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martes, 1 de julio de 2008

El último día de clase

Último día del curso escolar en una academia para superdotados. Todos mis compañeras se divierten, corren, ríen, juegan a la comba, pican cromos o tazos, enseñan las notas orgullosas de lo que han conseguido. Incluso las que como yo han suspendido la mayoría. Me invitan a jugar pero declino la oferta. Yo no me siento para nada contenta. Ni un atisbo de alegría o de orgullo se muestra en mi gesto. Estoy triste, hastiada, añadiría que con ganas de llorar. Pero no me quedan lágrimas. Me deshice de ellas, de todas hace, exactamente, dos semanas. Fue el día anterior al comienzo de los exámenes. Precisamente el día que escogió mi madre para irse de casa. Según la nota que dejó, aunque me quería mucho, no pensaba volver jamás. Ojalá me hubiera llevado con ella.
Mi padre para variar llega tarde. Le quiero abrazar buscando un refugio entre sus brazos, como imagino que haría una niña en mi lugar, pero no me muevo. Él sólo me dice: "jovenzuela te vas a enterar de lo que vale un peine". Tiene los ojos rojos y suda mucho, puede que vaya bebido.
Le enseño las notas; ocho cateadas de nueve asignaturas. Sólo he aprobado religión. Como todo el colegio.
Mi padre lleno de ira se va a por mi profesora y la increpa sin más argumentos que la descalificación directa. Ella no entra al trapo.
Podría haberle dicho lo que pienso yo ahora con años de perspectiva: que era un borracho, que yo era superdotada, que no le extrañaba que su mujer le hubiera abandonado por la forma en que la trataba, que compadecía a sus hijas por el calvario diario de aguantarle, y que lo mejor que podía hacer era visitar un buen psiquiatra. Pero no le dijo nada de todo esto. Es más, la que acabó en un psiquiátrico fui yo.
En la sala de espera no hay ningún niño, ni niña, sólo personas nerviosas o profundamente tristes. No sé donde mirar. Mi padre se ha puesto americana y corbata pese a los 35 grados que marcaba el termómetro de la glorieta. Una mujer dice mi nombre, mi padre contesta por mí. Seguimos a la mujer y entramos en un despacho oscuro, como toda aquella clínica. Mi padre rápidamente toma la palabra. Dice una cantidad de cosas horribles de mí y de mamá, con un victimismo que me hace sentir culpable. Yo me quedo sin decir nada. Luego la mujer pide a mi padre que espere fuera, dice que porque tiene que hablar conmigo. Pero yo no tengo ganas de hablar. Es más, para qué, me preguntaba yo entonces. A los niños no se les hace caso. Las únicas personas que me prestaron atención alguna vez fueron otros niños. La mujer se empieza a cansar de mi silencio, añade que algo tendré que decir en mi defensa. Después de insistir le grito: "déjeme en paz, odio a mi padre, odio mi vida y la odio a usted".
La mujer hace entrar a mi padre y le dice que me voy a quedar ingresada un tiempo, le explica las cláusulas del internamiento y llegan a un pacto unilateral en el coste de mis vacaciones a la sombra.
El verano pasa entre píldoras cuyo efecto conozco a base de tomarlas. Sufro mareos, temblores, somnolencia, vómitos desde el momento en que empiezan a experimentar conmigo. No hay ningún otro niño en aquella cárcel, sólo personas mayores que caminan como zombis o personas con bata blanca. Al menos hay una biblioteca y es allí donde me refugio, alimentándome de palabras. Las palabras que me hubieran salvado si me hubiera atrevido a pronunciarlas.
Septiembre, primer día de colegio. Cuando me ve mi profesora y le cuento mi verano, me dice que todo tiene un límite, va a llamar a servicios sociales. Pero mis compañeras, las mismas que antes me invitaban a jugar me miran raro y se ríen a mis espaldas. Días después la más valiente me dice a la cara el mote que me han grapado en la frente desde entonces. Loca.
Han pasado veinte largos años desde entonces. Años de medicación, de dudas, de ir de hogar en hogar. He pasado por medio manual de psiquiatría entre diagnóstico y diagnóstico. Me he convertido en adicta a ciertas sustancias legales que me prescribe el médico sin titubear. Hoy en día, trabajo de educadora especial con un grupo de chicos con problemas parecidos a los míos. Vivo con mi madre, sí, con mi madre, que reapareció en mi vida cuando menos la esperaba. De todas formas me sigo sintiendo como aquel último día de colegio, triste, desalmada, vacía. Cómo si en aquel momento en que me quedé sin lágrimas me hubieran robado también gran parte de mi vida.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Almudena he vuelto a leer este articulo, son vivencias propias de ti o de otra persona.
Si son tuyas, que pasa alternativa de tu padre ingresarte en un centro por no poderte atender o realmente preocupación por tu salud.
Relato fuerte para una niña que tal vez si hubieras tenido a otro familiar cercano que se hubiera hecho cargo de tí, quizas no hubieras pasado por ese trance.
Tambien dices algo sobre las palabras que tendrias que haber usado, ¿por qué a veces no decimos lo que estamos queriendo decir? y optamos por el silencio...
Un abrazo Almudena
Luz

Almudena y Raúl dijo...

luz hola cielo!!!!

cuanto tiempo!!!

Espero que Alex se encuentre bien. Contesto yo porque soy el autor de este reportero imaginario, con lo que quiero decir que me lo he inventado todo. Es pura ficción pero de la que se extrae una posibilidad real de muchos y muchas niños y niñas. Si es duro. Pero asi pega mas fuerte no crees?
lo del silencio es elemental, es muy dificil escoger las palabras adecuadas cuando pasa algo que no controlas, que te supera y sobrepasa... muchas veces optamos por el silencio como forma de huir de la realidad pero en realidad la estamos enquistando.

Un beso muy grande y FUERZA

Raúl.