodo.

Casi nadie se sitúa en la posición del observador y menos aún son los que dudan de sus percepciones. Creo que esto ocurrió así, que si patatín-patatán, nunca será lo mismo, que acabar la frase con un porque sí, y punto-pelota. En cuanto ofreces tus opiniones en tanto creencias, en realidad estás invitando al otro a responder, a dialogar, a completar tu discurso con sus aportaciones. Le ubicas ante ti -no por debajo-, desde la forma más simple de horizontalidad. Desgraciadamente parece que en la sociedad del individualismo más exacerbado esto no interese, porque la mayoría nos instalamos en la certeza, porque resulta más nutritivo pa' nuestros peazo de egos estar seguros de lo que decimos, como si el disfraz de las palabras pudiera llegar a sustituir aquello que somos cuando sin pensar demasiado en lo que hacemos, compartimos lo que somos y, sin que nos importe demasiado, queda expuesto el como estamos en ese momento. Es como si en esta sociedad tan libre, crezcamos con el miedo  constante hacia los demas, como si tod@s sospecháramos de tod@s, o que nadie quiera conocer a nadie, por miedo a que le pillen en un renuncio. Y es que en realidad, cualquiera puede derrumbar el castillo de naipes que montamos, pensando que será una construcción indestructible.

Otra cosa es que si es de día de día, si es de noche es de noche, y que si algo es de madera está claro que no es de plástico (aunque con los muebles de IKEA siempre me queda la duda). Pero el que exista un acuerdo cultural por medio del lenguaje para definir ciertas situaciones no quiere decir que éstas representen con precisión todo lo que conlleva la vida humana, su constante intercambio y evolución. Es por tanto obvio que en el diálogo -incluso en el monólogo interior- no sólo importa el qué decimos, sino también el cómo, el porqué, el cuando, etc. Conseguir un relato fiel a uno mismo, donde siempre haya un espacio, un lugar para el otro y la posibilidad que éste te plantee. Y si el otro se posiciona en la certeza más absoluta, si el diálogo se hace imposible, se contamina con dios sabe que adherencias pasadas, si se atora ante la imposibilidad de comprender, siempre será mejor callar, escuchar y cambiar de tema. Más allá de discutir por deporte o afición, la confrontación suele tener una consecuencia directa: la perpetuación de un conflicto.

4 comentarios:

Jony Benitez dijo...

Buenisimo y excepcional que no inquietante ni demencial.


bks

Raúl Velasco Sánchez dijo...

Tres minilampreas (versión gallego-delirante de los tres minipuntos de Faemino y Cansado) para mí, YUJUUUUUU!!! XDDDD

todopsicologia dijo...

Esta, lo siento, va par facebook.....
Un abrazo.

Raúl Velasco Nikosia dijo...

Bueeeeno, vaaaaalee, de acueeeerdo... Hay que ir calentando a la posible audiencia del martes.

Un abrazoooo!!!