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martes, 17 de julio de 2012

LA CONSTRUCCION COMPARTIDA




La construcción compartida”
Espacios saludables sobre los márgenes de la locura.

Es preciso partir del lugar (del lugar ideal donde se expresan la identidad, la relación y la historia) para definir el no-lugar como el espacio donde nada de ello se expresa. Con todo, no obstante, existe la posibilidad de que se cree lugar en el no-lugar. Se trata entonces de un lugar subjetivo y aún más, de los vínculos simbólicos que se manifiestan en el espacio concreto del no-lugar: como las relaciones de camaradería entre colegas en el despacho de un aeropuerto, por ejemplo.” Marc Augé, 1993.

La locura suele ser ese territorio donde el discurso se atora o se eleva hacia universos improbables. Donde por éste mismo motivo la palabra se tacha o se borra, se castra o se mal-trata, se destierra de los procesos comunicativos habituales entre las personas, incluso en aquellos espacios donde debería ser analizada y valorada, tenida en cuenta como rastro o huella de un sufrimiento y una angustia no resuelta. De esta forma lo que Foaucult denomino el monólogo de la razón sobre la locura, sostenida por el “saber” psiquiátrico y articulada en su estructura vertical, se alza como único método discursivo válido y a la postre invalidante.

Diagnosticado, estigmatizado, desprendido de su identidad original, el sujeto sufriente ha de reconstruir su personalidad basándose en significantes que le son ajenos e impuestos, pudiendo provocar una doble angustia social al asumir desde ese momento un doble rol identitario como enfermo mental y paciente crónico (Goffman,1988), 1imposibilitado además en ocasiones para poder asumir nuevos roles que pudieran resignificarle y capacitarle como persona ante un entorno social hostil.

El estigma, esa angustia ante la incomprensión social, por tanto -ese prejuicio, que como tal surge del miedo o la soberbia, en el momento que se confronta un ser que se cree superior a otro por el simple hecho de que éste último tenga ciertas dificultades en el manejo de sus habilidades personales- es un fenómeno que se puede, y de hecho se suele generar ya en la relación profesional Vs paciente. Porque el acceso a la información, el dominio de “saberes” (presuntamente científicos) no elimina de la ecuación al miedo, ni a la desconfianza, y por tanto a los prejuicios, sino que en algunos casos puede influir en la construcción de muros invisibles alrededor de la persona, desde el momento en que en vez de comprensión y trato, se recibe diagnostico y tratamiento únicamente farmacológico, desde una perspectiva ideológica irresponsabilizadora como la biomédica, al afirmar, en un ejercicio de comodidad profesional supina, que nadie, ni sujeto, ni entorno, ni circunstancias vitales, laborales, emocionales, sentimentales, sociales, económicas y/o existenciales, han causado la angustia y el desorden, sino unos traviesos neurotransmisores que parecen actuar de forma autónoma en la vida y en la biografía del paciente.

Ante esta perspectiva el acto hablado, a pesar de ser la principal herramienta en la practica clínica, se transforma en un acto coartado en el que cohabitan el deseo y el miedo al decir como importantes fuerzas telúricas que polarizan y frustran la reestructuración identitaria del sujeto, sino es desde la asunción y sumisión al paradigma biológico, o biopsicosocial (el cual sólo se diferencia del primero sobre el papel y la intención).

Como seres hablantes que somos, como seres sociales que usan de distintas formas del lenguaje para ser y reconocernos entre nosotros, en una especie de juego de espejos donde la palabra es o debe ser tan importante como el silencio, como vehículos principales en el ejercicio comunicacional, la asimilación e interpretación de los distintos mensajes esconden las claves para lograr una respuesta positiva en el otro. Al fin y al cabo, sobre todo en esos momentos en los que parece que se nos emborrone la mirada ante las tribulaciones del vivir, ante esos percances de ser humano, todos anhelamos a ese interlocutor ideal que nos atienda, nos escuche y nos sepa ver tal y como estamos en ese momento y, que sin juzgarnos, nos muestre un poco de luz con su mirada hasta contrarrestar la oscuridad en ciernes que nubla nuestro pensamiento. Este interlocutor ideal es aquel que nos sostiene y nos acoge, nos consuela, nos devuelve la esperanza que creíamos perdida, aportando, desde la horizontalidad más sencilla y humilde, una imagen fiel y cercana de nosotros mismos que nos sirve para cotejar y comparar con la nuestra propia, como si jugáramos mentalmente a las siete diferencias. Como dos dibujos fieles o dos mapas conceptuales de nuestra situación vital podemos ir desgranando las causas reales de nuestro sufrimiento, en un ejercicio de de-construcción de nuestros padeceres cotidianos y nuestros goces, de arqueología de la propia angustia y del Self. Es por esto que es sabido que la palabra esconde un gran poder y que como todo gran poder conlleva una gran responsabilidad.

