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lunes, 14 de febrero de 2011

INGRESO (IN)-VOLUNTARIO.





A Doski nunca le gustó el verano. Demasiado calor, demasiada humedad. Claro que “nunca” es una palabra demasiado taxativa, en realidad, de pequeño, cuando iba junto a su familia a disfrutar de unos días en la playa, las tardes de verano se convertían en un regalo que dilataba su disfrute junto a las horas de luz. De todas formas aquellos tiempos quedaban muy lejos, formaban parte de un pasado en el que Doski atesoraba sus más felices recuerdos y sus ilusiones de infancia, cuando soñaba con crecer y ser un adulto de provecho, un escritor o un juez, por ejemplo. Quizás fue por sus ansias de crecer demasiado deprisa o por la severa educación a la que fue sometido durante largos años, la cuestión era que ahora que por fin se había hecho adulto, Doski no era más que el loco del pueblo. Un ser repudiado por una mayoría desconfiada, que cambiaba de acera o aceleraba el paso al cruzarse con él por las calles de aquella pequeña ciudad. Él hacia mucho que se había percatado de dicha situación, pero le daba igual. Cuando el sentimiento de culpa, la frustración, el dolor, la pena, la agonía o el miedo le consumían, él iba a ver a un viejo amigo con quien le unía un lazo mercantil difícil de deshacer.

-¿Cuánto quieres? -Le preguntaba Mico a su viejo amigo.
-Lo de siempre: doski. -Contestaba él, que se había ganado el sobrenombre de Dosky porque siempre compraba la misma cantidad de hachis: dos mil quinientas pesetas.
-¿Tienes la pasta? Sino hay pasta, mejor que llames a otra puerta. -Le amenazaba Mico.
-Sí. Ten. -Le respondía alargándole el dinero, como tantas veces, como si fuera el comienzo de un viejo ritual.
-Bien... Amigo mío, te va a gustar este nuevo material, me lo trajeron hace nada de Marruecos, casi nunca llega chocolate de tan buena calidad por estas tierras.
-Suena muy bien.
-Pues sabe mejor.

El primer canuto se lo liaba allí mismo, en casa de Mico. Y fuera como fuese, siempre le agradecía la venta, como si el camello, al hacer su negocio, le estuviera haciendo un favor. Porque Doski fumaba mucho. Su relación con el cannabis había empezado como una huida hacia lo desconocido, motivada por el afán de experimentar nuevas sensaciones, nuevos territorios de su alma sin necesidad de demasiados esfuerzos. Pronto los motivos o las excusas para fumar se multiplicaron exponencialmente. Estaba enganchado a ese humo y sus ensoñaciones, de forma que un día, sin quererlo, acabo encerrado para siempre entre los muros irreales que él mismo había levantado. Allí, sin apenas contacto con el exterior, sin apenas contacto con el niño que fue en otros tiempos, miro cara a cara al abismo, y se arrojó a él como un acto desesperado de autocuración.

Una tarde húmeda y asfixiante de agosto, Doski se dirigía a casa de Mico, aún le quedaba un poco de chocolate en el bolsillo, pero no quería quedarse sin nada. Ya casi había llegado a su oasis particular, cuando el coche de sus padres se detuvo a su lado. Su padre le indicó que debía subir. Doski se negó. Su padre y su madre le suplicaron que subiera y una vez más se negó. Finalmente el padre le amenazó con llamar a la policía si no les acompañaba al hospital y Dosky supo que hablaba en serio. Subió y el coche salió de aquel pequeño pueblo una tarde de agosto, en la que Dosky no supo que le angustiaba más si la pegajosa calor del verano o el silencio mortuorio que les acompañó durante todo el trayecto.

En urgencias del hospital comarcal les estaban esperando. Al parecer, los padres de Dosky habían movido cielo y tierra en busca de un ingreso para su hijo. Querían salvarle, querían curarle, querían que fuera un hombre de provecho. Pensar que si a ellos les pasaba alguna desgracia, su hijo acabaría muerto en cualquier esquina les aterraba, aunque les aterraba aún más el que alguien se lo encontrara muerto mientras ellos vivieran todavía. Después de hablar con el médico de familia, con la policía y con el juez del distrito, decidieron darle una oportunidad de ingresar voluntariamente. Si ellos fracasaban, las fuerzas del orden público se encargarían de ejecutar el protocolo de ingreso involuntario, bajo el amparo de la ley pública de sanidad. Esto claro está no fue necesario, algo le dijo a Doski que no valía la pena discutir, que era momento de recular, que más le valía someterse con el fin de evitar males mayores.

