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lunes, 2 de junio de 2008

Tengo cosas que contar...


…La comunicación. Quizás el único motivo por el que el hombre ha evolucionado tanto. Ya se inicia La Biblia, "Al principio fue el verbo", la palabra. A partir de ahí el hombre empezó a pensar en quien era, de donde venia, a donde iba. Los nombres ayudaban a recordar, a crear lazos imaginarios entre las cosas, a explicar la realidad tanto interior como exterior. Porque una idea, por muy valiosa que sea, sino se comunica, se pierde en el vacío infinito del olvido, en la nada inmensa que se abre tras la muerte, cae por la fuerza de la gravedad en el hueco oscuro de lo no comunicado, en la sombra que dijo aquel, en el subconsciente. Es una puerta cerrada con cadenas, que se esfumarían por arte de magia, con el simple hecho de empezar un relato, fiel a uno mismo; dejando entrar en el jardín interior de cada uno al interlocutor idóneo. Si algo no quieres que se sepa, no se lo digas a nadie, eso está claro; pero los secretos son cárceles donde uno se encierra por voluntad propia, y como cárcel que es, tiene sus inconvenientes, y es que te pasas la vida atado a las paredes frías de tu silencio.

Hablar, escribir con la intención de mostrar tu interior a los demás, cultivar esa zona árida que se puede convertir en vergel, comunicarse con las manos, con una mirada, con un caricia o un abrazo; con la imagen en sepia de una fotografía antigua, pretexto, muchas veces, para las pequeñas grandes historias que guarda uno en la pátina de la memoria.

Si hay algo que no me gusta de estos tiempos es que la gente no sabe escuchar, no tiene ni tiempo, ni ganas; ni paciencia cuando tiene tiempo y motivación. La gente se camufla bajo gafas de sol, hacen oídos sordos con los auriculares, se embarcan en lecturas que solo servirían, siendo benévolo con ellas, para poder mas tarde reconocer un buen libro. Creen que pensando mal se acierta y: humillan, ignoran, aíslan, en una época en la que no hay Robinsones. Todo está hecho, prefabricado, bajo unos cánones donde la belleza es un prototipo plastificado; y donde lo que se sale de lo normal, lo que se convierte en una figura fuera de la cuadricula planificada por la sociedad es tachado inmediatamente: anulado, etiquetado con las palabras más horribles, estigmatizado, ninguneado, criminalizado, diagnosticado.

Ay… La normalidad. En un universo donde todo es posible, donde las energías fluyen desde hace millones de años creando un mapa inabarcable, misterioso, caótico y violento; aparece el hombre capaz de lo mejor y de lo peor en un mismo día. ¿Por qué es normal que los poderosos maten impunemente, ya sea organizando guerras o, explotando las materias primas de un país subdesarrollado, donde su población se muere: de hambre, de sed, de enfermedades, cuya cura no llega, porque la salud no es un derecho si hay patentes de por medio? ¿Por qué es normal que el control de las masas ocupe un lugar primordial en los presupuestos de los países? Una masa que puede que tenga motivos para quejarse, pero que por decreto pierde su libertad de expresión, de pataleo, de inconformismo. ¿Quién dice que es normal y que no lo es? Una cosa puede ser normal y nociva al mismo tiempo, pero será aceptada y respetada incluso alabada por los más necios. En cambio otra, poco habitual pero buena, solo por extrañeza, por ignorancia, por el neurótico miedo a lo nuevo, que no es mas que el reflejo de revivir un pasado de rechazo y frustración, será atacada.

Abrir ventanas al mundo, dejarse llevar en torrente por el sano impulso de conocer, no conformarse con lo aprendido sino emprender cada día el reto de superarse a uno mismo. Hay está, creo yo, la clave para una vida digna.

Yo he aprendido muchas cosas a lo largo de mi vida, desde niño, que me empujaba la comezón de ir más allá de lo que la realidad presenta como típico de un benjamín. Puedo afirmar sin faltar a la verdad que he vivido experiencias que me han fortalecido como persona, ya lo decía aquel "lo que no mata te hace más fuerte". Y yo he tenido que crecer a base de palos, con los que habría enloquecido sino fuera por la contrapartida natural que encuentra toda alma noble en la selección de las categorías de su personalidad. Sustancia del ser luchador, del no rendirse, ni resignarse, levantarse después de cada tropiezo, como una vital obligación.

Y este relato interior, donde voy descubriendo lentamente, como en un strip tease solitario delante de la luna del espejo, un cuerpo con cicatrices. Pero ante todo vivo, y libre, y valioso. Atado sólo a las costumbres de lo cotidiano. Esas pequeñas cosas que le construyen a uno la rutina de sus días. Intenta descubrir un mapa actualizado, una guía para todo aquel lobo solitario que se embarca decidido en el viaje hacia sí mismo.