También es sabido que dentro de las psicoterapias, sólo funcionan aquellas en las que se genera un fenómeno parecido a esa búsqueda del interlocutor ideal de la que hablaba anteriormente. Esos espacios construidos pluralmente en los márgenes de la locura, ya sea de a dos o colectivamente. Donde los vínculos de la relación terapeuta Vs paciente se fortalecen de confianza mutua y de corresponsanbilidad -de no hacer daño en el caso del primero y de aprendizaje en el caso del segundo sobre si mismo, con el fin de lograr manejar distintas herramientas de autogestion emocional que le permitan sostener su estructura mental en la cotidianidad mas mundana del día a día. En dichos espacios la experiencia psicótica no es entendida únicamente como la consecuencia visible de un cerebro malfuncionante sino como una experiencia humana, viva, a la cual se puede vencer y, sino vencer, si integrar dentro de la biografía de un individuo, como un rasgo más de su personalidad. De forma que el loco pueda llegar a manejarse con ella en sociedad sin necesidad de re-ingresar. La comunicación y la relativización de las experiencias psicóticas, por muy asentadas en la certeza que estén, se logra desde la aceptación de las propias singularidades y la firme voluntad de mejoría. Como aquel que después de ser víctima del pánico al atravesar un túnel oscuro por primera vez, acaba, a fuerza de pasar por el mismo túnel una y otra vez, conociendo sus sombras y sus fantasmas, sus propios miedos y los motivos por los que en algunos momentos de su vida se ve dentro del túnel buscando una salida.

En el sistema sanitario español, la alternativa es un ingreso en una unidad cerrada. Ya son pocos los manicomios que permanecen abiertos en nuestro país, pero el cierre de estas antiguas instituciones totales ha resultado un fracaso en su forma. El hecho de que en la unidad de agudos de un Hospital General las puertas sigan permaneciendo cerradas sigue situando a las plantas psiquiátricas como herramientas de control social, en la que lo presuntamente peligroso se encierra por el bien de la comunidad, sin que tenga mucho que ver la peligrosidad con lo propio de la disciplina médica (sintomatología médica que el paciente presente).

Los locos siguen siendo apartados, expulsados, desterrados, segregados de la comunidad por su somera insistencia en salirse del discurso oficial. Como si este fuera un pecado moral, como en tiempos de Pinel, el loco sigue siendo doble víctima de su biografía y del sistema sanitario, porque por mucho que hayan evolucionado los terminos y conceptos que definen y describen el sufrimiento mental, las normas y las relaciones verticales que rigen las nuevas instituciones siguen siendo muy similares a las del siglo XIX. Además si German Berrios está en lo cierto: <<A través de la historia, todos los tratamientos propuestos en psiquiatría parecen funcionar según la ley de los tercios de Black, (un tercio se recupera, un tercio se recupera parcialmente y otro no se recupera, un buen porcentaje del 66% en tasa de recuperación –lo mismo que conseguimos hoy en día) y aún hoy sabemos poco de la naturaleza y del papel del efecto placebo en estos resultados2>> nos hayamos con la posibilidad de que algo tan antiguo como la comprensión y el vínculo humano, la capacidad colectiva de trabajar en pos de un objetivo sea una de las claves de la recuperación de las personas afectadas por problemas de salud mental.

En el sistema de salud imperante se hace de todo, se tratan psicosis agudas o permanentes, trastornos bipolares, trastornos de personalidad (aunque Scheneider3 nos recordaba que dichos trastornos no son más que formas de ser, cuya conductas resultan insostenibles para la sociedad) y todo, siempre, por el bien del paciente. Desde un paternalismo, muchas veces abyecto, se trata al paciente como si fuera un niño o un tonto (y volverse o estar loco no significa ser un niño ni un tonto), el profesional se puede situar en el autoritarismo, o se posiciona del lado de la familia y no del lado del paciente, o desempeña su labor de control social (inherente a la disciplina aunque no guste) sin preocupación por la persona que tienen delante. Cuando quien está delante es una persona. Y etiquetarla como esquizofrénica o psicótica o paciente psiquiátrico, con independencia de que tal diagnóstico indique acertadamente una enfermedad, según el espacio legal y cultural donde se origine, o, al menos, un conjunto de síntomas, supone establecer una división. Como decía Foucault, la sociedad separa a los anormales: los locos, los criminales, los enfermos... Y a los locos, en concreto, se les quita hasta la responsabilidad. Ya no son responsables ni imputables y ese falso proteccionismo le quita al sujeto humano precisamente aquello que lo define: la responsabilidad sobre sus actos que va indisolublemente unida al ejercicio de una libertad a la que no se puede ni se debe renunciar. Ya lo decía Francisco de Quevedo: "Perder la libertad es de bestias. Dejar que nos la quiten de cobardes. Quien por vivir queda esclavo no sabe que la esclavitud no merece el nombre de vida"4.