Después de una breve exploración verbal y dos analíticas, Dosky fue subido a planta. Lo primero que le dijeron era que debía desnudarse y ponerse una bata que sólo le cubría la parte delantera del cuerpo. Él no pudo reprimir pensar en las películas carcelarias, donde de lo primero que le despojan al reo es de su ropa, como si el acto de desvestirse y tomar un nuevo uniforme representara el abandono de una vida pasada, de una libertad muchas veces desaprovechada, y, tras esto, la aceptación de un nuevo rol donde, al menos en aquella planta de psiquiatría, se quedaba uno con el culo al aire.

Doski era de ese tipo de drogadictos que le tienen pavor a las medicinas psicoactivas. Se contaban verdaderas calamidades de aquellos fármacos capaces de someter al espíritu más fuerte. En su caso no tardó mucho en comprobarlo. La noche siguiente de su llegada le dieron una pastilla que le hizo dormir durante 14 horas seguidas. Al ser despertado por un médico que lo zarandeó como a un niño holgazán, no supo como reaccionar. El médico le hacía muchas preguntas, que él contestaba como buenamente podía, con la cabeza embotada, el paladar reseco, la mirada perdida y su alma y sus creencias convertidas en una especie de sabana colgada sacudida por el viento. Dosky se puso furioso. No comprendía como un médico hacia preguntas tan personales, cuando todo indicaba que sus respuestas le importaban menos que nada. No había verdadero diálogo, era más bien una especie de monólogo inaccesible, donde Doski dejaba de ser él, con la misma velocidad que sus respuestas se desintegraban ante la más absoluta indiferencia.

-Tío, ¡Que soy una persona! ¡¡JODER!! Pa que preguntas si te la pela lo que te diga.
-Más vale que se tranquilice, señor Corrientes.
-Manda huevos... Y si no me tranquilizo qué, ¿me vas a drogar?

El médico miro el busca y se despidió con un escueto hasta mañana. Poco después de que éste saliera de la habitación entraron tres fornidos enfermeros y una enfermera con una inyección en una bandeja. Invitaron a Dosky a que se tumbara en la cama y Dosky obedeció desconcertado. Al ver que lo iban a atar intentó mediar, les dijo que aquello no era necesario, que él era pacifista. No le hicieron caso. Pocos segundos después caía en un estado de inconsciencia farmacológica.

Cuando abrió los ojos, tuvo la sensación de haberse despertado de un coma. Estaba hambriento y muy sucio, no sabía cuanto tiempo había pasado allí dormido, pero las heces acumuladas en la cama indicaban que por lo menos había pasado dos o tres días más muerto que vivo. Seguía atado así que gritó, o lo intentó, porque casi se ahoga con sus propias babas que salían a raduales de su boca. No podía moverse, no podía hablar, no sabía que habían hecho con él, pero sí que sabía que aquello en lo que le habían convertido no era él. Forcejeó con las correas hasta lastimarse los brazos. Cuando llegaron dos enfermeras para limpiarlo todo síntoma de rebeldía había desaparecido. Doski ya no era doski, era la sombra de una sombra, un jirón de nube deshecho por el viento, un astro condenado a un eclipse perpetuo.

El médico volvió aquella misma mañana y continuó con el interrogatorio. Su paciente debía escribir las respuestas como podía, ya que era incapaz de articular más de dos sílabas juntas. El médico le informó de que sus padres querían ver como estaba, pero él, en un arranque de amor hacia ellos le escribió estas cuatro palabras: No pueden verme así. Si sus padres veían el despojo en que lo habían convertido jamás se lo perdonarían. Ningún padre está preparado para ver a un hijo así, pensó. ¡Eso jamás!