Personalmente, encuentro un placer, sin más límites que los que impone el tiempo, en esas pequeñas cosas de las que hablaba antes. Una belleza singular y sublime, en saber degustar como si fuera un gran vino, el refinado sabor que deja en el paladar una rutina de amor.

Situaciones sencillas: como el te del desayuno junto a las tostadas y el yogur de mi esposa, cuando el vapor del agua hervida acompaña a una ternura llena de sobreentendidos, cuando se inicia el día con una sonrisa, muchas veces a pesar de que uno no ha dejado dormir al otro por la fuerza de su respiración. Las visitas a mis padres, reuniones donde afloran los recuerdos, los buenos y los malos, pero que a pesar de todo, lo bueno, y lo malo también, nos unen deseos de mutuo bienestar. Las cenas con ese grupo que formamos con amigas en las que yo que soy el único hombre, soy una más. Las charlas en la taberna de la esquina con mis vecinos, regadas de refrescos y risas, chistes sobre los conceptos de nación, exaltaciones de la sexualidad viril de los ancianos, que responden con carcajadas a los comentarios disparados por los jóvenes como yo, agradecidos y a la vez con un toque de ironía en la mirada, como si quisieran decir que ni tanto ni tan poco. Los largos paseos en compañía de la fiel “Luna”, nuestra pequeña Joirside. Los prolongados ronroneos de mi gatita, mimosa y traviesa por igual, de la que admiro su limpieza exhaustiva y su curiosidad. Las horas en que me siento a escribir y me dejo llevar por la meticulosa labor de encontrar palabras que den sentido a mi vida, un poco lo que estoy haciendo ahora en esta sala de espera, liberando de mi mente un discurso que me ayude a ordenar las ideas.

Aunque la labor de escribir sea para mí más una afición que una profesión, me empeño como un artesano de los de la vieja escuela, un ebanista por ejemplo, en pasar una y otra vez el guillame y el papel de lija puliendo a la vez que das forma a la desalmada madera, imprimiéndole carácter, deshojando la superficie inerte hasta que aflora el corazón, mi corazón.
El acto de escribir sería como una suerte de coreografía que bailas al tempo de la música que resuena en tu cabeza. Tienes que estar tanto por el buen hacer de tus pasos como los de los que te rodean, evitando un posible traspiés que daría por tierra la labor ensayada a fuerza de sudor y empeño. Hablo de la descripción, del monólogo interior, del narrador testigo, de la meta-literatura, del diálogo, de los sucesos que aportan las claves de un misterio que se puede resolver con fantasía. Todo en su sitio, a la espera de su turno, de que le toque salir a escena para mayor o menor lucimiento de la obra. Escribir es todo un arte. Pero si por algo me gusta, si por algo disfruto tanto con esta manía mía de colocar cada cosa en su sitio a la espera del juicio de un lector amigo. Es que es un arte solitario. Un contrapunto a mi vida llena de personas que me aprecian o me aman, que me hablan de su historia, que me hacen reír y llorar, que me emocionan, me estimulan a seguir en el camino sin bajar los brazos, ni detenerme, ni volver sobre mis pasos. Personas que me comprenden pese a que no siempre uno encuentra ese término preciso que resolvería la duda planteada en esos momentos en que se te ensombrece la mirada y te sientes perdido…
* * *

En el reloj de la sala de espera las agujas marcaban las doce en punto. En cualquier momento se abriría la puerta que comunicaba con el despacho del médico y una enfermera con voz hermética le pediría que pasase. Allí un viejo y aburrido oyente, calvo y rechoncho, de voz dubitativa y grave; amante de las grandes tragedias operísticas y con tendencia a cerrar los ojos y dormitar por el sopor que le producía su adicción al güisqui, mientras duraban las afligidas explicaciones de sus pacientes; haría como si se preocupase por Raúl durante cuarenta y cinco minutos exactos. Ni un minuto más, ni un minuto menos. Todo eso con el pacto tácito de abonar noventa euros al acabar la sesión.

Pero ese momento no había llegado y Raúl seguía divagando para sus adentros.
* * *
…Perdido, como cuando te sales de la senda y te adentras en la selvática y frondosa maleza, en busca de aventuras, pero también sin más meta que sobrevivirla, para después poder contarla, orgulloso de tu hazaña. Es como cuando te bloqueas en una frase, suele ser en medio del barullo que has montado en el nudo de un relato, sujeto al vértigo que te produce la ansiedad, latente y en aumento, por intentar elegir el camino correcto en un cruce de caminos. ¿A la izquierda o a la derecha de ese viejo roble?