Dicho de otro modo: <<Para algunos sectores de la biomedicina la locura o problemática mental es crónica en términos clínicos. ¿Pero cómo puede hablarse de la imposibilidad de una cura si no existe aún un claro consenso alrededor de lo que la misma cura significa o implica? Existe, sí, un mejor estar dicen, ¿pero se puede pensar en un mejor estar neutralizando al sujeto y a sus capacidades de acción y de percepción del entorno?, ¿eliminando, en definitiva, sus posibilidades de obra?>>(Correa, 2010)5

No es de recibo que perduren lógicas del psiquiátrico como la idea de seguir considerándonos a las personas diagnosticadas como los enfermitos a quienes hay que asistir permanentemente. Las personas diagnosticadas sí que necesitamos ayudas, pero también necesitamos que nos pregunten si la necesitamos, y como y cuando la necesitamos y que tipo de ayuda necesitamos. Necesitamos que cuenten con nosotros a la hora de construir las políticas y las prácticas relativas a nuestras necesidades. A mi entender en esta corriente imperante y biomédica, que en su esfuerzo por reducir el alma humana a un “algo” racional y mesurable, parece haber olvidado que es imposible crear una ecuación que defina al ser humano sin que el resultado sea infinito, pone de esta forma en peligro a la humanidad frente a su patologización generalizada, transformando su identidad social en una identidad globalmente enferma. Parece que el énfasis excesivo en la dimensión farmacológica de los tratamientos y a pesar de que en muchos casos esta probada su eficacia sedante, está focalizando el problema en el cerebro, cuando la mente no deja de ser una estructura construida desde la palabra viva, pues es gracias a ella que significamos y comprendemos, asimilamos, construimos, compartimos, crecemos, etc.

Sería necesario que la palabra primara en su narrativa por sobre su interpretación en tanto síntoma y que la empatía fuera una herramienta con la que se acercaran posturas y no se levantaran muros.

Máxime cuando recientes estudios demuestran cómo, en un 85% de los casos, un antidepresivo es igual de efectivo que un placebo (Whitaker, 2010)6; claro que el placebo no provoca disforia tardía; y que los más modernos y caros neurolépticos son igual de efectivos que un antipsicótico de primera generación (Kendall,2011)7; pero que donde realmente se cura a los pacientes es con modelos comunitarios o de espíritu similar a las casas de Soteria8, voz que viene del griego “rescate”; que la gran industria farmacéutica manipula y falsea resultados e investigaciones; que en el tercer mundo, donde carecen de los recursos del todopoderoso occidente, dos tercios de las personas afectadas por una psicosis logran superar este trastorno mental frente al tercio que lo supera en nuestra civilización (Read, 2006)9, donde los problemas que afectan a la salud mental de los ciudadanos amenazan con convertirse en la pandemia del siglo XXI (O.M.S. 2007)10. Ante este panorama, quizás, todos debamos hacer una reflexión conjunta sobre la necesidad de un cambio de paradigma. Y cuando digo todos, me estoy refiriendo a todos los agentes que estamos en esta entelequia llamada salud mental, que poca gente sabe definir, pero que a todos los afectados nos remite a un sistema que parece ser más productor de enfermedad que generador de salud.

No se me ocurre otra manera de crecer que relativizar los dogmas existentes en torno a las problemáticas mentales, entre todos, acercando posturas, compartiendo saberes, aprendiendo los unos de los otros, reinventándose, sin jerarquías. La alternativa a lo que propongo es seguir adorando a los apóstoles de lo absoluto y sus oscuras intenciones. La perpetuación de un sistema que desde “la mejor” de las intenciones ha acabado siendo complice en el mejor de los casos de un sistema industrializador de los padeceres.


