Páginas

viernes, 17 de agosto de 2012

FABULA DE PRUDENCIO Y LOS NOMBRES MALDITOS

Debería haberse llamado León, por León Tolstoi. Pero su madre se negó en rotundo y en el momento de inscribir el nombre de su primer hijo varón en el registro, su padre, recordando las amenazas de abandono de su esposa, pronunció un nombre que a todas luces le parecía descreído, soso, simplón y de lo más vulgar.

-Se llamará Prudencio, como su abuelo. -Le dijo el padre al funcionario del registro.

-¿Prudencio? ¿Está usted seguro? -Le replicó sorprendido, mirando inquisitivamente al padre por encima de las lentes.

-Sí, así lo quiere mi mujer y así se llamará.

Desde ese mismo momento, aquel nombre, propio de un mártir cristiano muerto por lapidación, crucificado o como alimento de los leones en el circo romano, quedó estampado y sellado para gracia, disfrute e inquina de sus futuros compañeros de colegio y para desgracia de un niño que estaba condenado por el poder de los significantes a ser más prudente que fiero y más cuidadoso que arrojado.

Para la realización de esta pronta condena no ayudó el hecho de ser un bebé enfermizo, llorón, capaz de atraer para sí la mayoría de infecciones y bacterias, hasta el punto de que teniendo ya tres años su madre lo llevó al médico porque no habían conseguido dormir una sola noche seguida en todo ese tiempo. Cuando el pediatra propuso darle alguna droga al pobre Prudencio su madre fue tajante.

-¿Drogas a mi niño? Demelás a mi, que me hacen más falta.

Con varios hipnóticos los padres pudieron dormir a pesar de los desgarrados berridos de Prudencio, hasta que una noche, se cansó de berrear o por el mismo acto de berrear cayó rendido. Casi se puede decir que este fue el último acto de valentía o de rebeldía de Prudencio.

Al año siguiente entraba en el colegio, porque su madre no había querido llevarlo a la guardería a causa de su delicada salud, y ante las risas desaforadas de sus 40 nuevos compañeros al escuchar aquel nombre tan curioso, el niño Prudencio aprendió su primera lección sobre democracia, pues supo al instante que no podría hacer nada para evitar las burlas y mofas de esos pequeños diablillos y esas pequeñas brujas. Eran demasiados y ganaban por mayoría.

Así se fue esculpiendo la personalidad de Prudencio, a golpe de humillaciones verbales y collejas. En su fuero interno soñaba, sobre todo durante las clases de lengua, las cuales le aburrían sobre manera invitándole a la ensoñación, con convertirse en un héroe, que digo un héroe, un superhéroe capaz de dominar todos los superpoderes que había conocido por sus ídolos del cómic. La diferencia con éstos personajes era que él los utilizaría para vengarse uno a uno de todos esos francotiradores que le consideraban un blanco fácil. Por desgracia, en lo único que destacaba era en los estudios, pues se esforzaba mucho en sacar las mejores notas posibles para que su madre y su padre estuvieran orgullosos de su retoño, cosa que tampoco le ayudó demasiado pues le convertía también en objetivo de las envidias y celos de los que no entendían las materias como él. Tras sus gafas de pasta y su ojos pequeños, fue construyéndose en la frialdad, en la arrogancia y la prepotencia, mientras para todos los demás seguía siendo ese ser pusilánime al que sacarle los calzoncillos por la cabeza.