Es ahora cuando me pregunto qué me ha traído aquí. ¿Acaso me siento perdido?, yo no diría eso. Es más un miedo a la muerte. Las pesadillas de las últimas noches, que si en sí ya son molestas, encima han sido recurrentes tienen mucho que ver. No es agradable sentir como caes en un pozo abierto ante ti, sin querer y que no hay a lo que asirse, ni rama ni cuerda de riel. Sólo un vacío, una nada succionadora y envolvente como niebla al amanecer.

No se lo he comentado a nadie, y quizás por eso siento miedo y estoy aquí. Para que me suelten una explicación racionalizadora, pero realmente me va a solucionar algo explicárselo a un desconocido. De acuerdo, puede darte una perspectiva nueva, como esos personajes secundarios de las novelas, cuya función, en sí, es ayudar en momentos de turbación al protagonista. Pero también puede resultar que no me ayude, llevo un buen rato reflexionando, divagando en mis soledades en esta incómoda butaca.

Tal vez sería mejor que escribiera lo que siento, sobre lo que me importa, sobre muchas de las incoherencias y paradojas de esta sociedad en las que nos atascamos por cansancio, por vernos solos ante la inmensidad, como náufragos de la corbeta de la comunicación…

Las agujas habían recorrido un cuarto en la sala de espera cuando se abrió la puerta y una enfermera preguntó por Raúl Velasco, aunque no había nadie más en la sala.
-Soy yo.- Respondió Raúl.
-Pase por favor el doctor le esta esperando.
-¿Está sentado? –Preguntó entonces Raúl en un impulso.
-Sí. – Respondió la enfermera contrariada, a lo que añadió -¿Por qué lo pregunta?
-Para que no se canse de esperar. Me largo de aquí, tengo cosas que contar.
-Pero ¡Oiga!
Raúl la oyó, pero hizo caso omiso. Se levantó de aquella incómoda butaca, y salió de la consulta de aquel psiquiatra, el cual, al enterarse de lo ocurrido, recriminó a la enfermera por no haberle cobrado la terapia pérdida. Como ya no había nada que hacer se sirvió un güisqui mezclado con una píldora de Aprazolam, con lo que durmió plácidamente durante un buen rato. Hasta al cabo de tres horas no tenía más visitas.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo también tengo cosas que contarte,`por cierto, buenisimo lo que escribes y la reflexión que te lleva a dejar la cosulta y marcharte, creo que muchas veces somos culpables nosotros mismos de pensar tanto las cosas y no aceptar "UN, POR QUE SI", me explico, por que si me refiero a que no necesariamente todo tiene que tener una respuesta y si la tiene puede obedecer a cosas quizas demasiado evidentes y naturales, en el caso de las pesadillas, una mala digestión, simplemente puede originar pesadillas, postergar cosas que nos resultan pesadas de hacer y mentalmente las repetimos en nuestra cabeza pero somos incapaces de pasar a la acción, quizas por la pereza.
Raul muchas gracias por atenderme al telefono, mientras contemplaba a mi hijo hablando contigo pensaba, a lo mejor te parece una estupidez, en lo bueno que sería un telefono en que las personas de salud mental pudieran llamar y ser escuchadas por otras personas con su misma situación, no se si me he explicado, pero has sido de mucha ayuda RAUL EL PODER COMENTAR CONTIGO LO QUE ME PREOCUPABA, pues tu conoces mucho de todo esto.
Muchas gracias.
Luz

Almudena y Raúl dijo...

Muchas de nadas Luz, cielo, para mi es un placer poder ayudar a alguien a fin de evitarle trances en los que me he visto implicado a la fuerza y por desconocimiento. No siempre dos + dos son cuatro, según las teoría de la relatividad, y en cambio las bases de la psiquiatría contemporánea siguen ancladas en una física newtoniana obsoleta incluso para el movimiento mecánico. ME ha encantado poder charlar con Alex. Y si os servido de ayuda mira mi buena obra del día. :) Por cierto no es ninguna tontería lo del telefono de emergencias. Ninguna tontería. Un abrazo grande Luz y mucha fuerza para tirar hacia adelante que de eso se trata

Raúl.

Anónimo dijo...

Bueno 1º preguntar por Almudena, ley algo en el foro que me entristecio y no supe que decir, tan solo decir que me has enseñado muchas cosas y que tienes mucho que decir.
Por fin hoy hemos podido acudir a la consulta yo ya estaba que me subia por las paredes, le han quitado la medicación que te comente por telefono y le ha mandado media pastilla de un antidepresivo que se llama aremis de 100 mg, por las mañanas.
Eso hay
Buenas noches
Luz