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jueves, 9 de junio de 2011

CAPÍTULO V.




La amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas.”

Aristóteles

El bar donde Miguel era cliente habitual se llamaba El pasillo. Era un lugar pequeño, con apenas cinco mesitas de madera con sus respectivas parejas de taburetes. Parecía una pequeña taberna portuaria (sino fuera porque en la ciudad no había puerto), con las paredes forradas de madera, un cuadro con las diferentes señales de banderas e incluso un timón colgado en una de ellas. El lugar invitaba a imaginar con viejos lobos de mar ataviados con chaqueta de paño cruzada y su gorra calada hasta las cejas, bebiendo lentamente una jarra de cerveza que les dejaba el bigote lleno de espesa espuma, después de un día duro en alta mar.

Aquella noche sólo estábamos el dueño, un hombre enjuto y servicial, que parecía cansado y con ganas de cerrar, y nosotros dos como representación de generaciones en muchos casos opuestas. De todas formas la conversación fluyó, como no solía fluir con otras personas.

-¿Seguro qué estás bien? -Me preguntó Miguel al ver que me llevaba la mano a la mandíbula.

-Sí, un poco dolorido, había uno que parecía El Potro de Vallecas. ¡Que manera de pegar! -Exclamé.

-Tú tranquilo, a todo potro le llega su San Martín. -Me dijo sonriendo. Yo también sonreí, pensando que este viejito además de agallas tenía sentido del humor.

-Y si no le llega a la próxima, ya me encargaré de empotrarle contra la pared. Te aseguro que le empotro. -Le dije en tono amenazador, haciéndome el duro, cuando yo sabía que nunca había sido capaz de pegar a nadie, que desde siempre me había dado miedo la violencia.

-Para que luego digan que no hay momentos en que el otro anda cabrón. -Reflexionó. Yo no supe a que se refería.

-¿Otro? ¿Qué otro?

-No, en general... -Contestó sorprendido de que no le entendiera. Nos sondeamos las miradas. La suya, detrás de las gafas, parecía buscar con sus ojos pequeños y marrones un resquicio desde donde entrar en mi interior. La mía, en cambio, era la de un niño perdido que solicita a un desconocido el camino de regreso a su casa. Tardé unos segundos en comprender quienes era aquellos otros (que bien podían ser mis atracadores como el dueño del bar) y me avergonzó pensar como no había caído en una obviedad tan lógica.

-Ah sí, claro. Que burro. -Dije bajando la cabeza, rehuyendo su mirada curiosa. Le di un pequeño trago a la cerveza.

-Y ¿a qué te dedicas? -Me preguntó, cambiando de tema.

-Estoy en paro, desde hoy mismo. -Le expliqué. -Supongo que me lo he ganado a pulso.

-¿Por qué dices eso?

-Tuve que ausentarme unos días y no avisé. Resultado: despido procedente.

-¿Qué te pasó? -Me interrogó.

-Prefiero no recordarlo, sino te importa. -Le contesté un poco azorado ante tanta pregunta.

-No, en absoluto. -Me dijo con naturalidad.

-¿Y tú a qué te dedicas a parte de asustar a ladrones callejeros?-Pregunté con menos ganas de saber, que de cambiar los papeles y pasar a ser yo la persona que preguntase.

-Estoy jubilado. Mi mujer está muy enferma y me retiré para poder cuidar de ella. -Me dijo con tristeza.

-¿Qué le pasa?

-Fibromialgia. ¿Sabes qué es? -Yo no sabía que era.

-Es algo de las fibras supongo.

-Algo así... No, en realidad es una enfermedad de la que se desconocen sus causas. Hay muchas teorías, algunas la relacionan con la intolerancia química, otras con un fallo neurológico, otras afirman que es una nueva forma de histeria. En fin, la cuestión, es que es una enfermedad que produce un dolor terrible en todo el cuerpo y de forma inexplicable.

