Caen las hojas como pesares
acumulado humus
del que brotaran las palabras.
Desnudos mis brazos
aleteo en pos del viento
vuelco el vaso vacío desparramando
las nubes que emborronen
el sentido intrinseco que anida tras la puerta.
Así que detened los relojes
congelad hasta el más mínimo movimiento
que calle hasta el viento
y reduzca su latido
ante los pasos del cangrejo.
Palpitan, las sofocadas golondrinas,
ausentes y oscuras, al detener su viaje.
Y el sol le dice a la lluvia:
-No llores, enjuaga tu pena
tras los visillos y tras las calles
tras el bramido de la hojarasca
pues todo, absolutamente todo,
renace bajo mi signo.
La lluvia entonces le dice al sol:
-No creas que mi llanto es en vano. La
alegría ha de nacer
necesariamente
del dolor.
Mientras tanto
aquí, en el mar,
en su vientre fecundo
exploro la superficie de tu nombre
tan real,
como anónimo.
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