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jueves, 14 de junio de 2012

El diario de los invisibles. Revista 7set7




Hace 45 años nacía Juan Carlos en el seno de una familia humilde. Afirma que sus primeros recuerdos de infancia son de plenitud, a pesar de que su padre les abandonó cuando él tenía sólo unos meses y a pesar también de que el virus de la meningitis le atacó dejando en él un retraso sensorial e intelectual importante, su madre, con la ayuda de sus abuela, se esforzó por sostener el equilibrio en una familia erosionada en lo precario. Elude hablar de su etapa formativa, afirma que su escuela ha sido siempre la vida, intuyo que crecer en los años 70 con una discapacidad reconocida de un 45%, que le dificulta pronunciar con claridad, no debió ser nada fácil. Los niños, ya se sabe, pueden ser muy crueles.



La calamidad, no obstante, empieza durante su adolescencia. A los 14 años su madre adquiere una extraña enfermedad y Juan Carlos dedica, desde ese momento y hasta cumplir los 28 años, por entero su día a día a cuidar de ella, a devolverle de la mejor manera posible los cuidados que tan amorosamente le había dedicado su madre. Sus hermanos y hermana están demasiados ocupados y sus intentos, afirma Juan Carlos, de cuidar a su progenitora resultan torpes o equivocados. Cuando finalmente la madre fallece Juan Carlos siente como su vida ha perdido el sentido y desde entonces avanza dando tumbos, de aquí para allá, conviviendo con un sentimiento de extrañeza y vacío que transforman su vida en un periplo por los infiernos de la soledad.

Antes de esta entrevista me había cruzado con Juan Carlos en algunos bares de Rubí, siempre parecía mostrarse alegre, desenfadado, hablando de los temas típicos que se hablan en esos lugares: el último partido del Barça o del Real Madrid, del mal gobierno de Zapatero y de Rajoy, etcétera. Juan Carlos afirma que le gusta estar con gente, que le gusta hablar y escuchar, que le gusta compartir con aquel que se preste un rato jugando a las cartas o una cerveza. De familia le queda poca, su hermana y un hermano alcohólico, con quienes apenas tiene relación. Su padre ausente ya murió. A otro hermano simplemente lo ha borrado de su vida, aunque no me explica el porqué. Su verdadera familia es un grupo variable de personas anónimas formado por aquellos que no le rechazan por su discapacidad y que se detienen a hablar con él.

Su discurso es un constante viaje en el tiempo en el que salta del pasado al presente con pasmosa facilidad. Sólo se detiene para posar la mirada sobre el café con leche como tomando aire o si quisiera leer entre las burbujas de la crema algo sobre su futuro más inmediato, del cual le preocupa donde podrá llevarse algo a la boca. Cada mediodía va religiosamente al comedor de Caritas donde afirma que suele quedarse a limpiar una vez acabado de comer. El problema está en el desayuno y en la cena. Esos momentos, la salida del sol y su puesta, como prueba evidente de que la vida continua inalterable en lo precario, en los que intuyo que el sentimiento de soledad se acrecienta, hasta el punto de buscar asideros en rostros y voces apenas conocidos, que con suerte le invitaran como esta mañana a tomar un café.

Juan Carlos sostiene que lleva dos años sin trabajar, desde el 2010, año en el que cerró el Frankfurt donde estuvo casi un año tras la barra. La mayoría de sus trabajos han sido sin contrato. Ferias, bares, buzoneo, reflejos de una vida itinerante, en busca de un goce perdido, de un calor humano que añora y que seguramente no volverá.

Hay noches en las que se sorprende llorando. Afirma que es porque el recuerdo de su madre viene a hacerle compañía y se queda un rato con él. Estos sentimientos lo han llevado en ocasiones al Centre d'Orientació Sanitaria, Ferran Salsas i Roig de nuestra ciudad. Le han mandado tratamientos: antidepresivos, ansioliticos; de los que reconoce haber abusado como método infructuoso para reencontrarse con su madre.

Es lo que le queda. Su memoria a veces ágil y otras más torpe. En una vida como la suya atravesada por la discapacidad y la tragedia, la memoria le devuelve el rostro de su madre como ancla para no perderse del todo. Le pregunto que cambiaría si un genio le ofreciera tres deseos. Juan Carlos posa la mirada en el café y al levantarla hacia la mía me dice sin titubear:

Si tuviera una varita mágica, me desprendería de la enfermedad, volvería al pasado sabiendo lo que ya me ha enseñado la vida y me reencontraría con mi madre... Creo que así podría llegar a ser feliz.”

2 comentarios:

pere dijo...

abrazote!

ancar dijo...

Ser sensible a veces es más un lastre que una ventaja. Creo que entender que el ser humano es un bicho muy interesado y evasivo, y que hay que ser materialista y pasar, acaba siendo signo de madurez. La inteligencia académica está muy sobrevalorada. Escribes bien y sin melodrama, me ha llegado esta historia. .