-Joder, lo siento... Debe ser muy chungo ver sufrir así a la persona que amas.

-La vida es así chico. -Me dijo con resignación. -Los jóvenes como tú vivís sin miedos, o eso parece, y eso está bien. La cuestión es que el tiempo pasa y la vida en ocasiones pega duro. Pero no puede servir de excusa. Hay que levantarse y seguir luchando.

El dueño de la tasca salió de la barra, nos miró cansado y empiezó a barrer.

-¿Y qué pasa cuando has perdido las ganas de luchar, porque te das cuenta que esta vida no tiene sentido? -Le pregunté contrariado.

-¿Te pasa a ti eso?

-No, a mi no. -Mentí- Pero tengo un amigo, Juan, que está pasando por algo así. Como si a pesar de su juventud tuviera miedo, mucho miedo. Miedo a vivir y miedo a morir. Miedo a todo y a todos.

-¡Ya! -Exclamó con una media sonrisa, como sino se tragara la vieja historia del amigo.- Y tú quieres ayudarle, ¿no?

-Sí, claro. Aunque no sé cómo.

-Me parece bien. Cuando los seres queridos sufren todo el entorno debe hacer piña a su al rededor. ¿Que le ocurrió a Juan para que piense así? Si no es mucho preguntar.

-Pues cosas de la vida... Un día te levantas y resulta que nada en lo que creías sirve de nada. Como si el suelo que pisas se hundiera bajo tus pies y no sé... comprendieras... que la vida humana tiene menos valor que la fotocopia de un billete de seis euros.

-La vida humana tiene el valor que cada uno le quiere dar, ¿no te parece?

-No, no me lo parece. La vida humana no vale la pena. Un día estás aquí y todo va bien, estás tomando una cerveza con alguien que te ha salvado y al día siguiente... Nadie sabe con exactitud que será de él.

Sin darme cuenta nos habíamos acabado las cervezas y ahora que la conversación había entrado en un terreno que me gustaba el dueño nos invitaba a salir.

-Señores, disculpen, pero voy a cerrar.

-Sí, no se preocupe. Ya nos vamos. -Contestó Miguel.

Nos levantamos y salimos a la calle después de que pagara las consumiciones.

-Adrián, -Me dijo ya en la calle. -Dile a tu amigo de mi parte que: en ese misterio, en esa incertidumbre, puede estar la gracia de la vida. La certeza de que algún día dejaremos de estar aquí nos debe obligar a aprovechar el momento. ¿De acuerdo?

-Se lo diré. Adios Miguel. Gracias por todo.

-Adios Juan.

Nos dimos la mano en señal de despedida. Tenía la impresión de que habíamos quedado como amigos. Él me había caído francamente bien. No sólo porque me hubiera salvado de una paliza mayor, era algo más relacionado con como había fluido la conversación. Con casi nadie en mi vida podía hablar de ciertas cosas filosóficas, a la gente de mi edad le parecían un peñazo. Y a los que les gustaba era más por lecturas que por haber vivido verdaderas crisis existenciales y solían hacerlo llenándose la boca de grandes discursos, ante los que me sentía muy insignificante, como excluido. Con Miguel había sido diferente, había existido un verdadero diálogo. Cuando nos fuimos cada uno por direcciones opuestas, me giré un momento para verle marchar. En mi mirada brillaba el cariño y el deseo por volver a verle.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

¿A que al final acaban en unas jornadas sobre lo divino y lo humano?....
Interesante y estimulante.
Abrazos.

Jesús.

Jony Benitez dijo...

y a mi que me suena esta historia....
bks

Almudena y Raúl dijo...

Yo no voy a contar el final Jesús y espero que Jony tampoco lo haga.

bks y mxs!!

Almudena y Raúl dijo...

La relacion de MIguel y Adrian me recuerda a mi relacion con mi profesor de Literatura española. Yo tampoco podia hablar de ciertas cosas con la gente de mi edad...Buen capitulo cariño!!

ALMU