Vigo, 17 de julio del 2012


1 Internados. Ensayos sobre la situación social de los enfermos mentales. Erving Goffman. Buenos
Aires, Amorrortu, 1988.
3Las personalidades psicopáticas de Kurt Schneider, Ediciones Morata, Madrid, 1980
Joase Valdecasas y Amaia Vispe. Http://psotpsiquiatria.blogspot.com
4Vida de Marco Bruto de Francisco de Quevedo y Villegas EDITORIAL DOBLE J, Sevilla, 2007
5RADIO NIKOSIA: LA REBELIÓN DE LOS SABERES PROFANOS (OTRAS PRÁCTICAS, OTROS TERRITORIOS PARA LA LOCURA). Martin Correa Urquiza ISBN:978-84-693-1537-8/DL:T-643-2010
6Anatomy of an Epidemic: Magic Bullets, Psychiatric Drugs, and the Astonishing Rise of Mental Illness in America
by Robert Whitaker.
7The rise and fall of the atypical antipsychotics, Tim Kendall; The British Journal of Psychiatry (2011) 199: 266-268 doi: 10.1192/bjp.bp.110.083766
8Soteria Associates, 2616 Angell Avenue, San Diego, California 92122. Clinical Professor of Psychiatry, School of Medicine, University of California at San Diego.
Soteria House staff, with Mosher L, Menn A, Vallone R, Fort D (1992).
Treatment at Soteria House: A manual for the practice of interpersonal phenomenology, Unpublished Monograph Published in German as: Dabeisein---Das Manual zur Praxis in der Soteria. Bonn. Psychiatrie Verlag, 1994.
9 El sentido de la locura. La exploración del significado de la esquizofrenia, GEEKIE, Jim - READ, John. Herder, Barcelona, 2012.
Modelos de locura,READ, John - MOSHER, Loren R. - BENTALL, Richard P. Herder, Barcelona, 2006.
10 Informe sobre la salud en el mundo 2007 - protección de la salud pública mundial en el siglo XXI: un porvenir más seguro. Organización Mundial de la Salud. Ginebra. 2007.

5 comentarios:

Raúl Gómez Gómez dijo...

Desde Fundacion Manantial compartimos,punto por punto,todos los argumentos que se exponen en esta entrada del blog.Queremos contribuir,en la medida de nuestras posibilidades,a lograr un cambio de paradigma y a dar un sentido mas humano (biografico y emocional) y menos biologico a la locura.

Raúl y Almu dijo...

Hola Raúl. Me alegra mucho que te guste la entrada y que compartas sus argumentos y sus intenciones. Sabemos que Nikosia cuenta con el apoyo de Fundación Manantial, sino recuerdo mal fue por alla por el 2006 o el 2007 cuando reconocisteis nuestro trabajo y nuestra labor con uno de vuestros premios. Una vez más gracias!!!

Debemos estar juntos en esta lucha de hormiguitas porque el enemigo es grande y cuenta con potentes canales para extender sus ideas y su ideología.

Un abrazo desde las barricadas, compañero!!! Y tocayo...

Raúl Velasco.

Jose Valdecasas dijo...

Muy, muy interesante.

Un abrazo.

Helena de Carlos Muñoz dijo...

También yo como mi compañero Raúl, suscribo punto por punto este post, y con vuestro permiso difundiré este blog que marcaremos además como un sitio de interés. Excepto el comentario sobre puertas cerradas en la unidad de agudos. Si se recolocara todo (y hablo desde la cimentación del edificio) no sería necesario,seguro, no se llegaría a tal extremo, los cuidados sería otros, y el acercamiento a la persona que sufre diferente (y no solo del profesional sino de la propia comunidad/tribu). Pero dada la forma de edificio en este momento, creo que hay que ser prudente y pensar en muchas situaciones difíciles que se dan en las unidades de agudos y que motivan ese "control" vs "protección" que es lo que debería ser y sobre todo debería percibir la persona que sufre.
También comentar con vosotros sobre el tema de la ininputabilidad vista como medida de sobreprotección y restrictiva de libertades. ¿Y hasta que punto en determinadas situaciones?. Trabajamos en el ámbito penitenciario proclamando que son ininputables cuando cometieron delitos y que por ese motivo no precisan ser castigados sino tratados y cuidados, porque realmente en ese momento no hubo voluntad de hacer. De ahí la ininputabilidad. A veces, las menos como nos cansamos de decir, ante estas situaciones hay que hablar de protección legal.
Gracias y enhorabuena por vuestro espacio que compartis con nosotros.

Raúl Velasco Sánchez dijo...

Hola Helena. Gracias por seguirme. Bienvenida al rincon de las palabras. Estoy de acuerdo en que hay que rehacer el edificio desde los mismos cimientos, pero me parece que en la mayoría de los casos las puertas cerradas para todo aquel que esta ingresado, sin distincion alguna, de puro y rigido protocolo, solo sirve para hacer mas comodo el trabajo de los profesionales y no estan puestas por el bien de los pacientes y de su integridad. Así que... Hay debate.

Por otro lado creo que decir que no habia voluntad de hacer daño a la hora de cometer un crimen es mucho suponer. En mi opinión el sufrimiento mental puede llegar a servir de atenuante y no como excusa. Reclamo con esta palabra nuestra responsabilidad legal, porque aunque alterado por dios sabe que, cuando alguien comete una accion sabe que la esta cometiendo. No la cometen los neurotransmisores. Una pistola no mata por si sola si alguien no la dispara.

Un saludo!! Y gracias!!