Con el paso de los días el paciente de la 704 parecía estar mejor. Dormía mucho, pero no volvieron a atarlo. La primera visita que recibió fue la de su madre. Su padre no estaba seguro de querer verlo en aquel lugar. Su madre le trajo ropa, no el pijama que le habían exigido desde control de enfermería, sino varios prendas de ropa deportiva que había comprado expresamente para aquella ocasión. Desde que su hijo se negara a dejarse ver, entendió que la humillación a una persona ha de tener sus límites y que si ellos como padres no los ponían, nadie libraría a su hijo de un trágico final. Pero por otro lado, a pesar de ese proteccionismo, la madre no podía evitar sentirse dañada y ultrajada por la conducta que había llevado su hijo durante años. La vergüenza, que sentía cada vez que una vecina chismosa le contaba algún rumor delictivo o le preguntaba con sorna qué era de aquel hijo suyo que no se parecía en nada a ella, la había estado carcomiendo durante casi un lustro. Esto se traducía en una especie de acoso maternal, como un cariño frío, como un desconfiado interés o un goce perverso con toda aquella situación. Ella más que nadie deseaba anular todo atisbo de aquel a quien llamaban Doski. Su hijo se llamaba Alberto Corrientes Menta y no pararía hasta recuperarlo. A Alberto le consumía la culpa durante el tiempo que pasaba con su madre. Lo único que le pidió fue una libreta y un bolígrafo para poder escribir.

Pasaban dos semanas de su ingreso cuando le visitó un médico nuevo. Éste no parecía muy interesado en lo que decía Alberto, pero en cambio mostraba mucho interés por aquello que escribía. Ese pequeño reconocimiento, esas breves conversaciones sobre literatura que sostenían entre los dos fue la salvación de Alberto. Durante una visita de su madre en la que había acabado discutiendo con su hijo, ésta buscó al doctor y le pidió que medicaran más a su hijo, ella no tenía porque aguantar aquella conducta, con todo lo que ya había sufrido en el pueblo. El medico se la llevo a su despacho y le dijo algo que aquella madre nunca olvidaría.

-Como médico de su hijo, tengo el poder de anularlo farmacológicamente. Su hijo jamás volverá a discutir con usted, jamás volverá a discutir con nadie. Si le subo la medicación a Alberto no se diferenciaría mucho de una ameba o de una piedra de río a la que la vida la supera. Así que no pienso hacerlo. Prefiero que su hijo discuta o incluso delire si así puedo asegurar que siga escribiendo. Sus poemas, sus escritos aunque usted no lo sepa, es aquello que une a su hijo a este mundo. Sino fuera por la literatura, su hijo haría mucho que habría muerto.

Alberto se enteró de esta conversación por ambas partes. Era la primera vez en mucho tiempo que apostaban por él y por su obra. Después de sentir la más absoluta desestructuración mental y diagnóstica, le habían dado la oportunidad o la prueba inequívoca de que su curación, si es que se puede de hablar de curación en un mundo arrasado por la locura, pasaba irremediablemente por la palabra y su lenguaje. La literatura, al menos para él, sería la mejor de las medicinas.




4 comentarios:

Amaia Vispe dijo...

Jodeerrr!!! Qué impportante es que crean en uno.
Un beso enorme y un hasta pronto!!!

etiquetada dijo...

Cada vez mejor,mejor y mejor. No sabes cuánto se agradecen tus relatos, qué manera más buena y más cierta de poner en palabras lo que tanta gente aún no sabe, quizá porque no lo quiere saber, o quizá porque nadie se lo había contado tan bien como ahora.
Un abrazo crack!

Jesús Castro Rodríguez dijo...

Pues eso......en tu línea.
(es que tengo que guardar las formas, no vaya a ser que se me acuse de propagandista, jaja).
Abrazos.

Raúl y Almu dijo...

Sí, es muy importante que crean en uno y que uno crea en los demás. Si uno siembra confianza, suele recoger esperanzas. Etiquetada gracias, chica, jolines, al final me lo tendré que creer (jejejejeje) Gracias a tdoos por vuestras palabras, es una gran manera de acompañar el café con leche.

Abrazossss!!!