Ya en la universidad se decidió por el derecho y se interesó por la política de derechas. Entró en las juventudes de un partido pero tampoco allí se lo tomaron en serio a causa de su nombre. Otra vez, como si ciertas cosas no cambiaran nunca, estaba aquel muro de nueve letras como nueve metros de alto separándole de sus deseos y sus metas. Ambicioso como se había vuelto, una vez licenciado, quiso ponerle fin a aquella pesadilla. Se dirigió al ministerio de interior y rellenó el formulario para cambiarse de nombre de una vez por todas. Aquel acto más impulsivo que meditado, le puso en el dilema de cómo llamarse a uno mismo. Que nombre debía ser aquel que le definiera en su carrera hacia el éxito. ¿José Mari? ¿Mariano? ¿Federico? No, ese no, que era de un poeta rojo ¡y encima maricón! Reflexionaba en la soledad de la oficina del ministerio. ¿Adolfo? ¿Benito? ¿Francisco? La mayoría eran nombres buenos. Nombres con carácter, personalidad, altura fonética. Pero él quería algo más. Había de ser un nombre que no arrojara ninguna duda sobre el poder supremo de su inteligencia y su atrevimiento a la hora de hacer realidad sus ambiciones. ¿José Antonio? ¿Miguel? ¿Joseph? También serían buenas opciones, sobre todo el último, con ese tono germánico tan imponente. ¿Y si probaba con algo en inglés? Se preguntaba. ¿Richard? ¿Ronald? ¿George W.? ¿La W sería de winston?, ¡por supuesto!

El tiempo iba pasando y aún no había encontrado aquel nombre que lo definiera tal y como él se veía. ¿Ratzinger? ¿Tomás de torquemada? ¿Col Pot? Al final, ante el apremio que le suponía el hecho de que la oficina estuviera a punto de cerrar, se decidió por Tomás de Torquemada. Terminó de cumplimentar el formulario y se dirigió veloz a la ventanilla, justo cuando el funcionario acababa su turno. Se dirigió a la siguiente ventanilla y la volvieron a cerrar en sus narices. Cuando llegó a la última ventanilla abierta suplicó al borde de las lágrimas.

-Por favor no cierren tengo que entregar este papel.

-¡¡Hombre Prudencio!! ¡¡Cuánto tiempo!! -Exclamó la funcionaria, que resultó ser una antigua compañera del colegio.

-¡Mari Carmen! Que sorpresa. Como has cambiado, estás guapísima.

-Sí, es la cara de la felicidad. Dime, qué querías, estaba a punto de cerrar, pero aún no apagué el ordenador.

-Quería entregar este formulario para el cambio de nombre de una persona física.

-Así que te vas a cambiar de nombre.

-Ejem... Sí.

-¿Y cual es tu nuevo nombre?

-Tomás de Torquemada.

-¿En serio te quieres llamar así?

-Sí, claro, ¿no te gusta?

-Prefería Prudencio la verdad.

-Me he cansado de ser prudente. Quiero un nombre de acción, por eso elegí el de Tomás. Cuando la gente oiga mi nuevo nombre quedaran horrorizados y eso pondrá fin a todas las burlas.

-Ya... Bueno... como quieras...

-¿Qué pasa Mari Carmen? He sufrido un infierno por culpa de ese nombre. ¿Es que no lo entiendes?

-Si, si, aunque mira Prudencio, porque para mi siempre serás Prudencio. Toda tu vida desde que nos conocimos a los cuatro años me pareciste un gilipollas.

-¿Cómo te atreves...?

-No, en serio. Para nombres absurdos el de Nonato, el de Ceferino, el de la infeliz de Felicísima, que la pobre, me enterado por facebook, que ya va por su tercer divorcio. ¿Te acuerdas de ellos? Pero a ninguno de ellos le dieron las collejas que te dieron a ti, o al menos no en la magnitud que te las daban a ti. ¿Sabes por que?

-No sé si quiero saberlo.

-Porque siempre has sido un arrogante un facha y un repelente. Y veo que en nada de eso has cambiado.

-¿Alguna cosa más?

-Sí, falta el impreso 312-B, que se recoge en el segundo piso. Tendrás que volver mañana.

-Pero...

-Adiós Prudencio. Tengo que cerrar.

Y allí se quedó Prudencio entre la rabia y el dolor, planeando llegar algún día al poder y recortarle el sueldo a estos putos funcionarios.

1 comentario:

Kapde dijo...

he disfrutado con una lectura distendida.saludos (con sudor)

J